lunes, 16 de diciembre de 2013

Capítulo XIII: Tan impredecible como siempre.

Él volvió a mirarme y está vez parecía no poder hablar por un nudo gigante en la garganta. Sus ojos se inundaron y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Yo sinceramente no entendía ¿Por qué lloraría? ¿Está triste? ¿Le duele algo? Tapó su cara con ambas manos y se estrujo lo ojos. Se disculpó con amor, con ternura y se paró. En mi mente quedó el rodar de esas dos lágrimas. Me dolió. Aún así, hice como que nada pasó. En ese momento me di cuenta de que yo lo sentía mío. Sus lágrimas, que al parecer eran tristeza liquida, me afectaron demasiado. Lo amaba, digo, aún lo sigo amando. Pero, a veces, es mejor no depender de nadie y mucho menos hacer sus sentimientos tuyos. A veces había casos especiales. Este fue uno. 

—¿En qué piensas? —Se dio cuenta de lo perdida que estaba. Al parecer ya estaba delirando o diciendo mis pensamientos en alto. Es algo que suelo hacer. 

—Lo siento, es que recordé algo. —Fingí una risa nerviosa. 

—¿Qué te parece si vamos al grupo? 

—Claro. —Agarré su mano, aún caliente y caminamos. 

Al llegar, noté que Monse estaba un poco pasada de tragos y sentí que ya era hora de llegar a casa. Me despedí de todos y nos fuimos. En el camino, Monse hablaba sobre lo mucho que le gusta un muchacho, se llamaba Sergio. Me contó que su piel era color miel y que sus ojos negro. Me contó que lo conoció en una fiesta y que desde entonces soñaba con él. Hablaba de que él la trataba muy bien y que amaba su forma de ser. Que al igual que a mí, a él le gustaba el rock. Era un poco raro porque yo también conocí al alguien del mismo nombre pero al parecer no era el mismo. Noté el brillo en sus ojos cuando pronunció su nombre. Me molestaba un poco hablar con ella porque se reía de todo y ya no decía palabras, solo las escupía. 

—Me gusta, Zoé ¿Qué hago? —Decía, casi llorando. 

—Bésalo. 

—Pero es que las cosas no funcionan así, aquí no funcionan así.

—Bueno, entonces no me pidas ayuda si sabes que yo no hago las cosas como las hacen aquí. —Respondí fríamente. —Debes saber que estas envejeciendo más pronto de lo que imaginas y que al igual que las almas de este pueblo, nunca tendrás una sola historia emocionante que contarle a tus nietos. 

—Pues prefiero envejecer a no poder controlar mis hormonas, como tú. —Estaba enojada, muy enojada. Sabía que decía la verdad. 

—No seguiré discutiendo contigo. 

Al llegar, no hice más que recostarme en mi pequeña cama y pensar. Faltaban pocos días para las vísperas de año nuevo. Era la primera vez que lo recibía sin mi madre. Era un poco triste recibir el año sin las personas que más quiero. No era tan cercana con esta familia. Fui recordando eventos familiares hasta llorar y luego lloré hasta quedar dormida. 

En la mañana desperté con la misma ropa. Empapada y con el maquillaje corrido, fui a darme una ducha. Cuando me vi en el espejo del baño noté que la que estaba envejeciendo era yo. Mis ojeras eran terribles y mi cabello se quedaba en mi almohada en vez de mi cráneo. Era morir lentamente. Debía cambiar. Dejé que el agua rodara por mi cuerpo un buen rato y luego empecé a acariciarme con algo de jabón. El agua estaba tan suave, tan agua, tan fresca. Me enrollé en una toalla y salí. 

—¡ZOÉ! ¡TE LLAMAN POR TELÉFONO! —Vociferaba mi abuela mientras me vestía. —Dice que se llama Albert. 

Albert era un viejo amigo, uno muy especial. Lo conocí mediante alguna red social. Era siempre el más perseguido por las mujeres. Antes llevaba el pelo como si fuese un león. Lo que más admiraba de él era su forma de hablar, era muy directo y preciso. 

—Sueles ser tan impredecible siempre, Zoé. —Su voz era suave, baja y precisa. Daba la sensación de que tenía pensado que decirme antes de llamar.  

—Aprendí del maestro. —Lo escuché reír al otro lado. —De verdad, no esperaba tu llamada, ¿Debo preguntar cómo estas? 

—Yo no esperaba que viajaras al otro extremo de la isla, Zoé. Por si te lo preguntabas, estoy muy bien y espero que tú también. ¿Cómo te ha ido en tus vacaciones? 

—¿Tienes todo el día para escucharme? 

—Me temo que no, pero no hay historia que no pueda ser resumida. 

—Me he enamorado, o eso creo ¿Se llama amor cuando lloras al ver llorar a esa persona? 

—No confundas amor con simple compañía. 

—¿De verdad crees que sea algo temporal? —Se notaba la preocupación y tristeza en mi voz. 

—Recuerda que tu vives en la ciudad y que cuando vuelvas a tu hogar, eso acabará.

Cambié de tema. Con Albert era tan fácil mantener una conversación. Amaba hablar con él y más en esta situación. No tenía que presentarme o explicar quien era para hablar tranquilamente. Él sabía quien era y ya no había anécdotas que contar, solo sentimientos, solo filosofías. Hablamos durante horas sobre libros, poemas, la vida, la muerte e incluso hablamos de mi intento de suicidio. 

—Eres una idiota ¿Lo sabes? —Su tono era burlón, no lo tomaba muy en serio. —Digo, debiste tomar píldoras, son más efectivas. 

—Es cierto, debí. 

—Me alegra mucho que no hayas muerto, Zoé. 

—A mí también. 

—Me temo que debo hacer algo. —Se escuchaba una persona gritando su nombre. —Fue un placer, te llamaré luego. 

—Sí, por favor. 

—Adiós. 

—Adiós maestro. 

Al rato, mi abuela me llamó para tomar el desayuno. Como siempre me dio a elegir entre té o café. Era muy difícil pero preferí un té. Hable con mi abuela sobre la cena que haríamos en vísperas de año nuevo. Ella se emocionaba demasiado pues por primera vez una nieta haría la cena. Me sentí un poco mal porque Monse debió ser esa nieta. No la había visto en toda la mañana. 

—Abuela ¿Y Monse? —Pregunté algo triste. 

—Ella salió hace más de una hora. —Dijo mirando el reloj. —Ya debería estar aquí. 

—Yo la busco. 

Me puse unos jeans y salí a buscarla. El sol estaba más radiante que nunca y podía escuchar los pájaros cantando. Amaba escuchar mis pasos en el duro y caliente asfalto. En este pueblo todos parecían tan reservados, a esas horas nadie se encontraba fuera de casa. Las calles parecían sacadas de Silent Hill, pero la naturaleza corregía todo esto. Los arboles color verde y marrón adornaban todos los caminos. Las aves y mariposas te hacían sentir en una película de hadas o algo parecido. El silencio era majestuoso, yo amaba el silencio. Porque el humano tal vez sienta que es incomodo pero es solo porque el humano siempre le teme a lo desconocido. 

—¡Zoé! —Escuché una voz gritando a lo lejos. 

—¿Emil? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario