—Fred quiere... —Apenas podía respirar mientras hablaba. —Él quiere verte.
—¿Donde está?
—En su casa. —Ya se encontraba más calmado.
—¿Cómo podría ir a su casa? —Estaba confundida, sé lo cuidadoso y conservador que es Frederick pero ¿Cómo podría negarme. —Además estoy buscando a Monse.
—De hecho, ella está allá también.
Ya se me parecía algo raro todo el asunto, pero yo suelo ser una persona que no teme a lo desconocido. Así que accedí. Vivía a dos casas de donde me quedaba. Tuvimos que regresar. Su casa tenía un aspecto alegre, pero básico. Era blanca y tenía un balcón en el segundo piso. El primer piso era habitado por cosas que vendía su madre. Su balcón tenía un colchón tirado al descuido.
—¿Y ahora? —Pregunté mientras analizaba aquel hogar.
—Vamos a subir.
Estaba un poco asustada, si se enteraban que estaba aquí, me cortarían la cabeza. Era como la cueva prohibida. Cada escalón me parecía más y más cerca de mi infierno.
—Zoé. —Era él, su voz me trajo unos escalofríos terribles.
Al terminar de subir las escaleras los vi a todos reunidos ahí. Tenía dos o tres botellas de ron. Monse tenía su pijama puesta y bebía de un vaso rojo, se le veía feliz. Frederick me tomó la mano y me besó. «Un beso de desayuno» pensé. Sus besos ahora sabían a alcohol, una mezcla que solía gustarme, pero no en él. Me senté alrededor del alcohol, junto a Monse y Óscar.
—¿Cuanto tiempo llevan aquí? —Pregunté un poco confundida.
—No mucho. —Respondió Monse mientras reía. —Estaba recogiendo algo en el jardín y Fred me llamó desde aquí.
Miré hacía mi casa y se veía todo. Pensé en las veces que Frederick se levantó a observarme desde aquél balcón. Tal vez el día que llegué me estaba observando como un puma a su presa. Imaginé su sonrisa al verme en pijamas rascando mi pelo. De ese día en adelante dejé de salir a tomar café en pijama. Cuando miré hacía el balcón me imaginé en las piernas de Frederick un domingo en la mañana, bebiendo algo de té con un libro en mi mano derecha. Ese tipo de imágenes me asustaban un poco, yo hace años atrás prometí abandonar todo lo que me atara a una vida de monotonía y él era muy monótono. Vivir con un hombre en un pueblo pequeño no era el tipo de vida que deseaba tener. Vivir con él aquí me obligaría a trabajar en el supermercado que está en las afueras o en el despacho de abogados que queda en la esquina. Yo no quería eso, es absurdo cambiar mi forma de ser por un hombre. Él tampoco cambiaría su forma de ser por mí, yo no lo obligaría, pero alguien tiene que ceder.
—Zoé. —Escuché su voz otra vez pero esta vez no resulto tan romántico. —Ven aquí, conmigo.
Me senté a su lado y él me abrazó. Pero noté que no me ponía su atención. Solo hablaba sobre cosas realmente estúpidas e innecesarias. Me sentía incomoda y quería tirarme por el balcón. Pausaba de vez en cuando para tomar un sorbo de su vaso color rojo chino. Noté que cuando hablaba con ellos no fruncía los labios, no dudaba antes de hablar, tal vez por eso sus palabras resultaban estúpidas y babosas. De nuevo pensé en lo estúpido que resultaría ir a un evento con él y ver como me avergüenza hablando idioteces. Cada vez me aterraba más la idea de estar con él. Pero sabía que algún día yo me iría a la ciudad y él se iría a donde vive, entonces estaríamos a cientos de kilómetros de distancia. Él conocería a alguna chica de pelo negro y dulce nombre, pero yo me quedaría pensando en lo maravilloso que hubiese sido quedarme con él, sentarme en sus piernas a beber té en el balcón mientras leía un libro en mi mano derecha. Era terrible mi posición. Aunque no me aterraba mucho irme. Dicen que es mejor quedar como un lindo recuerdo. Pero lo que corroe el alma es quedarse en casa un sábado por la noche comiendo helado mientras miras alguna película de amor y piensas en él. Aunque mi alma estaba podrida ya.
