sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo III: Me he dejado llevar.



—¿A donde vamos? —Pregunté un poco asustada. 

—Al bus. —Camina casi trotando hacía el bus. Su mirada desafiante se dirigía hacía el bus. 

En un momento pensé en lo maravilloso que sería tener algo con Frederick. Quisiera saber todo de él. Pregúntale. Mientras íbamos trotando la gente se nos quedaba mirando, como preguntándose a quien diablos buscamos. 

—Oye, despacio. —Pongo mi cara de enojada y le suelto la mano. El se detiene y me mira. Solo esboza aquella leve y preciosa sonrisa, sus dientes vuelven a brillar como nieve y sus labios son tan tentadores. Mis rodillas tiemblan al presenciar tan perfecta escena. 

—Vamos, tenemos que entrar al autobús. —Él vuelve y me toma la mano. 

Corremos juntos hacía el autobús, cuando vamos subiendo, el señor con bigote nos mira y solo se limita a sonreír y dice algo como estos jóvenes de ahora. Yo estoy tan feliz y me divierto tanto que lo ignoro completamente. Pasamos por el mismo pasillo que yo hace unas horas contemplé con tristeza, las mismas cortinas doradas en las ventanillas doradas y el terciopelo azul. Felicidad, grité para mis adentros. Llegamos finalmente al número catorce. Él me mira y extiende su mano, invitándome a sentarme junto a la ventana. Yo sonrío y lo obedezco. Él se sienta junto a mí. 

—¿Lo puedes creer? —Su mirada esta perdida en mí, yo lo miró y me recuesto un poco. —Siento que te conozco de toda la vida. Me recuerdas a una persona que conocí hace mucho. Pero dudo que seas tú. Aún así, me gustan muchos tus ojos y tu pelo cuidado al descuido. También me gusta como te pones de nerviosa cuando te hablo de algo lindo. 

¡¿Qué demonios?! 

—Frederick, yo... —Él se acerca a mí y no puedo pronunciar las palabras. Mis ojos se vuelven agua, sus manos tocan las mías y yo, yo muero por darle un beso. 

—No tienes que decir nada. Habrá tiempo de sobra para amar. —Aquellas palabras se escucharon tan bellas, aquí en la tierra no se ha escuchado tremenda belleza alguna. Sentí que algo me acariciaba el alma. 

—Lo siento, pero apenas nos conocemos. 

Se enderezó, sus ojos miraron hacia la ventana y comenzó a cantar. Me sentí mal y decepcionada. Pero antes de que piense otra cosa él se me lanza encima y me besa. Sus labios calientes y suaves rozaron a los míos con tremenda ternura. Mis mejillas empezaron a arder mientras su lengua tocaba a la mía. Sus manos acariciaban mi pelo y yo, yo moría lentamente. Cuando se detuvo, me miró directo a los ojos mientras yo aún los cerraba. Cuando los abrí, lentamente él sonrío. Su hermosa sonrisa era tan perfecta. Pasaría todas las noches de mi vida durmiendo con él, abrazándole y en la mañana, besar su sonrisa. Me pregunté si esto era un sueño, algo tan perfecto no puede ser real. Sus ojos color miel eran penetrante y cuando miraba hacia la ventana sus ojos se tornaba a un color amarillo. 

—Lo siento, me he dejado llevar. —Susurró. 

Deberías dejarte llevar más a menudo, pensé en mis adentros. Di un suspiro y cerré los ojos. Recordé por un minuto cuando estuve con Alba. Ella me conoció en un hotel, en el bar del hotel. Estaba con mi familia y ese día pelee con mi mamá. Me fui tan enojada al bar que pedí tequila con limón y sal. Ella estaba en el otro lado del bar. Sus ojos miraron a los míos y mi cigarrillo se acabo en un solo minuto. Me tomé el tequila de un golpe y fui a hablarle. Ella me miro con sus ojos grises y yo me dejé llevar. Nos bañamos juntas en la piscina y en el jacuzzi también. Alba tenía el pelo marrón claro, sus ojos grandes y color gris tenían siempre un brillo especial, era una mujer con un cuerpo impresionante y precioso. Besar sus innumerables pecas color negro era un placer infinito y sin duda el mejor detalle de todos. Fue algo ta efímero, tan utópico. Pero aún así fue bonito. Ya ahora todo me parece bonito. 

—Eres buena contando historias ¿Por qué no me cuentas una? —Al escuchar esto abrí los ojos y saqué mi libreta. Hojeé hasta llegar al cuento perfecto. 

Y entonces ellos quedaron solos, en un sito realmente remoto. Nadie nunca había visitado aquél lugar. Ni siquiera dios recordaba haberlo hecho. Era tan extraño, solo se veían arboles de fantasías y se escuchaban risas de niños. Así como pasaban los pensamientos de ella, el sitio cambiaba de color. Ella, claro, asustada miro hacia él. Pero él estaba tan confundido que quería matarse porque pensaba que era un sueño. —Hice una pausa y lo miré, él sonrío y yo seguí. Él no dijo ni una sola palabra, solo la miró y le dijo: -Daría todos mis sueños por salir de aquí y ella, sin mirarlo, le contesto: -Yo daría mi vida si al final del camino termino contigo. Ninguno de los dos sabía que hacer, pero él al escuchar estas palabras solo le dijo que la amaba, con aquél brillo infinito en los ojos que ni siquiera yo puedo imaginar. Era tan real e irreal a la vez. Ellos solo pensaban en que no podían pensar. Ellos solo imaginaban como escapar de aquél lugar. Pero al parecer era infinito y no tenía ni principio, ni fin. Caminaron juntos y solo encontraron pequeños trozos de recuerdos o casas. Fotos de personas que alguna vez habían sido especiales en el mundo normal. Encontraron allí casi todo lo que componía sus momentos felices. Pero ambos entraron en un trance y olvidaron su punto de comienzo y también que tendrían final. Era como volver a nacer, no, ni siquiera eso. Era como ser Dios y ellos ni sabían por que se sentían así. Si apenas llegaban a un sitio sin recordar como, eso era todo. Pero había algo que los hacía sentir dioses. Quizás estaban en el olimpo o tal vez viajaban en su mente. Lo más probable es que habitaran en un sueño. Pero ambos sabían que no era así, en un sueño no puedes sentir lo que ellos sentían o al menos, eso suponían.











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