—¿Monse? ¿Estas aquí? —Gritaba por toda la casa con paso tímido avanzaba.
—Sí, por aquí. —La voz venía de mi habitación.
La encontré tirada en el piso, revisando algunos papeles. Por lo visto eran actas de nacimiento y cosas así.
—Cierra la puerta. —Susurró cuando entré. —Estoy buscando algo muy importante. Debes prometerme que no se lo dirás a tu abuela.
La miré fijamente y fruncí el ceño. Obvio que no le diría nada a mi abuela. Veía con la mente en blanco todo lo que ella hacía y para mi sorpresa, estaba en pijamas aún. Llevaba un moño mal hecho y tenía ojeras terribles. Era la primera vez en toda mi estancia que la veía así. De pronto me pasó algo por la mente, tenía que chantajear para que fuera conmigo a el bar. Conociendo a mi abuela, sabía que no me dejaría ir sola.
—Monse ¿Sabes donde está ubicado el Karma Bar?
—Claro que sí, es el bar más famoso de aquí. —Contestó distraída, estaba muy concentrada leyendo los papeles.
—Bueno, digamos que yo... —Me senté en la cama y di un suspiro para llamar su atención. Ella instantáneamente me miró y esbozó una ligera sonrisa de maldad. —Quiero ir, un chico me invitó hoy y no sé, quería ver si venías.
—Pues claro que sí. —De un saltó se paró del piso y fue recogiendo los papeles para luego amontonarlos en un pequeño baúl. Comenzó a hacer preguntas continuamente sin dejarme contestar. —¿A qué hora es? ¿Qué te pondrás? ¿Quién te invitó?
—Bueno, no sé, si quieres vamos a las nueve o a las diez.
—A las diez es perfecto. —Dijo casi saltando de la emoción, al parecer era la primera vez que iba tal vez porque no la dejaban ir y yo era la excusa perfecta. —¿Llegaremos antes de la medianoche?
—¡CLARO QUE NO! —Grité casi explotando de la risa. —Tengo dinero y 17 años. Así que beberemos, bailaremos, gozaremos y fumaremos.
Desde que dije eso ella cerró la boca y se dirigió hacia su habitación. La seguí aún riéndome a carcajadas, era obvio que esta niña no salía para nada. En parte me sentía mal por corromperla, pero se sentía bien ser el acceso a el mundo prohibido. En pueblos como ese hacía falta algo de mentes abiertas y por supuesto, personas más corrompidas. Ella en su guardarropa empezó a buscar ropa, se probaba más de diez faldas y vestidos. Me tenía realmente exhausta. Cuando por fin encontró una falda con lentejuelas doradas muy ceñida al cuerpo y una camisa color mostaza, que en realidad combinaban muy bien. Para complementar eligió unos zapatos dorados con negro y unas grandes argollas negras con diamantes falsos.
Eran casi las ocho y no había elegido que ponerme. A las nueve debía estar lista porque en serio quería ir a ese bar. Corrí a mi habitación y saqué un vestido negro ceñido al cuerpo, unos tacones altos del mismo color y una cartera en forma de sobre dorada. Saqué mi perfume favorito, mi jabón especial y me metí al baño. Me duché lo más pronto posible y bruscamente me cepillé los dientes. Al terminar rocié todo el perfume por mi cuerpo y me tiré la ropa encima. Estaba lista, pero obvio que Monse no.
—Monse son las nueve y media, termina de maquillarte. —Estaba acostada en la cama, esperando ya una hora.
—Ya terminé, vayámonos. —Dijo sonriendo de oreja a oreja. Se le sentía la emoción en la voz.
Fuimos caminando calle abajo, ella ya se había caído algunas tres veces de aquellos zapatos altos. Doblamos tres veces y diez minutos después me encontraba frente a un gran bar que en la entrada tenía una grandes letras lumínicas indicando que el Karma Bar. Por fuera era precioso y en la entrada había un enorme hombre moreno con traje negro. Monse me miraba asustada y yo la agarré de la mano dirigiéndome con paso decidido a la puerta.
—Sus identificaciones. —Esa voz casi rugía como un león. El hombre moreno nos detuvo en la entrada con su gigante cuerpo que era del tamaño de la puerta.
—No puedes decir que no a unas chicas como nosotras. —Puse mis ojos de cachorra con algo de picaría en la forma de mirar.
El gigante moreno se apartó de la entrada y me pasó su número telefónico discretamente. Al entrar Monse casi temblaba de la emoción, sus ojos brillaban más que las luces LED de la pista. Aún agarradas de manos nos dirigimos hacía la barra.
—¿Qué beberás? —Casi tenía que gritar pues no podía escuchar ni mi propia voz gracias a la música extremadamente alta.
—No sé, beberé de lo que bebas.
—Barman. —Vociferé haciendo señas al chico vestido de camisa negra que estaba al otro lado de la barra. —Quiero dos shots de tequila, gracias.
Instantáneamente aparecieron dos vasitos pequeños acompañados de rodajas de limón y al borde sal. Me lo tomé de un solo trago y volteé hacía la pista. Inmediatamente vi a Fred al otro lado, estaba con una vaso lleno en la mano. Raramente sentí por primera vez en mi vida que no importaba lo que sucediera yo con él estaría bien. Le pedí al Barman un Cuba Libre y con mi vaso en mano me dirigí hacia Fred.

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