jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo I: Dulce como el limón, agrío como canela.


Que no se te olvide llamarme cuando llegues — Dice mi madre mientras mete mis maletas en el autobús  — Mira, cuando llegues solo pregunta por tu abuela y te dirán la dirección. 

Mamá al parecer está abrumada porque su chiquilla se irá, en cambio yo me decepciono cada vez más y más, esperando otra señal para decir que me quiero quedar. No he visitado aquél pueblo desde hace mucho y tengo miedo. Recuerdo que la última vez que lo visité me llevé una quemadura a casa y ya hace mucho de aquello. La verdad es que no quiero dejar a mis amigos y no quiero recibir el año en aquél pequeño pueblo. Se le ve lo aburrido y de seguro ni pizza podré conseguir. Me pregunto si las cosas habrán cambiado desde la última vez que estuve allí. Mi abuela me contó que ha comprado un comedor de caoba nuevo, de esos que tienen doce sillas para que así cuando vaya mi padre, todos nos sentemos en la misma mesa. También me comentó que compró un pequeño obsequio para mí, no espero mucho para no decepcionarme. 

—Bien, ya todo está adentro — Mamá me mira con aquellos ojos de nostalgia y se lanza sobre mí, su abrazo fue tan fuerte y cálido — Te amo. 

Cuando me meto en el autobús en busca de un asiento contemplo el humilde terciopelo de el pasillo y las doradas cortinas que adornan las ventanas blindadas con una pequeña advertencia roja en la esquina. Llego al asiento numero catorce, el asiento que me ha tocado a mí. En la ventanilla estaba sentado un joven como de diecinueve años, tenía el pelo rizado y rubio, su mirada indicaba que estaba triste pero era muy apuesto en realidad. Llevaba una gabardina azul y una bufanda negra. No notó mi presencia pues tenía unos pequeños auriculares en los oídos y miraba hacía la ventana. 

—Ho-hola — Tartamudeo. Él de inmediato dirige sus ojos hacía mí — Ahm... me toca sentarme junto a ti — Él se aparta un poco y vuelve su mirada a la ventanilla, ignorándome completamente.

Mis mejillas se tornan completamente rosa y no se me ocurre que hacer. Así que solo me siento y empiezo a hojear mi libreta. Cuando volteo a ver discretamente hacia el chico, este esta mirando con atención mi pequeña libreta pero al darse cuenta de que lo estaba mirando, volvió a su posición anterior. Recordaba aquél día que me escapé de casa solo para cumplir un simple sueño, ver el amanecer desde el mar. Me metí en serios problemas ese día pues mi mamá me encontró llegando a casa con una manta y taza de café. Admito que valió la pena, pude tomar asombrosas fotos y escribir algunos pasajes. Mi vida siempre se ha tratado de un par de buenas fotos y buenos pasajes. También se trata de buenos libros. Me pregunto si el chico que esta a mi lado lee muchos libros y le gustan los buenos pasajes. Pero eso no importa. Lo que importa es el sitio a donde llegaré y que haré allí. Ojalá y pase algo bueno o por lo menos emocionante. 

—Buenas tardes — Un señor un poco mayor con bigote y uniforme de chófer se nos acerca — Necesito sus boletos. 

—Deme un minuto — El chico empieza a rebuscar en sus bolsillos rápidamente — No lo encuentro — El señor empieza a refunfuñar y decir que necesita aquellos boletos. Me pregunto si en serio los perdió o solo se sentó en el autobús a buscar suerte. Debería ayudarlo. 

—Señor, mire mi boleto aquí. — Le pasó el boleto con mi mano fría y temblorosa. Calló instantáneamente aquella voz que me dice que lo ayude. — Él viene conmigo, su boleto se le perdió cuando veníamos subiendo — El señor solo me mira y asienta con la cabeza. El chico solo sonríe y me mira confundido, en sus ojos se le ve algo extraño, algo infinito. 

—Gracias, eh. —Él me mira con sus ojos penetrantes y esboza una leve sonrisa. Sus dientes son tan blancos como la nieve y sus ojos tiene un color parecido a la miel —Me llamo Frederick, pero me puedes llamar Fred. 
Pero me puedes llamar Fred ¿Acaso cree que soy su amiga para tal confianza? Quisiera que me dijera su apellido para llamarlo señor. Siento que me intimida y me da miedo hablarle, pero contengo la respiración y me armo de valor. 

—Yo me llamo Zoé —Mientras pronuncio las palabras miro al suelo tratando de disimular mis mejillas rojas. Pero aquello parece casi imposible. Me sonrojo con tanta facilidad y eso me enoja demasiado. Pregúntale recita la voz en mi cabeza  —¿A donde te diriges? —Tartamudeo

—Es un pequeño pueblo que queda cerca de la ciudad —Su cara completamente, se torna algo triste y nostálgico. —Oye, no evité notar aquella libreta que llevas —Señala mi cartera donde está la libreta y sonríe tímidamente. 

—Oh seguro —Un poco sorprendida sacó mi libreta de la cartera y se la pasó —Mi mamá me la obsequió el año pasado. Allí escribo poemas y pasajes ¿Sabes? Amo eso. —Me doy cuenta de que sueno como una cotorra parlanchina y me callo de golpe. No lo arruines. 













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