martes, 27 de agosto de 2013

Capítulo V: Lo más amable posible.

—Oye ¿Quieres dar una vuelta esta tarde? —Monse se voltea a verme mientras peina su larga melena dorada. 

—Mientras pueda montar mi longboard en el camino. —Hice una pausa y tomé un sorbo de café. Inhale mi cigarrillo nuevamente y le sonreí. —Iré. 

Monserrate saltó de la emoción y dio varías palmadas mientras tenía en su cara una sonrisa de oreja a oreja. Mi abuela entró con pasos cortos a la cocina y me acarició el pelo. Pero al ver mi cigarrillo abrió la boca y me miró con disgusto. Yo solo inhale una vez más y escapé a el jardín de atrás. Había olvidado por completo lo verde que era el césped. Había un montón de rosas al fondo. Me senté en el césped y seguí fumando. Cada hilera de humo que salía me traía recuerdos diferentes. Recordé la vez que dormí en la azotea con mis amigos, fumamos tanto que al otro día exhalábamos humo. Fue un día especial. También recordé el día que recibimos el año. Cuando los fuegos artificiales comenzaron a estallar corrí hacía mi mejor amigo y lo abracé. Le susurré al oído: feliz año nuevo. Pero él me besó y terminamos peleando por eso. 

—Zoé ven a cambiarte, vamos al parque. —Era Monse que me gritaba desde la casa. 

Me paré inmediatamente y tiré el cigarrillo al piso. Cuando iba entrando a la habitación en la cual dormiría toda mi ropa estaba ya en perchas. El ropero totalmente blanco tenía todas mis prendas ordenadas por color y en una pequeña repisa que estaba al lado, se encontraban todos mis perfumes, cremas, libros y demás cosas. Alguien había desmantelado completamente mi maleta. Cuando volteé hacía Monse con la boca completamente abierta, ella levanto los hombros y frunció la boca. No me quedaba nada más que agradecer y hacer como que nada me molestó. Aunque para mí, el exceso de confianza es lo peor y lo odio. Mamá me dijo que debía ser lo más amable posible, así que lo dejé pasar. Fui caminando hasta llegar al ropero, comencé a pasar las perchas a la izquierda en busca de algún pantalón corto y una camiseta cómoda para correr en mi longboard. 

—Dime como es tu vida en la ciudad. —Monse cerró los ojos y suspiró. —Supongo que debe ser divertida y maravillosa. 

—No te creas, la ciudad es muy intranquila. —Escupía palabras, ya ni sabía bien que decía. Solo quería ser lo más amable posible. 

—Debe ser muy romántico caminar en el malecón con tu pareja. —Seguía con sus ojos cerrado y suspirando. Al parecer pensaba en alguien. —Debería ser perfecto ir a un restaurante lujoso. —Ella ignoraba por completo lo que yo decía. Deja de soñar, vivimos en el mundo real. 

—Oye... —Recordé inmediatamente a Fred, el debe tener algún familiar aquí. —¿Conoces a algún Frederick? —Monse abrió los ojos como dos platos, su reacción fue de sorpresa. Parecía que le había mencionado al mismísimo demonio o peor. 

—Él... ¿Puedes cerrar la puerta? —La obedecí muy sorprendida y me senté junto a ella en la cama. —Frederick Prestol, pelo rubio y rizo, ojos color miel. Es hijo de una persona innombrable. Tu abuela odia a esa familia y deberías mantenerte alejada de él.  —Al escuchar todas estas palabras tragué en seco y mire hacía el suelo. —Bueno, cámbiate y vayámonos. 

Me paré como un rayo de la cama y me metí al baño. La tina era demasiado pequeña, pero aún así no me importó. La llené con agua caliente y le agregué un poco de jabón para baños. Cuando me senté al borde de la tina comencé a jugar con el agua. Agua tan pura y simple, tan transparente y real. ¿Por qué mi familia odia a la suya? ¿Será que lo perdí? Debería deja de pensar en él. Lo mejor es evitarlo. No quiero hacerle pasar un mal rato a mi abuela. Es de esas personas que se lleva mucho del que dirán y a mí en serio no me importa nada lo que digan. Pero es mi abuela y debo ser lo más amable posible. Estaré un mes aquí y es mejor mantener la confianza en alto si es que quiero disfrutar. La tina ya estaba al tope y la espuma decoraba los bordes. Me desvestí en un abrir y cerrar de ojos, tiré la ropa en el suelo y fui lentamente introduciéndome en la tina. Me metí hasta que me tapaba completamente, vi como las burbujas subían. Y rápidamente subí a la superficie  recordando que no puedo respirar bajo el agua. Mantuve mi mente en blanco hasta terminar el baño y entrar a la habitación. Fue entonces cuando pensé en que diablos ponerme. Unos pantalones cortos altos, una camiseta negra muy ceñida al cuerpo, una camisa de cuadros y mis viejos vans. 

—Zoé ¿Estas lista? —Gritaban al otro lado de la puerta. 

—Si, puedes pasar. 

Monse entró completamente transformada, parecía que iba a una fiesta. Cuando ella vio lo que traía hizo una mueca. 

—Bien, agarra tu patineta rara y vayámonos. —Me tiré de la cama y la obedecí. 

Cuando íbamos camino al parque todos los chicos me miraban y soltaban algún piropo. Yo me ponía roja como un tomate y fruncía mis labios. Cuando me harte de los piropos tiré el longboard al suelo y comencé a patear. La gente me miraba con cara rara. Tal vez se preguntaban quien diablos era yo y que diablos hacía casi sentada en un tabla con cuatro ruedas. Pero como siempre, me importaba un pito. Seguí rodando por toda la calle hasta llegar a famoso parque. Debo admitir que era hermoso. Pero también era algo insípido  como que no tenía alma. Seguí rodando mientras rodaba sobre mi longboard. Pero me descuide y una rueda se encontró con una pequeña piedra. Las ruedas se detuvieron al instante y besé todo el asfalto caliente. Sentí un dolor inmenso en mi cara y también como fluido tibio rodaba por toda mi cara. Me levante y toqué mi frente, donde sentía el dolor y el fluido. Cuando baje mi mano estaba pintada en sangre. Lo último que recuerdo es que sentí que mis piernas temblaban. Al parecer, me desmayé. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario