sábado, 31 de agosto de 2013

Capitulo VII: Ojala y nadie me extrañe.



Me pregunto que será de esa muchacha. Tal vez ahora sea tan infeliz como yo o tal vez no. Ya casi nada de eso me importa ¿O si? Recordar mi pasado me dan ganas de volver atrás. Por lo menos en esa época no me sentía una zorra barata, ni lo era. Me pregunto que diría de mí la Zoé de siete u ocho años atrás. Es decir, yo repugnaba la gente como yo. Odiaba ver a esos jóvenes que se auto-destruían fumando, bebiendo y drogándose. Y mírame ahora, siendo todo aquello que odiaba. Me pregunto si aquella niña de aquellos años en aquellos tiempos pensaba ser así. Me paré frente al espejo y contemple mi figura. Zoé de diecisiete años, fumadora compulsiva y en muchas formas, alcohólica. Escritora de cuentos frágiles y abstractos. Una experta en crear nuevos sueños, inspirarse en desgracias es su arte y sufrir, tal vez no sea su mejor pasatiempo pero es lo que más le gusta hacer. Zoé, Dios mío ¿En que te has convertido? Has sido burla de toda una sociedad o tal vez la mayor preocupación de los mayores. Te preguntas mil veces en que diablos te convertiste. Ya no sirve de nada culpar a la sociedad o traumas del pasado, porque sabes que ellos no tienen la culpa. Es como alguien que te da una soga para ahorcarte, él te dio la soga pero tu tomaste la decisión de hacerlo o no. Autodestrucción, suicidándose con cada cigarrillo o pastilla de éxtasis. Cada maldito trago te hace sentir bien por un rato pero ¿Y luego? ¿Qué queda? Morir. 

Espejito, espejito... tan cruel con tu victima. No ha sido suficiente el daño causado. Me haces odiar más mi ser, mi alma, mi apariencia y mis mañas. Ya la sociedad no me critica, suerte que no ven más allá de sus ojos. Siempre te dicen que no vale de nada ser linda ¡JA! ¿En serio quieren que creas eso? Nada de eso es cierto. Siempre critican al que no es igual. Siempre lanzan sus miradas burlonas hacía aquellos que no suelen cumplir con los requisitos. Sociedad tan bastarda. Sociedad tan vacía. Sociedad tan sucia. Sociedad tan mierda. Sociedad tan hipócrita. Lo que más me duele es que todos formamos parte de ella  y alguna vez hicimos lo mismo solo por encajar. Sigo mirándome en el espejo y pensado que pienso demasiado. Pensando que la vida es una ilusión. 

Toc toc, suena la puerta. 

—Zoé, te he traído el desayuno. —Escucho la voz de mi abuela fuera de la habitación. 

—No tengo hambre, lo dejaré para más tarde. —Al vociferar esto salieron dos gotas saladas de mis almendrados ojos café. 

—Bueno, está bien. 

Después de que escuché como se alejaban sus pasos empecé a llorar. Lagrimas corrían mientras pequeños gemidos de tristeza se escuchaban en mi interior. Pensaba en lo triste que es mi vida. He sufrido mucho por tan poco. Tan poco placer por tanto sufrimiento. Cualquiera se suicida en estos aprietos, debería hacerlo. Busqué en toda la habitación una cuchilla. Encontré una pequeña, la reconocí instantáneamente por su envoltura color rojo. En lagrimas ahogadas le arranque la envoltura y empecé a cortar en mi brazo izquierdo. La sangre salia en pequeñas bolitas mientras ardía cada linea. Continué rayando mi piel, hasta que comenzó a mancharse el edredón. Fue entonces cuando me asusté y fui en busca de papel o algo que pudiera detener aquél chorro de sangre. Asustada me metí en la bañera y abrí la llave. Cuando vi toda la sangre correr sentí un ligero placer. Entré en un estado de euforia y dejé de sentir dolor. Sentía que era un sueño, una pesadilla quizás. Algo tan irreal como las novelas. Pero no, era real. Estaba perdiendo mucha sangre mientras pensaba en idioteces. El fin se acercaba, moriré pronto. Ojala y nadie me extrañe. 

Todo lo que termina, termina mal y lo que no acaba, poco a poco se pudre más y más. 



miércoles, 28 de agosto de 2013

Capitulo VI: Lo amé.


Escuché una voz agitada que pedía auxilio. Se escuchaba como Moseratte. Pero estaba tan asustada que apenas la reconocía. Me dolía intensamente la cabeza y todavía sentía la sangre correr. No podía levantarme y sentía tanta impotencia que apenas podía sentir mis piernas. Fue tanto así que cuando abrí los ojos, volví a desmayarme. Cuando volví a despertar estaba en algo realmente duró, abrí los ojos y lo vi a él. Si, a Frederick. Pude distinguir inmediatamente su pelo rizo y dorado. Sus ojos color miel miraban a los míos. Al ver en la situación que estaba, recogí todas mis fuerzas y me senté. Mi mirada iba de un lado a otro en busca de Monseratte, pero no la encontré. Así que volteé hacía Frederick.

