lunes, 16 de diciembre de 2013

Capítulo XIII: Tan impredecible como siempre.

Él volvió a mirarme y está vez parecía no poder hablar por un nudo gigante en la garganta. Sus ojos se inundaron y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Yo sinceramente no entendía ¿Por qué lloraría? ¿Está triste? ¿Le duele algo? Tapó su cara con ambas manos y se estrujo lo ojos. Se disculpó con amor, con ternura y se paró. En mi mente quedó el rodar de esas dos lágrimas. Me dolió. Aún así, hice como que nada pasó. En ese momento me di cuenta de que yo lo sentía mío. Sus lágrimas, que al parecer eran tristeza liquida, me afectaron demasiado. Lo amaba, digo, aún lo sigo amando. Pero, a veces, es mejor no depender de nadie y mucho menos hacer sus sentimientos tuyos. A veces había casos especiales. Este fue uno. 

—¿En qué piensas? —Se dio cuenta de lo perdida que estaba. Al parecer ya estaba delirando o diciendo mis pensamientos en alto. Es algo que suelo hacer. 

—Lo siento, es que recordé algo. —Fingí una risa nerviosa. 

—¿Qué te parece si vamos al grupo? 

—Claro. —Agarré su mano, aún caliente y caminamos. 

Al llegar, noté que Monse estaba un poco pasada de tragos y sentí que ya era hora de llegar a casa. Me despedí de todos y nos fuimos. En el camino, Monse hablaba sobre lo mucho que le gusta un muchacho, se llamaba Sergio. Me contó que su piel era color miel y que sus ojos negro. Me contó que lo conoció en una fiesta y que desde entonces soñaba con él. Hablaba de que él la trataba muy bien y que amaba su forma de ser. Que al igual que a mí, a él le gustaba el rock. Era un poco raro porque yo también conocí al alguien del mismo nombre pero al parecer no era el mismo. Noté el brillo en sus ojos cuando pronunció su nombre. Me molestaba un poco hablar con ella porque se reía de todo y ya no decía palabras, solo las escupía. 

—Me gusta, Zoé ¿Qué hago? —Decía, casi llorando. 

—Bésalo. 

—Pero es que las cosas no funcionan así, aquí no funcionan así.

—Bueno, entonces no me pidas ayuda si sabes que yo no hago las cosas como las hacen aquí. —Respondí fríamente. —Debes saber que estas envejeciendo más pronto de lo que imaginas y que al igual que las almas de este pueblo, nunca tendrás una sola historia emocionante que contarle a tus nietos. 

—Pues prefiero envejecer a no poder controlar mis hormonas, como tú. —Estaba enojada, muy enojada. Sabía que decía la verdad. 

—No seguiré discutiendo contigo. 

Al llegar, no hice más que recostarme en mi pequeña cama y pensar. Faltaban pocos días para las vísperas de año nuevo. Era la primera vez que lo recibía sin mi madre. Era un poco triste recibir el año sin las personas que más quiero. No era tan cercana con esta familia. Fui recordando eventos familiares hasta llorar y luego lloré hasta quedar dormida. 

En la mañana desperté con la misma ropa. Empapada y con el maquillaje corrido, fui a darme una ducha. Cuando me vi en el espejo del baño noté que la que estaba envejeciendo era yo. Mis ojeras eran terribles y mi cabello se quedaba en mi almohada en vez de mi cráneo. Era morir lentamente. Debía cambiar. Dejé que el agua rodara por mi cuerpo un buen rato y luego empecé a acariciarme con algo de jabón. El agua estaba tan suave, tan agua, tan fresca. Me enrollé en una toalla y salí. 

—¡ZOÉ! ¡TE LLAMAN POR TELÉFONO! —Vociferaba mi abuela mientras me vestía. —Dice que se llama Albert. 

Albert era un viejo amigo, uno muy especial. Lo conocí mediante alguna red social. Era siempre el más perseguido por las mujeres. Antes llevaba el pelo como si fuese un león. Lo que más admiraba de él era su forma de hablar, era muy directo y preciso. 

—Sueles ser tan impredecible siempre, Zoé. —Su voz era suave, baja y precisa. Daba la sensación de que tenía pensado que decirme antes de llamar.  

—Aprendí del maestro. —Lo escuché reír al otro lado. —De verdad, no esperaba tu llamada, ¿Debo preguntar cómo estas? 

—Yo no esperaba que viajaras al otro extremo de la isla, Zoé. Por si te lo preguntabas, estoy muy bien y espero que tú también. ¿Cómo te ha ido en tus vacaciones? 

—¿Tienes todo el día para escucharme? 

—Me temo que no, pero no hay historia que no pueda ser resumida. 