—Debemos irnos Monse. —Dije interrumpiéndolos. —Nuestra abuela debe estar buscándonos.
—Pero solo un rato.
—No, vayámonos. —Dije mientras me ponía de pie.
—Está bien. —Dijo y me imitó. —Adiós chicos, gracias por la invitación.
Al llegar la abuela me dijo que algún muchacho me había llamado hace un buen rato. «Albert» pensé. Corrí a mi cuarto y busqué mi libreta, al encontrarla me senté en la mesa y tomé el teléfono. Marqué el número lo más rápido que pude y esperé mientras escuchaba el sonido estúpido que debía escuchar.
—Buenas. —Contesto una voz femenina, un poco mayor ya.
—Sí, ehm. —Estaba algo nerviosa. —¿Se encuentra Albert?
—Sí, cariño, un minuto. —Escuché como la dama vociferaba su nombre casi sin aliento. Luego escuche un sonido brusco.
—¿Albert?.
—Zoé. —Su voz me resultaba tan familiar como siempre y me llenaba la cabeza de recuerdos. No faltaba nunca lo preciso de sus palabras. —Me he dado cuenta lo mucho que extraño ir a tu hogar.
—Puedes ir cuando quieras. —Dije, riendo.
—Sí, lo hago todo el tiempo, pero hay algo diferente. No sé que es. —Dijo con ironía. —Tal vez son las rosas que ha puesto tu madre en la azotea.
—Oh, sí, eso debe de ser.
—Nunca pensé decir esto pero... —Hizo una pausa y noté por su respiración, que sonreía. —Te extraño.
—Y aún así te atreves a decir que yo soy la impredecible.
—Yo no salté al otro lado de la isla sin decirle a nadie.
—Pero no te preocupes, regresaré pronto, lo prometo.
—No creo en promesas pero contigo haré un excepción.
—Sabes que algún día tendré que hacerlo, primor. —Sonaba un poco romántica, me atrevo a decir que parecía enamorada. —Además las cosas no van tan bien. Estoy asustada.
—¿Por qué?
—Bueno, olvídalo.
Él insistió, pero yo no cedí. Sabía lo que diría. Sabía lo mucho que me regañaría, así que callé. Albert era una persona que no creía mucho en el amor. Solía ser frío y calculador al mantener una relación, admiraba eso. Pero para mí era vagamente imposible.
—Creo que debo colgar. —Dijo con tristeza. —Cumple tu promesa.
—Lo haré. No me olvides.
—¿Y ahora? —Pregunté mientras analizaba aquel hogar.
—Vamos a subir.
Estaba un poco asustada, si se enteraban que estaba aquí, me cortarían la cabeza. Era como la cueva prohibida. Cada escalón me parecía más y más cerca de mi infierno.
—Zoé. —Era él, su voz me trajo unos escalofríos terribles.
Al terminar de subir las escaleras los vi a todos reunidos ahí. Tenía dos o tres botellas de ron. Monse tenía su pijama puesta y bebía de un vaso rojo, se le veía feliz. Frederick me tomó la mano y me besó. «Un beso de desayuno» pensé. Sus besos ahora sabían a alcohol, una mezcla que solía gustarme, pero no en él. Me senté alrededor del alcohol, junto a Monse y Óscar.
—¿Cuanto tiempo llevan aquí? —Pregunté un poco confundida.
—No mucho. —Respondió Monse mientras reía. —Estaba recogiendo algo en el jardín y Fred me llamó desde aquí.
Miré hacía mi casa y se veía todo. Pensé en las veces que Frederick se levantó a observarme desde aquél balcón. Tal vez el día que llegué me estaba observando como un puma a su presa. Imaginé su sonrisa al verme en pijamas rascando mi pelo. De ese día en adelante dejé de salir a tomar café en pijama. Cuando miré hacía el balcón me imaginé en las piernas de Frederick un domingo en la mañana, bebiendo algo de té con un libro en mi mano derecha. Ese tipo de imágenes me asustaban un poco, yo hace años atrás prometí abandonar todo lo que me atara a una vida de monotonía y él era muy monótono. Vivir con un hombre en un pueblo pequeño no era el tipo de vida que deseaba tener. Vivir con él aquí me obligaría a trabajar en el supermercado que está en las afueras o en el despacho de abogados que queda en la esquina. Yo no quería eso, es absurdo cambiar mi forma de ser por un hombre. Él tampoco cambiaría su forma de ser por mí, yo no lo obligaría, pero alguien tiene que ceder.
—Zoé. —Escuché su voz otra vez pero esta vez no resulto tan romántico. —Ven aquí, conmigo.
Me senté a su lado y él me abrazó. Pero noté que no me ponía su atención. Solo hablaba sobre cosas realmente estúpidas e innecesarias. Me sentía incomoda y quería tirarme por el balcón. Pausaba de vez en cuando para tomar un sorbo de su vaso color rojo chino. Noté que cuando hablaba con ellos no fruncía los labios, no dudaba antes de hablar, tal vez por eso sus palabras resultaban estúpidas y babosas. De nuevo pensé en lo estúpido que resultaría ir a un evento con él y ver como me avergüenza hablando idioteces. Cada vez me aterraba más la idea de estar con él. Pero sabía que algún día yo me iría a la ciudad y él se iría a donde vive, entonces estaríamos a cientos de kilómetros de distancia. Él conocería a alguna chica de pelo negro y dulce nombre, pero yo me quedaría pensando en lo maravilloso que hubiese sido quedarme con él, sentarme en sus piernas a beber té en el balcón mientras leía un libro en mi mano derecha. Era terrible mi posición. Aunque no me aterraba mucho irme. Dicen que es mejor quedar como un lindo recuerdo. Pero lo que corroe el alma es quedarse en casa un sábado por la noche comiendo helado mientras miras alguna película de amor y piensas en él. Aunque mi alma estaba podrida ya.
—Debemos irnos Monse. —Dije interrumpiéndolos. —Nuestra abuela debe estar buscándonos.
—Pero solo un rato.
—No, vayámonos. —Dije mientras me ponía de pie.
—Está bien. —Dijo y me imitó. —Adiós chicos, gracias por la invitación.
Al llegar la abuela me dijo que algún muchacho me había llamado hace un buen rato. «Albert» pensé. Corrí a mi cuarto y busqué mi libreta, al encontrarla me senté en la mesa y tomé el teléfono. Marqué el número lo más rápido que pude y esperé mientras escuchaba el sonido estúpido que debía escuchar.
—Buenas. —Contesto una voz femenina, un poco mayor ya.
—Sí, ehm. —Estaba algo nerviosa. —¿Se encuentra Albert?
—Sí, cariño, un minuto. —Escuché como la dama vociferaba su nombre casi sin aliento. Luego escuche un sonido brusco.
—¿Albert?.
—Zoé. —Su voz me resultaba tan familiar como siempre y me llenaba la cabeza de recuerdos. No faltaba nunca lo preciso de sus palabras. —Me he dado cuenta lo mucho que extraño ir a tu hogar.
—Puedes ir cuando quieras. —Dije, riendo.
—Sí, lo hago todo el tiempo, pero hay algo diferente. No sé que es. —Dijo con ironía. —Tal vez son las rosas que ha puesto tu madre en la azotea.
—Oh, sí, eso debe de ser.
—Nunca pensé decir esto pero... —Hizo una pausa y noté por su respiración, que sonreía. —Te extraño.
—Y aún así te atreves a decir que yo soy la impredecible.
—Yo no salté al otro lado de la isla sin decirle a nadie.
—Pero no te preocupes, regresaré pronto, lo prometo.
—No creo en promesas pero contigo haré un excepción.
—Sabes que algún día tendré que hacerlo, primor. —Sonaba un poco romántica, me atrevo a decir que parecía enamorada. —Además las cosas no van tan bien. Estoy asustada.
—¿Por qué?
—Bueno, olvídalo.
Él insistió, pero yo no cedí. Sabía lo que diría. Sabía lo mucho que me regañaría, así que callé. Albert era una persona que no creía mucho en el amor. Solía ser frío y calculador al mantener una relación, admiraba eso. Pero para mí era vagamente imposible.
—Creo que debo colgar. —Dijo con tristeza. —Cumple tu promesa.
—Lo haré. No me olvides.

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