—Dios Zoé, eres muy torpe. —Dijo en tono burlón. miraba hacía el suelo. Estaba limpiando sus manos ensangrentadas con un pequeño trapo. Eso me hizo recordar mi golpe así que topé mi frente pero solo había una gaza y ya no fluía más sangre. —No lo toques, te dolerá. 

—¿Me curaste? 

—Si Zoé, te curé. —Me miró con enojo, al parecer quería que le agradeciera. 

—Lo siento, gracias. —Él seguía mirando con enojo. —¿Por qué estas enojado? ¿Qué pasó? 

—No sé, tal vez pasa que encontré a alguien que me gusta pero su familia y la mía se odian. —Cuando dijo todo esto abrí los ojos y tragué en seco. Me sentí tan impotente. Solo acariciar con todo mi amor su espalda. —No me importa eso ¿Sabes? Yo quiero intentarlo contigo y la verdad es que no sé que diablos me motiva a hacerlo. —Su expresión cambió completamente, ya ahora me miraba con amor. —¿Serán tus ojos? ¿Quizás tus labios? Tus labios. 

Se fue acercando poco a poco, mirando mis labios. Se acercó tanto que podía respirar su aliento. Sus labios chocaron con los míos. Abrí mi boca lentamente para darle paso su lengua. Mi corazón latía tan rápido como un zumbido y mi respiración se iba acelerando. Su mano iba acariciando mi pelo mientras sus suaves labios besaban los míos. El cosquilleo lo sentía otra vez por todo el cuerpo. Eso no lo sentía con nadie, solo con él. Cuando lentamente se apartó de mí, él me miró a los ojos y lo amé. Si, lo amé. Cuando el beso terminó pude escuchar la voz de Monseratte a lo lejos. Así que me aparté lo más rápido posible y busqué de donde provenía la voz. 

—¡Zoé! —Inmediatamente vi aquella preciosa personita con pelo dorado agitando la mano. Vino hacía mí corriendo con una sonrisa de oreja a oreja. —Oye ¿Ya estas mejor? Te he traído un energizante. —Su voz se escuchaba un poco agitada por la carrera. Detuvo su respiración cuando vio a Frederick. 

—Mira, él me curó. —Dije sonriendo, haciéndome la idiota.  

—Eso veo. —Lo miró con tal desprecio que me asusté. —Toma tu tabla con ruedas y vayámonos. 

—Esta bien. —Miré a Fred. Él sutilmente me guiñó un ojo y yo, sutilmente le tiré un beso. Por primera vez vi como se sonrojó. Monse me agarró la mano y me fue arrastrando hasta llegar a la casa. 

Cuando llegamos a la casa mi abuela no estaba allí. Pero era casi de noche así que me bañé, cené y me acosté. Estaba muy exhausta así que me dormí enseguida. Toda la noche soñé con Frederick. Soñaba que todo lo que pasaba no era real o que no era cierto lo que decía. Desperté dos veces en la noche por aquellas pesadillas, a la tercera vez eran ya como las seis, así que me levante. Fui inspeccionando la habitación que me tocó. Era hermosa. Las paredes estaban pintadas en un verde manzana, la cama era de caoba y el marco tenía un precioso diseño. Noté que en la pared había varios marcos colgados, en uno de ellos había una foto de mi padre y yo. Creo que tenía algunos seis meses cuando eso. Es increíble ver como no he cambiado. Tengo los mismos ojos y la misma expresión. Idéntica a tu papá. En un minuto pasaron todos los recuerdos que tenía con mi padre en mi mente. Las veces que fui al parque para aprender a patinar. También recordé el día que enceramos su precioso Renault Laguna en el patio de nuestra antigua casa color naranja. En esa casa besé por primera vez a alguien. Se llamaba Sam y vivía en la casa de al lado. Era una persona increíble e íbamos juntas al colegio. Fue algo raro e incomodo pues yo no sabía que diablos hacer. Solo chocamos los labios e impresionadas por aquél acto nos separamos una de la otra. 






martes, 27 de agosto de 2013

Capítulo V: Lo más amable posible.

—Oye ¿Quieres dar una vuelta esta tarde? —Monse se voltea a verme mientras peina su larga melena dorada. 

—Mientras pueda montar mi longboard en el camino. —Hice una pausa y tomé un sorbo de café. Inhale mi cigarrillo nuevamente y le sonreí. —Iré. 

Monserrate saltó de la emoción y dio varías palmadas mientras tenía en su cara una sonrisa de oreja a oreja. Mi abuela entró con pasos cortos a la cocina y me acarició el pelo. Pero al ver mi cigarrillo abrió la boca y me miró con disgusto. Yo solo inhale una vez más y escapé a el jardín de atrás. Había olvidado por completo lo verde que era el césped. Había un montón de rosas al fondo. Me senté en el césped y seguí fumando. Cada hilera de humo que salía me traía recuerdos diferentes. Recordé la vez que dormí en la azotea con mis amigos, fumamos tanto que al otro día exhalábamos humo. Fue un día especial. También recordé el día que recibimos el año. Cuando los fuegos artificiales comenzaron a estallar corrí hacía mi mejor amigo y lo abracé. Le susurré al oído: feliz año nuevo. Pero él me besó y terminamos peleando por eso. 

—Zoé ven a cambiarte, vamos al parque. —Era Monse que me gritaba desde la casa. 

Me paré inmediatamente y tiré el cigarrillo al piso. Cuando iba entrando a la habitación en la cual dormiría toda mi ropa estaba ya en perchas. El ropero totalmente blanco tenía todas mis prendas ordenadas por color y en una pequeña repisa que estaba al lado, se encontraban todos mis perfumes, cremas, libros y demás cosas. Alguien había desmantelado completamente mi maleta. Cuando volteé hacía Monse con la boca completamente abierta, ella levanto los hombros y frunció la boca. No me quedaba nada más que agradecer y hacer como que nada me molestó. Aunque para mí, el exceso de confianza es lo peor y lo odio. Mamá me dijo que debía ser lo más amable posible, así que lo dejé pasar. Fui caminando hasta llegar al ropero, comencé a pasar las perchas a la izquierda en busca de algún pantalón corto y una camiseta cómoda para correr en mi longboard. 

—Dime como es tu vida en la ciudad. —Monse cerró los ojos y suspiró. —Supongo que debe ser divertida y maravillosa. 

—No te creas, la ciudad es muy intranquila. —Escupía palabras, ya ni sabía bien que decía. Solo quería ser lo más amable posible. 

—Debe ser muy romántico caminar en el malecón con tu pareja. —Seguía con sus ojos cerrado y suspirando. Al parecer pensaba en alguien. —Debería ser perfecto ir a un restaurante lujoso. —Ella ignoraba por completo lo que yo decía. Deja de soñar, vivimos en el mundo real. 

—Oye... —Recordé inmediatamente a Fred, el debe tener algún familiar aquí. —¿Conoces a algún Frederick? —Monse abrió los ojos como dos platos, su reacción fue de sorpresa. Parecía que le había mencionado al mismísimo demonio o peor. 

—Él... ¿Puedes cerrar la puerta? —La obedecí muy sorprendida y me senté junto a ella en la cama. —Frederick Prestol, pelo rubio y rizo, ojos color miel. Es hijo de una persona innombrable. Tu abuela odia a esa familia y deberías mantenerte alejada de él.  —Al escuchar todas estas palabras tragué en seco y mire hacía el suelo. —Bueno, cámbiate y vayámonos. 

Me paré como un rayo de la cama y me metí al baño. La tina era demasiado pequeña, pero aún así no me importó. La llené con agua caliente y le agregué un poco de jabón para baños. Cuando me senté al borde de la tina comencé a jugar con el agua. Agua tan pura y simple, tan transparente y real. ¿Por qué mi familia odia a la suya? ¿Será que lo perdí? Debería deja de pensar en él. Lo mejor es evitarlo. No quiero hacerle pasar un mal rato a mi abuela. Es de esas personas que se lleva mucho del que dirán y a mí en serio no me importa nada lo que digan. Pero es mi abuela y debo ser lo más amable posible. Estaré un mes aquí y es mejor mantener la confianza en alto si es que quiero disfrutar. La tina ya estaba al tope y la espuma decoraba los bordes. Me desvestí en un abrir y cerrar de ojos, tiré la ropa en el suelo y fui lentamente introduciéndome en la tina. Me metí hasta que me tapaba completamente, vi como las burbujas subían. Y rápidamente subí a la superficie  recordando que no puedo respirar bajo el agua. Mantuve mi mente en blanco hasta terminar el baño y entrar a la habitación. Fue entonces cuando pensé en que diablos ponerme. Unos pantalones cortos altos, una camiseta negra muy ceñida al cuerpo, una camisa de cuadros y mis viejos vans. 

—Zoé ¿Estas lista? —Gritaban al otro lado de la puerta. 

—Si, puedes pasar. 

Monse entró completamente transformada, parecía que iba a una fiesta. Cuando ella vio lo que traía hizo una mueca. 

—Bien, agarra tu patineta rara y vayámonos. —Me tiré de la cama y la obedecí. 

Cuando íbamos camino al parque todos los chicos me miraban y soltaban algún piropo. Yo me ponía roja como un tomate y fruncía mis labios. Cuando me harte de los piropos tiré el longboard al suelo y comencé a patear. La gente me miraba con cara rara. Tal vez se preguntaban quien diablos era yo y que diablos hacía casi sentada en un tabla con cuatro ruedas. Pero como siempre, me importaba un pito. Seguí rodando por toda la calle hasta llegar a famoso parque. Debo admitir que era hermoso. Pero también era algo insípido  como que no tenía alma. Seguí rodando mientras rodaba sobre mi longboard. Pero me descuide y una rueda se encontró con una pequeña piedra. Las ruedas se detuvieron al instante y besé todo el asfalto caliente. Sentí un dolor inmenso en mi cara y también como fluido tibio rodaba por toda mi cara. Me levante y toqué mi frente, donde sentía el dolor y el fluido. Cuando baje mi mano estaba pintada en sangre. Lo último que recuerdo es que sentí que mis piernas temblaban. Al parecer, me desmayé. 




domingo, 25 de agosto de 2013

Capitulo IV: Me han echado de menos.

Frederick después de escuchar la historia recostó su cabeza en mi hombro y lentamente cerró los ojos hasta quedar totalmente dormido. Yo sentía su lenta respiración mientras tenía mi cabeza contra la suya. Aún durmiendo, sonreía. Yo me enamoraba y eso no era bueno. Cada vez que sentía el amor, este se iba y solo dejaba dolor y pena. Ya me había hecho inmune al amor y no me dolía aquello. A veces me sentía sola, pero aún así no me importaba. Era mejor no sentir nada a sentir mucho dolor. Pero ahora llega este perfecto joven de pelo rubio y rizo, con sus ojos color miel y su sonrisa perfecta. Me perdí completamente, perdí mi cerebro en algún remoto lugar. Tal vez lo perdí en su sonrisa o en su mirada. Tal vez sus rizos fueron los que me enredaron y ahora no me dejan escapar ni un solo segundo. Me decepciona saber que fui tan débil como para enamorarme de un chico en un autobús que acabo de conocer. No quiero recordar las veces que he besado a alguien que no conozco, eso me hace sentir como una prostituta. Al principio del pasillo hay una pequeña luz que indica que solo estamos a treinta minutos de la última parada. Recuerdos me caen como lluvia en la cabeza, con su estruendoso sonido. Recordándome lo aburrido que había sido ese pueblo unos años atrás. Supongo que ahora no será así, ahora lo tengo a él. Lo tengo a él. Aquellas palabras se repitieron en mi cabeza una y otra vez hasta que me quedé dormida. 

—Señorita, despierte. —El señor con bigote me sacude el hombro y yo doy un solo salto de la impresión. —Hemos llegado a la última parada. 

Fred todavía estaba conmigo. Cuando desperté completamente lo desperté y le di un beso en la frente. Solo le dije que nos veríamos pronto y bajé. 

—¿Y el joven que la acompañaba? —El señor estaba en las puertas donde se meten las maletas. —¿No venía con usted? —Preguntó mientras bajaba mis maletas. 

—Sí es que a él sus padres lo vendrán a buscar. 

Tomé mis maletas y miré el papel que me había dado mi mamá. No decía nada, solo el nombre de mi abuela y de las personas que viven en su casa. Bah ¿Para qué me servirá esto? Camine hacía el centro del pueblo hasta encontrar una casa que me parecía familiar. Mire a mi alrededor y cuando volteé, un muchacho un poco alto con la piel morena y el pelo corto se me lanzó encima. Sus abrazos apretaron mi cuerpo como un peluche y sentía su respiración tras mi oído. 

—Cuanto te extrañé querida prima. —Susurró. Su acento era algo peculiar, no podía distinguir la voz. Pero sin duda, su cara me parecía familiar. 

—¿Primo? —Tartamudee. 

—Soy yo, Emil. —Me apartó y me miró a los ojos. 

Claro, Emil... Lo recordé al instante. Era el primo que nunca aparecía porque siempre tenía algo que hacer. Recuerdo que un día estábamos en el parque y él me empujó de mi bicicleta, me raspé todas las rodillas. 

—Estoy perdida, llévame a casa de mi abuela. 

—Claro, pero déjame ayudarte. —Inmediatamente agarró mi maleta en su mano izquierda y mi mano en la otra. 

Caminamos toda la calle derecho. Las casas de este pueblo no cambiaban para nada. Las calles seguían igual de anchas como recordaba. Cuando llegamos a la casa de mi abuela era la misma casa de hace cuatro años. El árbol gigante de atrás seguía justo como lo dejé. El amarillo chillón de afuera estaba impecable y se podía ver por las ventanas que por dentro no era igual. Emil dejó mis maletas en la puerta. 

—Fue un placer verte, Zoé. 

—Igual Emil. Por cierto, gracias. —Lo abracé y le di un beso en la mejilla. —Hasta luego. 

Se fue caminando por el mismo camino que llegamos. Cuando lo perdí de vista miré hacía la puerta. Respiré profundo y la golpeé con mi puño varias veces. Cerré mis ojos y sonreí. 

—Monse atiende a la puerta por favor. —Pude reconocer de inmediato aquella voz que se escuchaba al otro lado de la puerta. —¡Dios! No pueden hacer nada, todo lo tengo que hacer yo. —La voz se acercaba más y más. Podía oír claramente los quejidos de mi abuela. Escuché el sonido de la puerta abriendo y ¡Ta dan! Mi abuela abría la puerta. 

—¡Zoé, querida! —Su cara era de alegría total y eso me alegraba. Se lanzó sobre mi y me enrolló con sus brazos. —Cuanto te extrañé. —Después de pasar sus suaves manos por mi espalda varias veces, me soltó y me invitó a pasar extendiendo sus brazos. 

Fui arrastrando mis pies con mi maleta en mano  hasta llegar a la cocina. Allí estaba Monserrate, mi prima de dieciséis años. Ella me miró y también me abrazó con cariño, al parecer todo el mundo aquí es más cariñoso que yo. 

—¡Zoé! —Gritó mientras sus brazo apretaban mis hombros. —Te he echado de menos. —Decidió retirar su brazos y mirarme bien. —No has cambiado para nada. 

Las dos frases más cliché. 

—¿Quieres café o té? —Me preguntó mientras se dirigía hacía la estufa. 

—Café, por favor. —Contesté sin pensarlo dos veces. —Oye ¿Hay algún problema si fumo aquí dentro? 

—No, no lo creo. Tienes 17 ya. 

—Bueno, está bien. 

Ella preparaba el café con tal delicadeza mientras me contaba sobre las nuevas noticias de mi familia. Yo no prestaba mucha atención, en serio me importaba un bledo. Solo pensaba en Frederick. En que haría si me lo volviera a encontrar en las anchas calles de este pequeño pueblo. Puse los ojos en blanco y recapitulé todo lo que pasamos. 

—¿Puedes creerlo Zoé? —Preguntó Monse mientras me ponía la taza frente a mí. 

—Si lo sé es increíble. —No sabía de que rayos me hablaba. Solo saqué mi caja de Marlboro, saqué uno y lo encendí. Era placentero sentir como el humo caliente bajaba por mi garganta. Mientras, la lengua mezclaba el sabor del café y el humo. 








sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo III: Me he dejado llevar.



—¿A donde vamos? —Pregunté un poco asustada. 

—Al bus. —Camina casi trotando hacía el bus. Su mirada desafiante se dirigía hacía el bus. 

En un momento pensé en lo maravilloso que sería tener algo con Frederick. Quisiera saber todo de él. Pregúntale. Mientras íbamos trotando la gente se nos quedaba mirando, como preguntándose a quien diablos buscamos. 

—Oye, despacio. —Pongo mi cara de enojada y le suelto la mano. El se detiene y me mira. Solo esboza aquella leve y preciosa sonrisa, sus dientes vuelven a brillar como nieve y sus labios son tan tentadores. Mis rodillas tiemblan al presenciar tan perfecta escena. 

—Vamos, tenemos que entrar al autobús. —Él vuelve y me toma la mano. 

Corremos juntos hacía el autobús, cuando vamos subiendo, el señor con bigote nos mira y solo se limita a sonreír y dice algo como estos jóvenes de ahora. Yo estoy tan feliz y me divierto tanto que lo ignoro completamente. Pasamos por el mismo pasillo que yo hace unas horas contemplé con tristeza, las mismas cortinas doradas en las ventanillas doradas y el terciopelo azul. Felicidad, grité para mis adentros. Llegamos finalmente al número catorce. Él me mira y extiende su mano, invitándome a sentarme junto a la ventana. Yo sonrío y lo obedezco. Él se sienta junto a mí. 

—¿Lo puedes creer? —Su mirada esta perdida en mí, yo lo miró y me recuesto un poco. —Siento que te conozco de toda la vida. Me recuerdas a una persona que conocí hace mucho. Pero dudo que seas tú. Aún así, me gustan muchos tus ojos y tu pelo cuidado al descuido. También me gusta como te pones de nerviosa cuando te hablo de algo lindo. 

¡¿Qué demonios?! 

—Frederick, yo... —Él se acerca a mí y no puedo pronunciar las palabras. Mis ojos se vuelven agua, sus manos tocan las mías y yo, yo muero por darle un beso. 

—No tienes que decir nada. Habrá tiempo de sobra para amar. —Aquellas palabras se escucharon tan bellas, aquí en la tierra no se ha escuchado tremenda belleza alguna. Sentí que algo me acariciaba el alma. 

—Lo siento, pero apenas nos conocemos. 

Se enderezó, sus ojos miraron hacia la ventana y comenzó a cantar. Me sentí mal y decepcionada. Pero antes de que piense otra cosa él se me lanza encima y me besa. Sus labios calientes y suaves rozaron a los míos con tremenda ternura. Mis mejillas empezaron a arder mientras su lengua tocaba a la mía. Sus manos acariciaban mi pelo y yo, yo moría lentamente. Cuando se detuvo, me miró directo a los ojos mientras yo aún los cerraba. Cuando los abrí, lentamente él sonrío. Su hermosa sonrisa era tan perfecta. Pasaría todas las noches de mi vida durmiendo con él, abrazándole y en la mañana, besar su sonrisa. Me pregunté si esto era un sueño, algo tan perfecto no puede ser real. Sus ojos color miel eran penetrante y cuando miraba hacia la ventana sus ojos se tornaba a un color amarillo. 

