sábado, 31 de agosto de 2013

Capitulo VII: Ojala y nadie me extrañe.



Me pregunto que será de esa muchacha. Tal vez ahora sea tan infeliz como yo o tal vez no. Ya casi nada de eso me importa ¿O si? Recordar mi pasado me dan ganas de volver atrás. Por lo menos en esa época no me sentía una zorra barata, ni lo era. Me pregunto que diría de mí la Zoé de siete u ocho años atrás. Es decir, yo repugnaba la gente como yo. Odiaba ver a esos jóvenes que se auto-destruían fumando, bebiendo y drogándose. Y mírame ahora, siendo todo aquello que odiaba. Me pregunto si aquella niña de aquellos años en aquellos tiempos pensaba ser así. Me paré frente al espejo y contemple mi figura. Zoé de diecisiete años, fumadora compulsiva y en muchas formas, alcohólica. Escritora de cuentos frágiles y abstractos. Una experta en crear nuevos sueños, inspirarse en desgracias es su arte y sufrir, tal vez no sea su mejor pasatiempo pero es lo que más le gusta hacer. Zoé, Dios mío ¿En que te has convertido? Has sido burla de toda una sociedad o tal vez la mayor preocupación de los mayores. Te preguntas mil veces en que diablos te convertiste. Ya no sirve de nada culpar a la sociedad o traumas del pasado, porque sabes que ellos no tienen la culpa. Es como alguien que te da una soga para ahorcarte, él te dio la soga pero tu tomaste la decisión de hacerlo o no. Autodestrucción, suicidándose con cada cigarrillo o pastilla de éxtasis. Cada maldito trago te hace sentir bien por un rato pero ¿Y luego? ¿Qué queda? Morir. 

Espejito, espejito... tan cruel con tu victima. No ha sido suficiente el daño causado. Me haces odiar más mi ser, mi alma, mi apariencia y mis mañas. Ya la sociedad no me critica, suerte que no ven más allá de sus ojos. Siempre te dicen que no vale de nada ser linda ¡JA! ¿En serio quieren que creas eso? Nada de eso es cierto. Siempre critican al que no es igual. Siempre lanzan sus miradas burlonas hacía aquellos que no suelen cumplir con los requisitos. Sociedad tan bastarda. Sociedad tan vacía. Sociedad tan sucia. Sociedad tan mierda. Sociedad tan hipócrita. Lo que más me duele es que todos formamos parte de ella  y alguna vez hicimos lo mismo solo por encajar. Sigo mirándome en el espejo y pensado que pienso demasiado. Pensando que la vida es una ilusión. 

Toc toc, suena la puerta. 

—Zoé, te he traído el desayuno. —Escucho la voz de mi abuela fuera de la habitación. 

—No tengo hambre, lo dejaré para más tarde. —Al vociferar esto salieron dos gotas saladas de mis almendrados ojos café. 

—Bueno, está bien. 

Después de que escuché como se alejaban sus pasos empecé a llorar. Lagrimas corrían mientras pequeños gemidos de tristeza se escuchaban en mi interior. Pensaba en lo triste que es mi vida. He sufrido mucho por tan poco. Tan poco placer por tanto sufrimiento. Cualquiera se suicida en estos aprietos, debería hacerlo. Busqué en toda la habitación una cuchilla. Encontré una pequeña, la reconocí instantáneamente por su envoltura color rojo. En lagrimas ahogadas le arranque la envoltura y empecé a cortar en mi brazo izquierdo. La sangre salia en pequeñas bolitas mientras ardía cada linea. Continué rayando mi piel, hasta que comenzó a mancharse el edredón. Fue entonces cuando me asusté y fui en busca de papel o algo que pudiera detener aquél chorro de sangre. Asustada me metí en la bañera y abrí la llave. Cuando vi toda la sangre correr sentí un ligero placer. Entré en un estado de euforia y dejé de sentir dolor. Sentía que era un sueño, una pesadilla quizás. Algo tan irreal como las novelas. Pero no, era real. Estaba perdiendo mucha sangre mientras pensaba en idioteces. El fin se acercaba, moriré pronto. Ojala y nadie me extrañe. 

Todo lo que termina, termina mal y lo que no acaba, poco a poco se pudre más y más. 



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