martes, 17 de septiembre de 2013

Capítulo IX: al fin y al cabo no llevábamos las de perder.

Pasaban los días de lunes a lunes, tan triste como los dementores de Harry Potter. De vez en cuando me preguntaba si alguno de esos me habían absorbido toda la felicidad. Me preguntaba tantas cosas últimamente, me dolía el pecho de tanto dolor y ya no había lagrimas para llorar. Luego de unos días de ver al señor de bata blanca que tenía un boche dorado con unas letras en negro que decían ''Dr. Anderson''. El Dr. Anderson o como él quería que lo llamara ''Ander'' era muy apuesto y joven. Pero aún así no me importaba mucho, solo pensaba en Frederick. Quería regresar al pueblo para volverlo a ver o que por milagro, se apareciera aquí. Pero obviamente, eso nunca me pasaría a mí. Luego de unos varios días más recibí la visita de Monse. 

—Espero que no preguntes por qué lo hice. —Mi voz se escuchaba tan cortante y ella, al escuchar esto, solo bajó la mirada y se sentó en el borde de la cama.  

—Solo quería saber como estabas. —Sonaba algo decepcionada, como si quería preguntar por que lo hice. Noté que fruncía su boca cada minuto. Eso al parecer eran signos de que estaba un poco nerviosa. —Noto que por la forma en que hablas si estas bien. 

—Siento hablarte mal, es que los días aquí parecen infinitos. 

—Está bien, descuida. —Esbozó una leve y nerviosa sonrisa y para mi sorpresa, se sonrojó. 

—Bueno, cuéntame todo lo que has escuchado. —Susurré tan bajo como pude y puse mi mano alrededor de mi boca para que no me pudieran leer los labios. 

—Volverás a la casa. 

—¿Cuál casa? 

A la casa de tu abuela, mi abuela. —Al decir esto ella sonrió nuevamente pero la falsedad de aquella sonrisa se podía notar a leguas. 

Sentí una excitación gigante, lo volvería a ver. Sin duda, lo volvería a ver. Y no me importaba mucho si era el peor enemigo de mi familia. Él me gustaba demasiado y lo volvería a ver. 

—Bueno, ya y cuéntame que más. —Realmente no me importaba nada, solo pensaba en él. 

—Bueno... hablaron sobre lo que te paso... —Escuchaba vanas palabras que entraban por un oído y salían por el otro. Mi mente estaba con él, en algún rincón de mi mente, bajando por las curvas de su sonrisa o bebiendo el café de sus ojos. Sea como sea, estaba con él. Amándolo y queriéndolo como siempre o tal vez, como nunca. —...y dijeron algo sobre pastillas. 

Los días, por suerte, pasaron como cometas. Y después de un mes regresé a casa. Todo iba demasiado normal. Cuando pregunte por él me dijeron que iría el lunes y milagrosamente, era jueves. Salía al parque y montaba un poco. Conocía personas. Conocí a un chico llamado Liam que era precioso y al parecer se interesaba en mí. Pero yo no le hacía mucho caso. Estaba sentada en un banco leyendo mientras escuchaba música cuando sentí que unas calientes manos tocaron mi pelo. Luego tocaron mis espaldas y cuando volteé era él. Vi decía hola con sus labios y sonrío con mucha alegría. Al ver aquella sonrisa brillante y ese pelo rubio y rizo brillar me quité los audífonos y lo abracé. 

—¿Cómo estas? —Susurré mientras tenía mi boca muy cerca de su oído. 

—Bien, de maravilla. —Me apartó suavemente con sus calientes manos. —Y más ahora que te veo. 

El caliente se extendió por todas mis mejillas y joder, estaba sonrojada como siempre.

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