—Lo siento, me he dejado llevar. —Susurró. 

Deberías dejarte llevar más a menudo, pensé en mis adentros. Di un suspiro y cerré los ojos. Recordé por un minuto cuando estuve con Alba. Ella me conoció en un hotel, en el bar del hotel. Estaba con mi familia y ese día pelee con mi mamá. Me fui tan enojada al bar que pedí tequila con limón y sal. Ella estaba en el otro lado del bar. Sus ojos miraron a los míos y mi cigarrillo se acabo en un solo minuto. Me tomé el tequila de un golpe y fui a hablarle. Ella me miro con sus ojos grises y yo me dejé llevar. Nos bañamos juntas en la piscina y en el jacuzzi también. Alba tenía el pelo marrón claro, sus ojos grandes y color gris tenían siempre un brillo especial, era una mujer con un cuerpo impresionante y precioso. Besar sus innumerables pecas color negro era un placer infinito y sin duda el mejor detalle de todos. Fue algo ta efímero, tan utópico. Pero aún así fue bonito. Ya ahora todo me parece bonito. 

—Eres buena contando historias ¿Por qué no me cuentas una? —Al escuchar esto abrí los ojos y saqué mi libreta. Hojeé hasta llegar al cuento perfecto. 

Y entonces ellos quedaron solos, en un sito realmente remoto. Nadie nunca había visitado aquél lugar. Ni siquiera dios recordaba haberlo hecho. Era tan extraño, solo se veían arboles de fantasías y se escuchaban risas de niños. Así como pasaban los pensamientos de ella, el sitio cambiaba de color. Ella, claro, asustada miro hacia él. Pero él estaba tan confundido que quería matarse porque pensaba que era un sueño. —Hice una pausa y lo miré, él sonrío y yo seguí. Él no dijo ni una sola palabra, solo la miró y le dijo: -Daría todos mis sueños por salir de aquí y ella, sin mirarlo, le contesto: -Yo daría mi vida si al final del camino termino contigo. Ninguno de los dos sabía que hacer, pero él al escuchar estas palabras solo le dijo que la amaba, con aquél brillo infinito en los ojos que ni siquiera yo puedo imaginar. Era tan real e irreal a la vez. Ellos solo pensaban en que no podían pensar. Ellos solo imaginaban como escapar de aquél lugar. Pero al parecer era infinito y no tenía ni principio, ni fin. Caminaron juntos y solo encontraron pequeños trozos de recuerdos o casas. Fotos de personas que alguna vez habían sido especiales en el mundo normal. Encontraron allí casi todo lo que componía sus momentos felices. Pero ambos entraron en un trance y olvidaron su punto de comienzo y también que tendrían final. Era como volver a nacer, no, ni siquiera eso. Era como ser Dios y ellos ni sabían por que se sentían así. Si apenas llegaban a un sitio sin recordar como, eso era todo. Pero había algo que los hacía sentir dioses. Quizás estaban en el olimpo o tal vez viajaban en su mente. Lo más probable es que habitaran en un sueño. Pero ambos sabían que no era así, en un sueño no puedes sentir lo que ellos sentían o al menos, eso suponían.











viernes, 23 de agosto de 2013

Capítulo II: Vuelves, otra vez.

Él hojea lentamente mi libreta y hace varias muecas raras. Se detiene en una página en la cual cuento mi primer amor con una mujer. Esboza una leve sonrisa mientras su ojos color miel se mueven de un lado a otro, como quien lee algo interesante. En mi mente solo pasan recuerdos de aquél suceso, ella, yo, las olas que se mueven y el viento que nos seca el pelo. Pude hasta sentir sus labios por un segundo, pero abrí los ojos y volví a la realidad. A la realidad en la que un chico muy guapo estaba leyendo mi libreta y yo estaba sentada en una silla de terciopelo azul. 

—Que intenso —Susurró. Su voz masculina hizo que me estremeciera y subiera un leve escalofrío por mi espalda. Noté un pequeño lunar justo debajo de su labio, casi tan bello como él. 

—Sí, eso pasó hace mucho. —Tartamudeo, como siempre. 

—Entonces te llamas Zoé. —Cierra de un golpe mi libreta y voltea hacía mí. Sus ojos miran a los míos y una pequeña sonrisa se le escapa. Asiento con mi cabeza y muerdo mi labio inferior disimuladamente. —¿Qué edad tienes? 

—¿Qué edad crees que tengo? 

—Por tu forma de pensar y escribir, diría que 22. Pero tu físico me dice que tienes 16. 

—Quédate con la duda, es bueno ser misteriosa. 

Suelta un ¡JA! en tono burlón y se endereza. Sus ojos miran a la ventana y se vuelven hacía mí. 

—Frederick, interesante nombre. —Mi voz tiene una ligera pizca de sarcasmo. —Tus ojos no mienten, ellos dicen que tienes diecinueve. 

—Acertaste. —Sus ojos aún se mantienen fijos a la ventana y su sonrisa sigue intacta. —A mi no se me da lo de ser misterioso. Pero si gustas lo puedo intentar. 

