domingo, 25 de agosto de 2013

Capitulo IV: Me han echado de menos.

Frederick después de escuchar la historia recostó su cabeza en mi hombro y lentamente cerró los ojos hasta quedar totalmente dormido. Yo sentía su lenta respiración mientras tenía mi cabeza contra la suya. Aún durmiendo, sonreía. Yo me enamoraba y eso no era bueno. Cada vez que sentía el amor, este se iba y solo dejaba dolor y pena. Ya me había hecho inmune al amor y no me dolía aquello. A veces me sentía sola, pero aún así no me importaba. Era mejor no sentir nada a sentir mucho dolor. Pero ahora llega este perfecto joven de pelo rubio y rizo, con sus ojos color miel y su sonrisa perfecta. Me perdí completamente, perdí mi cerebro en algún remoto lugar. Tal vez lo perdí en su sonrisa o en su mirada. Tal vez sus rizos fueron los que me enredaron y ahora no me dejan escapar ni un solo segundo. Me decepciona saber que fui tan débil como para enamorarme de un chico en un autobús que acabo de conocer. No quiero recordar las veces que he besado a alguien que no conozco, eso me hace sentir como una prostituta. Al principio del pasillo hay una pequeña luz que indica que solo estamos a treinta minutos de la última parada. Recuerdos me caen como lluvia en la cabeza, con su estruendoso sonido. Recordándome lo aburrido que había sido ese pueblo unos años atrás. Supongo que ahora no será así, ahora lo tengo a él. Lo tengo a él. Aquellas palabras se repitieron en mi cabeza una y otra vez hasta que me quedé dormida. 

—Señorita, despierte. —El señor con bigote me sacude el hombro y yo doy un solo salto de la impresión. —Hemos llegado a la última parada. 

Fred todavía estaba conmigo. Cuando desperté completamente lo desperté y le di un beso en la frente. Solo le dije que nos veríamos pronto y bajé. 

—¿Y el joven que la acompañaba? —El señor estaba en las puertas donde se meten las maletas. —¿No venía con usted? —Preguntó mientras bajaba mis maletas. 

—Sí es que a él sus padres lo vendrán a buscar. 

Tomé mis maletas y miré el papel que me había dado mi mamá. No decía nada, solo el nombre de mi abuela y de las personas que viven en su casa. Bah ¿Para qué me servirá esto? Camine hacía el centro del pueblo hasta encontrar una casa que me parecía familiar. Mire a mi alrededor y cuando volteé, un muchacho un poco alto con la piel morena y el pelo corto se me lanzó encima. Sus abrazos apretaron mi cuerpo como un peluche y sentía su respiración tras mi oído. 

—Cuanto te extrañé querida prima. —Susurró. Su acento era algo peculiar, no podía distinguir la voz. Pero sin duda, su cara me parecía familiar. 

—¿Primo? —Tartamudee. 

—Soy yo, Emil. —Me apartó y me miró a los ojos. 

Claro, Emil... Lo recordé al instante. Era el primo que nunca aparecía porque siempre tenía algo que hacer. Recuerdo que un día estábamos en el parque y él me empujó de mi bicicleta, me raspé todas las rodillas. 

—Estoy perdida, llévame a casa de mi abuela. 

—Claro, pero déjame ayudarte. —Inmediatamente agarró mi maleta en su mano izquierda y mi mano en la otra. 

Caminamos toda la calle derecho. Las casas de este pueblo no cambiaban para nada. Las calles seguían igual de anchas como recordaba. Cuando llegamos a la casa de mi abuela era la misma casa de hace cuatro años. El árbol gigante de atrás seguía justo como lo dejé. El amarillo chillón de afuera estaba impecable y se podía ver por las ventanas que por dentro no era igual. Emil dejó mis maletas en la puerta. 

—Fue un placer verte, Zoé. 

—Igual Emil. Por cierto, gracias. —Lo abracé y le di un beso en la mejilla. —Hasta luego. 

Se fue caminando por el mismo camino que llegamos. Cuando lo perdí de vista miré hacía la puerta. Respiré profundo y la golpeé con mi puño varias veces. Cerré mis ojos y sonreí. 

—Monse atiende a la puerta por favor. —Pude reconocer de inmediato aquella voz que se escuchaba al otro lado de la puerta. —¡Dios! No pueden hacer nada, todo lo tengo que hacer yo. —La voz se acercaba más y más. Podía oír claramente los quejidos de mi abuela. Escuché el sonido de la puerta abriendo y ¡Ta dan! Mi abuela abría la puerta. 

—¡Zoé, querida! —Su cara era de alegría total y eso me alegraba. Se lanzó sobre mi y me enrolló con sus brazos. —Cuanto te extrañé. —Después de pasar sus suaves manos por mi espalda varias veces, me soltó y me invitó a pasar extendiendo sus brazos. 

Fui arrastrando mis pies con mi maleta en mano  hasta llegar a la cocina. Allí estaba Monserrate, mi prima de dieciséis años. Ella me miró y también me abrazó con cariño, al parecer todo el mundo aquí es más cariñoso que yo. 

—¡Zoé! —Gritó mientras sus brazo apretaban mis hombros. —Te he echado de menos. —Decidió retirar su brazos y mirarme bien. —No has cambiado para nada. 

Las dos frases más cliché. 

—¿Quieres café o té? —Me preguntó mientras se dirigía hacía la estufa. 

—Café, por favor. —Contesté sin pensarlo dos veces. —Oye ¿Hay algún problema si fumo aquí dentro? 

—No, no lo creo. Tienes 17 ya. 

—Bueno, está bien. 

Ella preparaba el café con tal delicadeza mientras me contaba sobre las nuevas noticias de mi familia. Yo no prestaba mucha atención, en serio me importaba un bledo. Solo pensaba en Frederick. En que haría si me lo volviera a encontrar en las anchas calles de este pequeño pueblo. Puse los ojos en blanco y recapitulé todo lo que pasamos. 

—¿Puedes creerlo Zoé? —Preguntó Monse mientras me ponía la taza frente a mí. 

—Si lo sé es increíble. —No sabía de que rayos me hablaba. Solo saqué mi caja de Marlboro, saqué uno y lo encendí. Era placentero sentir como el humo caliente bajaba por mi garganta. Mientras, la lengua mezclaba el sabor del café y el humo. 








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