—Me he enamorado, o eso creo ¿Se llama amor cuando lloras al ver llorar a esa persona? 

—No confundas amor con simple compañía. 

—¿De verdad crees que sea algo temporal? —Se notaba la preocupación y tristeza en mi voz. 

—Recuerda que tu vives en la ciudad y que cuando vuelvas a tu hogar, eso acabará.

Cambié de tema. Con Albert era tan fácil mantener una conversación. Amaba hablar con él y más en esta situación. No tenía que presentarme o explicar quien era para hablar tranquilamente. Él sabía quien era y ya no había anécdotas que contar, solo sentimientos, solo filosofías. Hablamos durante horas sobre libros, poemas, la vida, la muerte e incluso hablamos de mi intento de suicidio. 

—Eres una idiota ¿Lo sabes? —Su tono era burlón, no lo tomaba muy en serio. —Digo, debiste tomar píldoras, son más efectivas. 

—Es cierto, debí. 

—Me alegra mucho que no hayas muerto, Zoé. 

—A mí también. 

—Me temo que debo hacer algo. —Se escuchaba una persona gritando su nombre. —Fue un placer, te llamaré luego. 

—Sí, por favor. 

—Adiós. 

—Adiós maestro. 

Al rato, mi abuela me llamó para tomar el desayuno. Como siempre me dio a elegir entre té o café. Era muy difícil pero preferí un té. Hable con mi abuela sobre la cena que haríamos en vísperas de año nuevo. Ella se emocionaba demasiado pues por primera vez una nieta haría la cena. Me sentí un poco mal porque Monse debió ser esa nieta. No la había visto en toda la mañana. 

—Abuela ¿Y Monse? —Pregunté algo triste. 

—Ella salió hace más de una hora. —Dijo mirando el reloj. —Ya debería estar aquí. 

—Yo la busco. 

Me puse unos jeans y salí a buscarla. El sol estaba más radiante que nunca y podía escuchar los pájaros cantando. Amaba escuchar mis pasos en el duro y caliente asfalto. En este pueblo todos parecían tan reservados, a esas horas nadie se encontraba fuera de casa. Las calles parecían sacadas de Silent Hill, pero la naturaleza corregía todo esto. Los arboles color verde y marrón adornaban todos los caminos. Las aves y mariposas te hacían sentir en una película de hadas o algo parecido. El silencio era majestuoso, yo amaba el silencio. Porque el humano tal vez sienta que es incomodo pero es solo porque el humano siempre le teme a lo desconocido. 

—¡Zoé! —Escuché una voz gritando a lo lejos. 

—¿Emil? 

jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo XII: Como luna y sol.


Con paso decidido seguí hasta llegar a él. Ambos sonreímos al intercambiar miradas. Mis tacones hacían el tap tap de siempre, pero esta vez lo hacían con más profundidad y peso. En mi mente solo repetía lo que le diría al verlo o simplemente que gesto hacer. Mientras camina, el tiempo parecía detenerse o mis pensamientos pasaban muy rápido. Pensé en la tarde, tan bella como siempre y en el calor de sus besos. Mis rodillas temblaron ante este sentimiento. Unos escalofríos se adueñaron de mi cuerpo y sin darme cuenta, ya estaba frente a él. 

—¿Estas perdida? —Una hermosa sonrisa se extendió por su rostro, tan bella. Me agarro de la mano entrelazando sus dedos con los míos. —Te presentaré a unos amigos. 

Me llevó hacía un grupo de jóvenes como de tres o cuatro muchachos. Uno de ellos llevaba una camisa blanca y unas botas de color negro, su estilo era algo así de los 80's, de aquellos rebeldes que iban de un lado a otro en sus Harley's y bebían whiskey a morir. El otro, era un poco más bajo y tenía el pelo muy desordenado. Noté que Emil estaba allí, llevaba un polo de rayas abotonado hasta el cuello y unos pantalones negros, iba muy bien. Lo más curioso es que ellos no se parecían en nada en cuanto a estilo nos referimos, digo, eran muy diferentes. Lo único que tenían en común a simple vista, era la edad. 

—Zoé, esté es Oscar.  —Señaló al de estilo rebelde, este me extendió la mano y sonrío. —Y Max. —Repitió lo mismo que el anterior. 

—Un gusto conocerlos. —Dije, sonriendo, aun con nuestras manos entrelazadas. 

Emil se me lanzó con un abrazo que me obligó a soltar la mano de Fred. Estaba feliz porque hasta el momento, era mi niño favorito. Aunque lo veía poco era el mejor y más agradable de mis primos. Sus dos hermanos menores eran un tanto agradable pero no los recordaba con exactitud. 

—Oye, Frederick no me dijo que vendrías. —Parecía muy emocionado con mi presencia, su sonrisa se extendía por toda su cara. Me hizo sentir algo importante. 

—Oigan, he dejado sola a Monse. —Señalé al otro lado del bar, donde estaba ubicada la barra. Ella estaba con un chico muy apuesto que parecía tener la misma edad que yo. —Oh, creo que está bien. 

—¿Qué les parece si vamos al parque? —Propuso Fred, parecía muy seguro con la idea. —Iré a buscar a Monse. 

Al rato volvieron juntos y todos fuimos a una bodega a comprar vino. Casi todo era maravilloso y nos reíamos un mundo. Cuando llegamos al parque buscamos el banco perfecto y llenamos todos los vasos de vino. Todo el tiempo hablábamos de cosas estúpidas o que no tenían sentido. Compartíamos montones de historias y recuerdos. Oscar hablaba sobre diferentes bandas y casi todas las conocía, Emil siempre decía algo que tenía que ver con el alcohol y Fred siempre me lanzaba una tierna indirecta. 

—La peor resaca que tuve fue después de una gran fiesta que hicieron en el bar. —Decía Emil con un tono medio raro. —Recuerdo que me quedé abrazado al inodoro todo el día. Deseando no haber nacido. 

—Yo en efecto no he tenido resacas tan dramáticas. —Añadí alzando mi vaso plástico. —Pero si he tenido borracheras que me han dado en la madre. 

Al parecer, Monse se sentía incomoda con el tema. Bebía de a sorbos pequeños su vino y de vez en cuando se reía un poco pero no había dicho una sola palabra. Cuando saqué mi caja de cigarrillos ella me pidió uno y yo accedí a dárselo. Me dejo con la boca abierta pues lo hacía muy bien. Desde entonces se desenvolvió más y hablaba un montón, casi como una cotorra. Hablo mucho de su vida en general, sobre lo mal que se sentía siendo la niñita de una familia y como lo lidiaba. Era ver como la chica conformista se caía a pedazos, pedazo tras pedazo en palabras ahogadas en vino. Me daba pena y tristeza ve que no era la única que fingía que la vida era perfecta. Mientras ella se desmoronaba, Frederick me apretaba más la mano. En un instante volteó hacía mí, sus ojos color miel parecía dos gigantes carmelos brillantes. Yo sentía que atravesaban mi alma. Nunca había visto ojos tan profundos y hermosos como aquellos dos caramelos. Parecía que ocultaban algo pero sentía que eran transparentes y me decían todo. Parecía en algún punto de vista, algo creado por los dioses. 

—Zoé, creo que deberíamos dar una vuelta por ahí. —Susurró levemente al oído. —Quiero decrite algo o hablar contigo, sí, eso, hablar contigo. 

Me paré con cuidado del banco. Le guiñé un ojo a Monse para que supiera que estaríamos todos bien. Fred agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Nos dirigíamos lentamente hacía ningún lado, íbamos caminando como quien no quiere la cosa. Él dulcemente recitaba con suavidad las letras de alguna canción, era tan suave como un silbido del viento. Seré lo que quieres que sea y te llevaré a donde quieras estar, somos como el yin-yang y nada ni nadie nos podría separar. Cuando calló esa cita se quedo en mi mente, repitiéndose como disco rayado.

—¿Sabes? —Paré bruscamente para mirarlo directo a los ojos. —Eres muy encantador, me encantan tus ojos. 

—¿Ah si? —Me miró fijamente y me puse roja. Sonrío y noté otra vez lo perfecta que era su sonrisa, casi tan perfecta como los ojos pero no parecía ocultar tanto como aquellos caramelos. 

—Sí y cada vez que veo tu sonrisa me dan ganas de besarte. —Ya no media mis palabras, iba a por todas. 

—Entonces seguiré sonriendo todo el tiempo para que así siempre tengas ganas de besarme. —Mientras decía todo esto se iba acercando más y más. Sus manos rodearon despacio mi cintura y con movimientos tiernos me fue acercando hacía el hasta que quedamos frente a frente, tanto que podíamos respirar el mismo aliento. —No tengas miedo. 

Esta vez no fue un simple choque de labios. Él me besó y fue tan tierno suave. Sentía el calor de sus labios y aliento sobre mi fría piel. Su lengua tentaba a la mía y un cosquilleo bajaba por todo el cuerpo como gotas de agua o pequeñas hormigas. La sensación era más que placentera y el calor llegaba a mi entrepiernas. Esto me invitaba a explorar más, a conocer y conquistar porque en ese momento lo sentía como territorio vacío o país sin ley. Yo sería aquella diosa que conquistaría su cariño, su mente, cuerpo y alma. El beso termino con un suave movimiento de lenguas y luego lo aparte de mí. Ambos sonreímos, como en las películas de amor y seguimos caminando agarrados de la mano. 

