—Hola Zoé. —Una voz angelical y tan suave como un silbido se escuchó en el fondo. —Sé que no sabes quien soy. No reconocerás esta voz. Ahora te pido que veas que pasaría si mueres.
A continuación frente a mi pasaron miles de imágenes. En una de ellas estaba mi mamá arrodillada frente a un hermoso ataúd de caoba. Encima del ataúd se podía ver una cinta colo purpura que decía mi nombre y un «Siempre te recordaré» en un lindo color dorado adornado con brillantinas. Mi mamá aún tiraba palabras con lagrimas y se preguntaba en que había fallado. Aquello me había partido el alma, ella no tenía culpa. Luego, vi a mi abuela en uno de los bancos de iglesia que estaba frente a mi ataúd. Ella apoyaba su cabeza en Monse. Escuché que Monse susurró algo, algo como que me quería conocer. Más en el fondo vi a mi padre y sus tres hijas, también hermanas mías. Ellos lloraban mucho también. Aparte de eso no había mucha gente. Vi a algunas viejas amigas pero ellas solo besaban a mi mamá y le susurraban al oído que lo sentía, luego salían por la puerta y no volvían. Estaba también Emil, este no decía nada, solo texteaba en su teléfono Y para mi gran sorpresa, Fred estaba junto a Emil.
Logré ver esto y me dolió demasiado. Es cierto que hacía las cosas sin pensar.
—Quiero volver. —Susurré al vacío.
—¿Qué te hace pensar que es tan fácil? —Dijo, en tono de burla.
—Por lo menos sé que no he muerto o que se puede remediar.
—Eres inteligente. —Soltó una risilla. —Pero, no sé dudo de que tengas la fuerza para contenerte. Sé que eres fuerte, pero no lo suficiente. Nunca eres lo suficiente para nada, Zoé. Me pregunto si nunca te cansas de ser solo una sombra o una pequeña cosa insignificante en este mundo. Quiero aclarar que no soy Dios, no soy ningún ser más poderoso que tú. Solo soy tu subconsciente y actualmente estas en un profundo sueño. Al contar hasta tres, volverás a la vida.
Uno, dos, tres...
Al abrir los ojos sentí un dolor muy agudo en mis muñecas. Cuando parpadeé y miré bien a mi alrededor, estaba conectada en unos aparatos, acostada en una camilla color azul. A mi alrededor solo veía cosas de hospital y a mi lado, en los bancos, mi abuela y mi mamá sentadas allí. Cuando vieron que abrí los ojos se lanzaron ante mí.
—Zoé ¿Qué hiciste? —Mamá sollozaba.
—Lo siento mamá, no lo quería hacer.
—¡PUDISTE HABER MUERTO, JODER! —Abría su boca tanto como podía y lanzaba venenosas partículas de saliva hacía mi cara. Se veía irritada y en el fondo, asustada.
—Mamá es que no lo entiendes.
—¡¿Qué debo entender?! —Parecía que iba a estallar.
—Yo estoy muerta desde hace mucho, mamá. —Lagrima salían de mis ojos. En mi rostro rodaban aquellas gotas saladas como si fueran carros de la formula 1. —Estoy muerta desde que el karma cobró todas las que yo le debía.
Ella retrocedió hasta sentarse otra vez en el banco. Cuando se sentó, tapó su cara y pegó sus manos con las rodillas. Escuchaba desde mi camilla los gemidos de tristeza y como sollozaba desde el triste asiento. Como las imágenes, esto me partía el alma.
Después de unos días descubrí que padecía de algo mortal e incurable, el mal de vivir un infierno. Mi cabeza estaba hecha un desastre y la tensión me arrastraban a un punto que solo quería morir. Me pregunto cuantas personas se han sentido así, cuantos siente esa sensación de ahogarse en ellos mismo y lo peor de todo no encontrar salvación. Es esa sensación de asfixia la que te agarra y no te suelta nunca jamás. Mis días en aquél hospital eran exactamente eso. No porque me trataran mal ni mucho menos, era porque me dejaban sola todo el tiempo y cuando estoy sola pienso demasiado, cuando pienso demasiado me entristezco, cuando me entristezco me dan ganas de morir y busco la manera hasta que alguien aparece y al desaparece, el ciclo se repite. Aparte de eso las enfermeras eran un amor. Todas me llevaban puré de mazana verde con una pizca de canela encima, esas pequeñas cosas, o esa única cosa me hacía sentir viva. Recibí algunas visitas, Emil me fue a visitar. Casualmente le pregunté por Frederick y él se sorprendió. Solo contestó que estaba bien, que aún vivía. Le pedí que le dijera que aún me debe una acariciada de pelo. Nos reímos mucho, pero luego tuvo que irse.
La verdad es que me estaba recuperando. Pero ver como mi sangre entraba en el suero era deprimente y se me ponía la piel de gallina al verlo. También, ocasionalmente me desmayaba y soñaba un poco. Soñaba con Frederick. Pero al parecer no era suficiente, me faltaba algo. Eso que hace que sientas que alguna huella dejaste en el mundo. Eso, eso faltaba para ser feliz.
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