Él hojea lentamente mi libreta y hace varias muecas raras. Se detiene en una página en la cual cuento mi primer amor con una mujer. Esboza una leve sonrisa mientras su ojos color miel se mueven de un lado a otro, como quien lee algo interesante. En mi mente solo pasan recuerdos de aquél suceso, ella, yo, las olas que se mueven y el viento que nos seca el pelo. Pude hasta sentir sus labios por un segundo, pero abrí los ojos y volví a la realidad. A la realidad en la que un chico muy guapo estaba leyendo mi libreta y yo estaba sentada en una silla de terciopelo azul.
—Que intenso —Susurró. Su voz masculina hizo que me estremeciera y subiera un leve escalofrío por mi espalda. Noté un pequeño lunar justo debajo de su labio, casi tan bello como él.
—Sí, eso pasó hace mucho. —Tartamudeo, como siempre.
—Entonces te llamas Zoé. —Cierra de un golpe mi libreta y voltea hacía mí. Sus ojos miran a los míos y una pequeña sonrisa se le escapa. Asiento con mi cabeza y muerdo mi labio inferior disimuladamente. —¿Qué edad tienes?
—¿Qué edad crees que tengo?
—Por tu forma de pensar y escribir, diría que 22. Pero tu físico me dice que tienes 16.
—Quédate con la duda, es bueno ser misteriosa.
Suelta un ¡JA! en tono burlón y se endereza. Sus ojos miran a la ventana y se vuelven hacía mí.
—Frederick, interesante nombre. —Mi voz tiene una ligera pizca de sarcasmo. —Tus ojos no mienten, ellos dicen que tienes diecinueve.
—Acertaste. —Sus ojos aún se mantienen fijos a la ventana y su sonrisa sigue intacta. —A mi no se me da lo de ser misterioso. Pero si gustas lo puedo intentar.
Suelto una risilla nerviosa y mi corazón va a mil por hora. Siento un pequeño ardor que corre por mis mejillas y mis labios. No lo arruines. Los árboles pasan rápido. Solo se ve el verde de las hojas y el gris del caliente asfalto. El aire del autobús sopla fuerte. Mi pecho baja y sube tan rápido como va el autobús color amarillo.
—¿Qué te pasa? —Pregunta un poco asustado.
Se dio cuenta.
—No es nada, solo es el aire acondicionado que me afecta la nariz. —De pronto me calmo y él me mira nuevamente. Sus ojos penetran en mí y me pongo a temblar. Este muchacho te gusta demasiado.
—Mira, casi llegamos a la ciudad. —Señala un gran cartel que dice ¡Bienvenidos! y sonríe con mucha alegría. —La parada para comprar esta a 15 minutos ¿Comprarás algo?
—Sí.
Ahora no son árboles los que pasan rápidamente, son carteles y edificios. Transeúntes pasando su vida tan normal como siempre y yo aquí, poniéndome nerviosa con alguien que apenas su nombre sé. Vi a una señora muy anciana con una pequeña sombrilla y solo me quedó sentir pena, se le veía el esfuerzo por caminar. Luego, un par de jóvenes con patinetas en las manos estaban sentados en un banco esperando el bus, tenían cigarrillos en sus bocas. Esto me dio un enorme deseo de fumar. Me recosté un poco, pensando en mi llegada al "pequeño pueblo" tal vez me amen. Tal vez Fred vaya al mismo sitio que yo, ojalá. El autobús se detiene lentamente y el anterior señor con bigote se acerca.
—Esta es la primera parada, tendrán treinta minutos para volver al autobús.
Fred se levanta y me toma de la mano, vamos casi corriendo, abriendo el paso para bajar. Mi corazón vuelve latir rápido. Cuando nos bajamos del autobús me miró y sonrió.
—¿Qué vas a comprar? —Pregunta un poco exhausto.
—Algunos cigarrillos y papas fritas
—Claro, vamos.
Me vuelve a tomar la mano, pero esta vez entrelaza sus dedos con los míos y siento un cosquilleo por todo el cuerpo. Oh dios. Nos acercamos al mostrador y un joven nos sonríe. Él pide una caja de cigarrillos, un par de papás fritas, té frío y café. Él joven del mostrador asiente con la cabeza y trae lo que pedimos en menos de dos minutos.
—Mira, quédate con el cambio. —Saca un billete verde de quinientos y me guiña un ojo.
—Oye, se supone que pagaría lo mío. —Lo miro con la boca abierta y las mejillas tan rojas como el fuego. —Es injusto.
—No es injusto, Zoé. —Hace una pausa y toma la bandeja del mostrador. —Solo soy cortés. —Dirige sus ojos hacia las mesas, como buscando alguna vacía y comienza a caminar sin rumbo hacía el fondo, yo le sigo el paso. Llegamos a una mesa tan amplia que podrían caber doce personas, pero solo estábamos él y yo.
Yo solo procedo a tomar mis cigarrillos y las papas, pero él me pasa el té frío.
—No lo quiero. —Se lo devuelvo gentilmente y le regalo una sonrisa.
—Lo compré para ti.
—Estas siendo muy gentil. —Me inclino hacía él y levanto la mirada hacía él y sus hermosos ojos de miel. —¿Qué pasa?
—Solo quiero devolverte el favor. —Dice, sin mirarme.
Me enderezo de nuevo y abro mis papas fritas. Saco lentamente una hojuela y la llevo a mi boca mientras lo observo. La hojuela se mueve de un lado a otro y el sabor salado del aceite se queda en mi lengua. Él toma su café lentamente mientras mira hacía su lado izquierdo.
—Oye ¿Puedo tomar un cigarrillo? —Sus ojos se encuentran con los míos nuevamente y baja el vaso de café. Se muerde el labio y yo, yo siento un cosquilleo por todo el cuerpo.
—Cla-claro, los compraste tú. —Estoy tan nerviosa que ya mis palabras salen entrecortadas y mis mejillas se tornan rosadas otra vez. Dios mío, sálvame.
En mi mente solo pasan las posibilidades de un beso entre nosotros, pero el estruendoso ruido de la silla al arrastrarla me devuelve a la realidad. Cuando mi mirada lo encuentra, lo veo de pie junto a mí. Sus mano suave y fría se extiende hacía mí, haciéndome una invitación a pararme. Rápidamente tomo los cigarrillos, las papás y el té frío. Me levanto con ayuda de su mano y el cosquilleo vuelve, otra vez.

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