—Cuando entrelazamos las manos o nos besamos siento como una carga de energía en mi ser. —Musitó con leves y cuidadosas palabras. —Siento que te conozco de toda la vida. 

—Me encanta una historia que leía desde pequeña. 

—¿Cuál? 

Con un dedo señalé en banco más cercano indicándole que se sentara. Él me obedeció. Yo me quedé de pie frente a él. 

—Según la historia que se cuenta desde el comienzo, el sol y la luna, eran, dos enamorados, dicho amor no tenía condición alguna, pues era en esencia puro y benigno. ¿Cómo se originó? ¿Cómo ocurrió todo? Son enigmas pues nadie sabe con certeza la respuesta, unos decían que fue amor a primera vista, otros que fue producto de que se conocieron de niños y cuando se hiciera adolescente se enamoraron, y los últimos decían que no se conocían mas que por leyendas y por mensajes que llevaba el viento. —Hice una pausa y reí, nunca le había contado esta historia a nadie. 

—¿Qué pasó luego? —Preguntó indignado. Me agarró la mano y me haló a su lado obligándome a sentarme en el banco otra vez. 

—Afrodita, la diosa de la belleza y el amor, sintió celos que una pareja de mortales pudiese sentir tan grande amor. Así que entonces decidió demostrar que el amor de dichos humanos no era tan grande, por lo cual bajó del Olimpo, y se presento ante el mancebo, con toda su belleza, y haciendo gala de su máximo poder de seducción, poder tal que ninguna mujer puede manejar tan bien como ella. Pero ante la sorpresa de Afrodita, el mozo, puesto en pie le dijo: Mi señora, sé que sin duda usted ha de ser la mujer más bella que existe y su dulzura mayor que la de cualquier ser mundanal pero mi corazón solo es de luna, mi amada mujer, pues para mi ella es más deseable que el oro refinado, más dulce que la miel que destila del panal. Afrodita, indignada al no poder tentar a un hombre y darse cuenta que su amor superaba incluso a los dioses ordenó separarles para siempre. Y así mandó al hombre a que solo pudiera salir de día y a la mujer de noche, de esta manera nunca se verían y el amor de ellos se agotaría. 

—¿Eso es todo? —Parecía no estar contento con el final trágico de aquella historia. —Por no ser mejores que ellos lo separan. 

—Sin embargo. —Continué. —Dicho amor nunca terminó y entonces llegó la bendición de Zeus el cual no pudieron deshacer la orden de Afrodita, le una posibilidad, y le dijo al hombre que cuando quisiere ver a su amada debía esforzarse al máximo y entonces podría ver el borde del rostro de su amada. Desgonces en los días, cuando la temperatura es alta, es que el sol brilla con toda su intensidad, entonces se puede ver la silueta de la luna en el horizonte. No es otra cosa que el Sol que quiere mirar desde lejos a su amada Luna. 

—Siento que esta historia es nuestra. 

—Lo es. 



lunes, 23 de septiembre de 2013

Capitulo XI: Karma Bar.

Era ya un poco tarde y casi anochecía decidí volver a casa. Con un movimiento brusco aparté su cabeza de mis piernas y me levante. Frederick me invitó a un sitio llamado Karma Bar a tomarnos unos tragos. Accedí a ir y cuando me alejaba miré hacía atrás y sonreí. Con pasos cortos y lentos llegué a la casa. Pensaba en muchas cosas en el trayecto pero trataba de alejarlas para no deprimirme. 

—¿Monse? ¿Estas aquí? —Gritaba por toda la casa con paso tímido avanzaba. 

—Sí, por aquí. —La voz venía de mi habitación. 

La encontré tirada en el piso, revisando algunos papeles. Por lo visto eran actas de nacimiento y cosas así.

—Cierra la puerta. —Susurró cuando entré. —Estoy buscando algo muy importante. Debes prometerme que no se lo dirás a tu abuela. 

La miré fijamente y fruncí el ceño. Obvio que no le diría nada a mi abuela. Veía con la mente en blanco todo lo que ella hacía y para mi sorpresa, estaba en pijamas aún. Llevaba un moño mal hecho y tenía ojeras terribles. Era la primera vez en toda mi estancia que la veía así. De pronto me pasó algo por la mente, tenía que chantajear para que fuera conmigo a el bar. Conociendo a mi abuela, sabía que no me dejaría ir sola. 

—Monse ¿Sabes donde está ubicado el Karma Bar

—Claro que sí, es el bar más famoso de aquí. —Contestó distraída, estaba muy concentrada leyendo los papeles. 

—Bueno, digamos que yo... —Me senté en la cama y di un suspiro para llamar su atención. Ella instantáneamente me miró y esbozó una ligera sonrisa de maldad. —Quiero ir, un chico me invitó hoy y no sé, quería ver si venías. 

—Pues claro que sí. —De un saltó se paró del piso y fue recogiendo los papeles para luego amontonarlos en un pequeño baúl. Comenzó a hacer preguntas continuamente sin dejarme contestar. —¿A qué hora es? ¿Qué te pondrás? ¿Quién te invitó? 

—Bueno, no sé, si quieres vamos a las nueve o a las diez. 

—A  las diez es perfecto. —Dijo casi saltando de la emoción, al parecer era la primera vez que iba tal vez porque no la dejaban ir y yo era la excusa perfecta. —¿Llegaremos antes de la medianoche? 

—¡CLARO QUE NO! —Grité casi explotando de la risa. —Tengo dinero y 17 años. Así que beberemos, bailaremos, gozaremos y fumaremos. 

Desde que dije eso ella cerró la boca y se dirigió hacia su habitación. La seguí aún riéndome a carcajadas, era obvio que esta niña no salía para nada. En parte me sentía mal por corromperla, pero se sentía bien ser el acceso a el mundo prohibido. En pueblos como ese hacía falta algo de mentes abiertas y por supuesto, personas más corrompidas. Ella en su guardarropa empezó a buscar ropa, se probaba más de diez faldas y vestidos. Me tenía realmente exhausta. Cuando por fin encontró una falda con lentejuelas doradas muy ceñida al cuerpo y una camisa color mostaza, que en realidad combinaban muy bien. Para complementar eligió unos zapatos dorados con negro y unas grandes argollas negras con diamantes falsos. 

Eran casi las ocho y no había elegido que ponerme. A las nueve debía estar lista porque en serio quería ir a ese bar. Corrí a mi habitación y saqué un vestido negro ceñido al cuerpo, unos tacones altos del mismo color y una cartera en forma de sobre dorada. Saqué mi perfume favorito, mi jabón especial y me metí al baño. Me duché lo más pronto posible y bruscamente me cepillé los dientes. Al terminar rocié todo el perfume por mi cuerpo y me tiré la ropa encima. Estaba lista, pero obvio que Monse no. 

—Monse son las nueve y media, termina de maquillarte. —Estaba acostada en la cama, esperando ya una hora. 

—Ya terminé, vayámonos. —Dijo sonriendo de oreja a oreja. Se le sentía la emoción en la voz. 

Fuimos caminando calle abajo, ella ya se había caído algunas tres veces de aquellos zapatos altos. Doblamos tres veces y diez minutos después me encontraba frente a un gran bar que en la entrada tenía una grandes letras lumínicas indicando que el Karma Bar. Por fuera era precioso y en la entrada había un enorme hombre moreno con traje negro. Monse me miraba asustada y yo la agarré de la mano dirigiéndome con paso decidido a la puerta. 

—Sus identificaciones. —Esa voz casi rugía como un león. El hombre moreno nos detuvo en la entrada con su gigante cuerpo que era del tamaño de la puerta.  

—No puedes decir que no a unas chicas como nosotras. —Puse mis ojos de cachorra con algo de picaría en la forma de mirar. 

El gigante moreno se apartó de la entrada y me pasó su número telefónico discretamente. Al entrar Monse casi temblaba de la emoción, sus ojos brillaban más que las luces LED de la pista. Aún agarradas de manos nos dirigimos hacía la barra. 

—¿Qué beberás? —Casi tenía que gritar pues no podía escuchar ni mi propia voz gracias a la música extremadamente alta. 

—No sé, beberé de lo que bebas. 

Barman. —Vociferé haciendo señas al chico vestido de camisa negra que estaba al otro lado de la barra. —Quiero dos shots de tequila, gracias. 

Instantáneamente aparecieron dos vasitos pequeños acompañados de rodajas de limón y al borde sal. Me lo tomé de un solo trago y volteé hacía la pista. Inmediatamente vi a Fred al otro lado, estaba con una vaso lleno en la mano. Raramente sentí por primera vez en mi vida que no importaba lo que sucediera yo con él estaría bien. Le pedí al Barman un Cuba Libre y con mi vaso en mano me dirigí hacia Fred. 




jueves, 19 de septiembre de 2013

Capítulo X: Entre sueños e ilusiones.

—Supe que estabas mal. —Continuó. 

—Si, solo fue un desliz ¿Sabes? —Al escuchar esto levantó su mirada y enarcó una ceja, como diciéndome que sabía todo. 

—Bueno, si eso dices... —Dijo, vagamente. 