Suelto una risilla nerviosa y mi corazón va a mil por hora. Siento un pequeño ardor que corre por mis mejillas y mis labios. No lo arruines. Los árboles pasan rápido. Solo se ve el verde de las hojas y el gris del caliente asfalto. El aire del autobús sopla fuerte. Mi pecho baja y sube tan rápido como va el autobús color amarillo. 

—¿Qué te pasa? —Pregunta un poco asustado. 

Se dio cuenta. 

—No es nada, solo es el aire acondicionado que me afecta la nariz. —De pronto me calmo y él me mira nuevamente. Sus ojos penetran en mí y me pongo a temblar. Este muchacho te gusta demasiado. 

—Mira, casi llegamos a la ciudad. —Señala un gran cartel que dice ¡Bienvenidos! y sonríe con mucha alegría.  —La parada para comprar esta a 15 minutos ¿Comprarás algo? 

—Sí. 

Ahora no son árboles los que pasan rápidamente, son carteles y edificios. Transeúntes pasando su vida tan normal como siempre y yo aquí, poniéndome nerviosa con alguien que apenas su nombre sé. Vi a una señora muy anciana con una pequeña sombrilla y solo me quedó sentir pena, se le veía el esfuerzo por caminar. Luego, un par de jóvenes con patinetas en las manos estaban sentados en un banco esperando el bus, tenían cigarrillos en sus bocas. Esto me dio un enorme deseo de fumar. Me recosté un poco, pensando en mi llegada al "pequeño pueblo" tal vez me amen. Tal vez Fred vaya al mismo sitio que yo, ojalá. El autobús se detiene lentamente y el anterior señor con bigote se acerca. 

—Esta es la primera parada, tendrán treinta minutos para volver al autobús. 

Fred se levanta y me toma de la mano, vamos casi corriendo, abriendo el paso para bajar. Mi corazón vuelve latir rápido. Cuando nos bajamos del autobús me miró y sonrió. 

—¿Qué vas a comprar? —Pregunta un poco exhausto. 

—Algunos cigarrillos y papas fritas 

—Claro, vamos. 

Me vuelve a tomar la mano, pero esta vez entrelaza sus dedos con los míos y siento un cosquilleo por todo el cuerpo. Oh dios. Nos acercamos al mostrador y un joven nos sonríe. Él pide una caja de cigarrillos, un par de papás fritas, té frío y café. Él joven del mostrador asiente con la cabeza y trae lo que pedimos en menos de dos minutos. 

—Mira, quédate con el cambio. —Saca un billete verde de quinientos y me guiña un ojo. 

—Oye, se supone que pagaría lo mío. —Lo miro con la boca abierta y las mejillas tan rojas como el fuego. —Es injusto. 

—No es injusto, Zoé. —Hace una pausa y toma la bandeja del mostrador. —Solo soy cortés. —Dirige sus ojos hacia las mesas, como buscando alguna vacía y comienza a caminar sin rumbo hacía el fondo, yo le sigo el paso. Llegamos a una mesa tan amplia que podrían caber doce personas, pero solo estábamos él y yo. 

Yo solo procedo a tomar mis cigarrillos y las papas, pero él me pasa el té frío. 

—No lo quiero. —Se lo devuelvo gentilmente y le regalo una sonrisa. 

—Lo compré para ti. 

—Estas siendo muy gentil. —Me inclino hacía él y levanto la mirada hacía él y sus hermosos ojos de miel. —¿Qué pasa? 

—Solo quiero devolverte el favor. —Dice, sin mirarme.

Me enderezo de nuevo y abro mis papas fritas. Saco lentamente una hojuela y la llevo a mi boca mientras lo observo. La hojuela se mueve de un lado a otro y el sabor salado del aceite se queda en mi lengua. Él toma su café lentamente mientras mira hacía su lado izquierdo. 

—Oye ¿Puedo tomar un cigarrillo? —Sus ojos se encuentran con los míos nuevamente y baja el vaso de café. Se muerde el labio y yo, yo siento un cosquilleo por todo el cuerpo. 

—Cla-claro, los compraste tú. —Estoy tan nerviosa que ya mis palabras salen entrecortadas y mis mejillas se tornan rosadas otra vez. Dios mío, sálvame. 

En mi mente solo pasan las posibilidades de un beso entre nosotros, pero el estruendoso ruido de la silla al arrastrarla me devuelve a la realidad. Cuando mi mirada lo encuentra, lo veo de pie junto a mí. Sus mano suave y fría se extiende hacía mí, haciéndome una invitación a pararme. Rápidamente tomo los cigarrillos, las papás y el té frío. Me levanto con ayuda de su mano y el cosquilleo vuelve, otra vez. 












jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo I: Dulce como el limón, agrío como canela.


Que no se te olvide llamarme cuando llegues — Dice mi madre mientras mete mis maletas en el autobús  — Mira, cuando llegues solo pregunta por tu abuela y te dirán la dirección. 