—¿Cómo te ha ido en la vida, Fred? 

—Bueno, hace un tiempo terminé con mi novia. —Su voz se quebró y casi se echaba a llorar. —La extraño mucho, Zoé. 

Me quede en silencio por un largo tiempo mientras él me contaba un poco sobre su vida. O la vida que pasó con ella. Su vida era un poco más feliz que la mía, pero podías ver mucho la tristeza acumulada en sus ojos. Sus lindos y grandes ojos. Claro, eso que me hipnotizaban y me incitaban a lanzarme encima de él. En esos ojos habitaba el cielo color miel. 

—¿Y cómo se llamaba tu ex? —Me preguntó esto mientras sus ojos penetraban. Yo apenas escuchaba las palabras. —¿Zoé? 

—Oh, bueno, la última se llamó Leah. —Recordé instantáneamente a Leah. Era una diosa. Pelo color canela, ojos verdes, alta y con un cuerpo de abeja. —Si, ella era preciosa pero se marchó a conocer nuevos mundos y yo, yo no estoy preparada para eso. 

—¿No estabas preparada para viajar con ella? —Preguntó confundido. 

—No, no estaba preparada para hacer tríos como ella quería, Fred. 

—Bueno, creo que te entiendo. —Parecía un poco confundido. 

Él parecía muy incomodo, tal vez no sabía mucho del tema. Cambié rápidamente de tema. Me puse a hablar de fiestas y rock. Me contó que le encanta el House y el Trance. Yo casi no sabia nada pero el me educó. Me contó lo mucho que le gusta ese tipo de música. Fue asombroso. Sonreíamos demasiado. Él me hacía sentir viva otra vez. De repente, comenzó a hablar de los sueños, parecía un filoso hablando de ello. Él sabía bien lo que decía y me tenía como una niña escuchando asombrosos cuentos. 

—Los soñadores lúcidos son aquellos que sueñan claramente y tienen conciencia en su sueño.  —Hablaba como si fuera mi profesor, a veces, sonreía y mostraba todos sus blancos dientes y le brillaban los ojos como estrellas en noche sin luna. —Es muy interesante porque puedes compartir un sueño. 

—Querría compartir sueños contigo. —Mis palabras se tornaban traviesas, queriendo seducir sus pensamientos. 

—Tengo un amigo, él sabe mucho de aquello. —Su sonrisa se extendió y se perdió su mirada. —Él me enseño todo lo que sabe y me enseñó a ser un soñador lúcido. Un día soñé que estaba perdido y ese amigo me dijo que cuando no supiera que hacer tendría que llamar a servicio técnico  De la nada saqué el teléfono y automáticamente estaba llamando a servicio técnico  Hable con un señor muy mayor y trataba de explicarle lo que pasó pero él se hacía el que no sabía pero luego me preguntó si llevaba mi mochila. Y en efecto no la llevaba. Él me dijo que nunca le dijera a nadie, pero... —Hizo una pausa y sonrío. Lo empujé suavemente como diciéndole que me dijera. —Bien, te lo diré. El señor me dijo que siempre debía tener mi mochila y que la próxima vez que lo llamara tendría que tenerla en mano. Todo aquello fue una tetra mental, es cuando tu mente improvisa porque no sabe como responder a lo que quieres. 

—Dios, que magnifico. —Dije sorprendida y con la boca abierta. 

—Cuando le dije a mi amigo... —Continuó. —Él me dijo que todo aquello era una proyección de mi subconsciente. Que aquello de servicio al cliente no era más que una ayuda que pedía a lo más profundo de mi mente. Era como pedir un porque del sueño. 

—¿Sabes? —Pregunté mirando las cicatrices de mi mano. —Yo he tenido alucinaciones. 

—¿Y como ha sido? —Pregunto con mucha curiosidad.

—Bueno, hacia mucho que había terminado con mi primera novia. Ella se fue para Puerto Rico y yo no lo sabía. Después de que se fue, ella me llamó diciendo que lo lamentaba mucho pero debía empezar mi vida. —Mis ojos se inundaron y me puse muy roja. Recordé eso y algunas lagrimas corrieron en mis mejillas. —Caí en una grave depresión y algunas semanas después estaba en mi azotea fumando un cigarro y bebiendo whiskey. La estaba recordando y de pronto la vi en la acera. Bajé corriendo hacía ella y la abracé y besé como nunca. Fuimos a dar vueltas por ahí e hicimos muchas cosas pero cuando regresé a casa con ella mi mamá vio que estaba hablando sola. Me preguntó porque hablaba sola y yo le preguntaba casi llorando que si no la veía y ella me abrazó y me susurró que no. Rompí a llorar en el suelo, sabía ya que era una alucinación. Fue muy triste.

No respondió. Solo recostó su cabeza en mis piernas. Quise besarle pero no supe que hacer. Así que solo lo miré fijamente a los ojos y por ver lo bien que me iba, lloré. 

Sé diferenciar entre un sueño y una ilusión. Cuando sueñas sabes que es eso, un sueño. Una ilusión es cuando te hacen creer algo que no es. Ilusión es casi lo mismo que soñar. La única diferencia es que en la ilusión crees que es verdad. 


martes, 17 de septiembre de 2013

Capítulo IX: al fin y al cabo no llevábamos las de perder.

Pasaban los días de lunes a lunes, tan triste como los dementores de Harry Potter. De vez en cuando me preguntaba si alguno de esos me habían absorbido toda la felicidad. Me preguntaba tantas cosas últimamente, me dolía el pecho de tanto dolor y ya no había lagrimas para llorar. Luego de unos días de ver al señor de bata blanca que tenía un boche dorado con unas letras en negro que decían ''Dr. Anderson''. El Dr. Anderson o como él quería que lo llamara ''Ander'' era muy apuesto y joven. Pero aún así no me importaba mucho, solo pensaba en Frederick. Quería regresar al pueblo para volverlo a ver o que por milagro, se apareciera aquí. Pero obviamente, eso nunca me pasaría a mí. Luego de unos varios días más recibí la visita de Monse. 

—Espero que no preguntes por qué lo hice. —Mi voz se escuchaba tan cortante y ella, al escuchar esto, solo bajó la mirada y se sentó en el borde de la cama.  

—Solo quería saber como estabas. —Sonaba algo decepcionada, como si quería preguntar por que lo hice. Noté que fruncía su boca cada minuto. Eso al parecer eran signos de que estaba un poco nerviosa. —Noto que por la forma en que hablas si estas bien. 

—Siento hablarte mal, es que los días aquí parecen infinitos. 

—Está bien, descuida. —Esbozó una leve y nerviosa sonrisa y para mi sorpresa, se sonrojó. 

—Bueno, cuéntame todo lo que has escuchado. —Susurré tan bajo como pude y puse mi mano alrededor de mi boca para que no me pudieran leer los labios. 

—Volverás a la casa. 

—¿Cuál casa? 

A la casa de tu abuela, mi abuela. —Al decir esto ella sonrió nuevamente pero la falsedad de aquella sonrisa se podía notar a leguas. 

Sentí una excitación gigante, lo volvería a ver. Sin duda, lo volvería a ver. Y no me importaba mucho si era el peor enemigo de mi familia. Él me gustaba demasiado y lo volvería a ver. 

—Bueno, ya y cuéntame que más. —Realmente no me importaba nada, solo pensaba en él. 

—Bueno... hablaron sobre lo que te paso... —Escuchaba vanas palabras que entraban por un oído y salían por el otro. Mi mente estaba con él, en algún rincón de mi mente, bajando por las curvas de su sonrisa o bebiendo el café de sus ojos. Sea como sea, estaba con él. Amándolo y queriéndolo como siempre o tal vez, como nunca. —...y dijeron algo sobre pastillas. 

Los días, por suerte, pasaron como cometas. Y después de un mes regresé a casa. Todo iba demasiado normal. Cuando pregunte por él me dijeron que iría el lunes y milagrosamente, era jueves. Salía al parque y montaba un poco. Conocía personas. Conocí a un chico llamado Liam que era precioso y al parecer se interesaba en mí. Pero yo no le hacía mucho caso. Estaba sentada en un banco leyendo mientras escuchaba música cuando sentí que unas calientes manos tocaron mi pelo. Luego tocaron mis espaldas y cuando volteé era él. Vi decía hola con sus labios y sonrío con mucha alegría. Al ver aquella sonrisa brillante y ese pelo rubio y rizo brillar me quité los audífonos y lo abracé. 

—¿Cómo estas? —Susurré mientras tenía mi boca muy cerca de su oído. 

—Bien, de maravilla. —Me apartó suavemente con sus calientes manos. —Y más ahora que te veo. 

El caliente se extendió por todas mis mejillas y joder, estaba sonrojada como siempre.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo VIII: Lo que hace falta para ser feliz.

—Hola Zoé. —Una voz angelical y tan suave como un silbido se escuchó en el fondo. —Sé que no sabes quien soy. No reconocerás esta voz. Ahora te pido que veas que pasaría si mueres. 