Mamá al parecer está abrumada porque su chiquilla se irá, en cambio yo me decepciono cada vez más y más, esperando otra señal para decir que me quiero quedar. No he visitado aquél pueblo desde hace mucho y tengo miedo. Recuerdo que la última vez que lo visité me llevé una quemadura a casa y ya hace mucho de aquello. La verdad es que no quiero dejar a mis amigos y no quiero recibir el año en aquél pequeño pueblo. Se le ve lo aburrido y de seguro ni pizza podré conseguir. Me pregunto si las cosas habrán cambiado desde la última vez que estuve allí. Mi abuela me contó que ha comprado un comedor de caoba nuevo, de esos que tienen doce sillas para que así cuando vaya mi padre, todos nos sentemos en la misma mesa. También me comentó que compró un pequeño obsequio para mí, no espero mucho para no decepcionarme. 

—Bien, ya todo está adentro — Mamá me mira con aquellos ojos de nostalgia y se lanza sobre mí, su abrazo fue tan fuerte y cálido — Te amo. 

Cuando me meto en el autobús en busca de un asiento contemplo el humilde terciopelo de el pasillo y las doradas cortinas que adornan las ventanas blindadas con una pequeña advertencia roja en la esquina. Llego al asiento numero catorce, el asiento que me ha tocado a mí. En la ventanilla estaba sentado un joven como de diecinueve años, tenía el pelo rizado y rubio, su mirada indicaba que estaba triste pero era muy apuesto en realidad. Llevaba una gabardina azul y una bufanda negra. No notó mi presencia pues tenía unos pequeños auriculares en los oídos y miraba hacía la ventana. 

—Ho-hola — Tartamudeo. Él de inmediato dirige sus ojos hacía mí — Ahm... me toca sentarme junto a ti — Él se aparta un poco y vuelve su mirada a la ventanilla, ignorándome completamente.

Mis mejillas se tornan completamente rosa y no se me ocurre que hacer. Así que solo me siento y empiezo a hojear mi libreta. Cuando volteo a ver discretamente hacia el chico, este esta mirando con atención mi pequeña libreta pero al darse cuenta de que lo estaba mirando, volvió a su posición anterior. Recordaba aquél día que me escapé de casa solo para cumplir un simple sueño, ver el amanecer desde el mar. Me metí en serios problemas ese día pues mi mamá me encontró llegando a casa con una manta y taza de café. Admito que valió la pena, pude tomar asombrosas fotos y escribir algunos pasajes. Mi vida siempre se ha tratado de un par de buenas fotos y buenos pasajes. También se trata de buenos libros. Me pregunto si el chico que esta a mi lado lee muchos libros y le gustan los buenos pasajes. Pero eso no importa. Lo que importa es el sitio a donde llegaré y que haré allí. Ojalá y pase algo bueno o por lo menos emocionante. 

—Buenas tardes — Un señor un poco mayor con bigote y uniforme de chófer se nos acerca — Necesito sus boletos. 

—Deme un minuto — El chico empieza a rebuscar en sus bolsillos rápidamente — No lo encuentro — El señor empieza a refunfuñar y decir que necesita aquellos boletos. Me pregunto si en serio los perdió o solo se sentó en el autobús a buscar suerte. Debería ayudarlo. 

—Señor, mire mi boleto aquí. — Le pasó el boleto con mi mano fría y temblorosa. Calló instantáneamente aquella voz que me dice que lo ayude. — Él viene conmigo, su boleto se le perdió cuando veníamos subiendo — El señor solo me mira y asienta con la cabeza. El chico solo sonríe y me mira confundido, en sus ojos se le ve algo extraño, algo infinito. 

—Gracias, eh. —Él me mira con sus ojos penetrantes y esboza una leve sonrisa. Sus dientes son tan blancos como la nieve y sus ojos tiene un color parecido a la miel —Me llamo Frederick, pero me puedes llamar Fred. 
Pero me puedes llamar Fred ¿Acaso cree que soy su amiga para tal confianza? Quisiera que me dijera su apellido para llamarlo señor. Siento que me intimida y me da miedo hablarle, pero contengo la respiración y me armo de valor. 

—Yo me llamo Zoé —Mientras pronuncio las palabras miro al suelo tratando de disimular mis mejillas rojas. Pero aquello parece casi imposible. Me sonrojo con tanta facilidad y eso me enoja demasiado. Pregúntale recita la voz en mi cabeza  —¿A donde te diriges? —Tartamudeo

—Es un pequeño pueblo que queda cerca de la ciudad —Su cara completamente, se torna algo triste y nostálgico. —Oye, no evité notar aquella libreta que llevas —Señala mi cartera donde está la libreta y sonríe tímidamente. 

—Oh seguro —Un poco sorprendida sacó mi libreta de la cartera y se la pasó —Mi mamá me la obsequió el año pasado. Allí escribo poemas y pasajes ¿Sabes? Amo eso. —Me doy cuenta de que sueno como una cotorra parlanchina y me callo de golpe. No lo arruines.