A continuación frente a mi pasaron miles de imágenes. En una de ellas estaba mi mamá arrodillada frente a un hermoso ataúd de caoba. Encima del ataúd se podía ver una cinta colo purpura que decía mi nombre y un «Siempre te recordaré» en un lindo color dorado adornado con brillantinas. Mi mamá aún tiraba palabras con lagrimas y se preguntaba en que había fallado. Aquello me había partido el alma, ella no tenía culpa. Luego, vi a mi abuela en uno de los bancos de iglesia que estaba frente a mi ataúd. Ella apoyaba su cabeza en Monse. Escuché que Monse susurró algo, algo como que me quería conocer. Más en el fondo vi a mi padre y sus tres hijas, también hermanas mías. Ellos lloraban mucho también. Aparte de eso no había mucha gente. Vi a algunas viejas amigas pero ellas solo besaban a mi mamá y le susurraban al oído que lo sentía, luego salían por la puerta y no volvían. Estaba también Emil, este no decía nada, solo texteaba en su teléfono  Y para mi gran sorpresa, Fred estaba junto a Emil. 

Logré ver esto y me dolió demasiado. Es cierto que hacía las cosas sin pensar.

—Quiero volver. —Susurré al vacío. 

—¿Qué te hace pensar que es tan fácil? —Dijo, en tono de burla. 

—Por lo menos sé que no he muerto o que se puede remediar. 

—Eres inteligente. —Soltó una risilla. —Pero, no sé dudo de que tengas la fuerza para contenerte. Sé que eres fuerte, pero no lo suficiente. Nunca eres lo suficiente para nada, Zoé. Me pregunto si nunca te cansas de ser solo una sombra o una pequeña cosa insignificante en este mundo. Quiero aclarar que no soy Dios, no soy ningún ser más poderoso que tú. Solo soy tu subconsciente y actualmente estas en un profundo sueño. Al contar hasta tres, volverás a la vida. 

Uno, dos, tres...

Al abrir los ojos sentí un dolor muy agudo en mis muñecas. Cuando parpadeé y miré bien a mi alrededor, estaba conectada en unos aparatos, acostada en una camilla color azul. A mi alrededor solo veía cosas de hospital y a mi lado, en los bancos, mi abuela y mi mamá sentadas allí. Cuando vieron que abrí los ojos se lanzaron ante mí. 

—Zoé ¿Qué hiciste? —Mamá sollozaba. 

—Lo siento mamá, no lo quería hacer. 

—¡PUDISTE HABER MUERTO, JODER! —Abría su boca tanto como podía y lanzaba venenosas partículas de saliva hacía mi cara. Se veía irritada y en el fondo, asustada. 

—Mamá es que no lo entiendes. 

—¡¿Qué debo entender?! —Parecía que iba a estallar. 

—Yo estoy muerta desde hace mucho, mamá. —Lagrima salían de mis ojos. En mi rostro rodaban aquellas gotas saladas como si fueran carros de la formula 1. —Estoy muerta desde que el karma cobró todas las que yo le debía. 

Ella retrocedió hasta sentarse otra vez en el banco. Cuando se sentó, tapó su cara y pegó sus manos con las rodillas. Escuchaba desde mi camilla los gemidos de tristeza y como sollozaba desde el triste asiento. Como las imágenes, esto me partía el alma. 

Después de unos días descubrí que padecía de algo mortal e incurable, el mal de vivir un infierno. Mi cabeza estaba hecha un desastre y la tensión me arrastraban a un punto que solo quería morir. Me pregunto cuantas personas se han sentido así, cuantos siente esa sensación de ahogarse en ellos mismo y lo peor de todo no encontrar salvación. Es esa sensación de asfixia la que te agarra y no te suelta nunca jamás. Mis días en aquél hospital eran exactamente eso. No porque me trataran mal ni mucho menos, era porque me dejaban sola todo el tiempo y cuando estoy sola pienso demasiado, cuando pienso demasiado me entristezco, cuando me entristezco me dan ganas de morir y busco la manera hasta que alguien aparece y al desaparece, el ciclo se repite. Aparte de eso las enfermeras eran un amor. Todas me llevaban puré de mazana verde con una pizca de canela encima, esas pequeñas cosas, o esa única cosa me hacía sentir viva. Recibí algunas visitas, Emil me fue a visitar. Casualmente le pregunté por Frederick y él se sorprendió. Solo contestó que estaba bien, que aún vivía. Le pedí que le dijera que aún me debe una acariciada de pelo. Nos reímos mucho, pero luego tuvo que irse. 

La verdad es que me estaba recuperando. Pero ver como mi sangre entraba en el suero era deprimente y se me ponía la piel de gallina al verlo. También, ocasionalmente me desmayaba y soñaba un poco. Soñaba con Frederick. Pero al parecer no era suficiente, me faltaba algo. Eso que hace que sientas que alguna huella dejaste en el mundo. Eso, eso faltaba para ser feliz.