lunes, 23 de septiembre de 2013

Capitulo XI: Karma Bar.

Era ya un poco tarde y casi anochecía decidí volver a casa. Con un movimiento brusco aparté su cabeza de mis piernas y me levante. Frederick me invitó a un sitio llamado Karma Bar a tomarnos unos tragos. Accedí a ir y cuando me alejaba miré hacía atrás y sonreí. Con pasos cortos y lentos llegué a la casa. Pensaba en muchas cosas en el trayecto pero trataba de alejarlas para no deprimirme. 

—¿Monse? ¿Estas aquí? —Gritaba por toda la casa con paso tímido avanzaba. 

—Sí, por aquí. —La voz venía de mi habitación. 

La encontré tirada en el piso, revisando algunos papeles. Por lo visto eran actas de nacimiento y cosas así.

—Cierra la puerta. —Susurró cuando entré. —Estoy buscando algo muy importante. Debes prometerme que no se lo dirás a tu abuela. 

La miré fijamente y fruncí el ceño. Obvio que no le diría nada a mi abuela. Veía con la mente en blanco todo lo que ella hacía y para mi sorpresa, estaba en pijamas aún. Llevaba un moño mal hecho y tenía ojeras terribles. Era la primera vez en toda mi estancia que la veía así. De pronto me pasó algo por la mente, tenía que chantajear para que fuera conmigo a el bar. Conociendo a mi abuela, sabía que no me dejaría ir sola. 

—Monse ¿Sabes donde está ubicado el Karma Bar

—Claro que sí, es el bar más famoso de aquí. —Contestó distraída, estaba muy concentrada leyendo los papeles. 

—Bueno, digamos que yo... —Me senté en la cama y di un suspiro para llamar su atención. Ella instantáneamente me miró y esbozó una ligera sonrisa de maldad. —Quiero ir, un chico me invitó hoy y no sé, quería ver si venías. 

—Pues claro que sí. —De un saltó se paró del piso y fue recogiendo los papeles para luego amontonarlos en un pequeño baúl. Comenzó a hacer preguntas continuamente sin dejarme contestar. —¿A qué hora es? ¿Qué te pondrás? ¿Quién te invitó? 

—Bueno, no sé, si quieres vamos a las nueve o a las diez. 

—A  las diez es perfecto. —Dijo casi saltando de la emoción, al parecer era la primera vez que iba tal vez porque no la dejaban ir y yo era la excusa perfecta. —¿Llegaremos antes de la medianoche? 

—¡CLARO QUE NO! —Grité casi explotando de la risa. —Tengo dinero y 17 años. Así que beberemos, bailaremos, gozaremos y fumaremos. 

Desde que dije eso ella cerró la boca y se dirigió hacia su habitación. La seguí aún riéndome a carcajadas, era obvio que esta niña no salía para nada. En parte me sentía mal por corromperla, pero se sentía bien ser el acceso a el mundo prohibido. En pueblos como ese hacía falta algo de mentes abiertas y por supuesto, personas más corrompidas. Ella en su guardarropa empezó a buscar ropa, se probaba más de diez faldas y vestidos. Me tenía realmente exhausta. Cuando por fin encontró una falda con lentejuelas doradas muy ceñida al cuerpo y una camisa color mostaza, que en realidad combinaban muy bien. Para complementar eligió unos zapatos dorados con negro y unas grandes argollas negras con diamantes falsos. 

Eran casi las ocho y no había elegido que ponerme. A las nueve debía estar lista porque en serio quería ir a ese bar. Corrí a mi habitación y saqué un vestido negro ceñido al cuerpo, unos tacones altos del mismo color y una cartera en forma de sobre dorada. Saqué mi perfume favorito, mi jabón especial y me metí al baño. Me duché lo más pronto posible y bruscamente me cepillé los dientes. Al terminar rocié todo el perfume por mi cuerpo y me tiré la ropa encima. Estaba lista, pero obvio que Monse no. 

—Monse son las nueve y media, termina de maquillarte. —Estaba acostada en la cama, esperando ya una hora. 

—Ya terminé, vayámonos. —Dijo sonriendo de oreja a oreja. Se le sentía la emoción en la voz. 

Fuimos caminando calle abajo, ella ya se había caído algunas tres veces de aquellos zapatos altos. Doblamos tres veces y diez minutos después me encontraba frente a un gran bar que en la entrada tenía una grandes letras lumínicas indicando que el Karma Bar. Por fuera era precioso y en la entrada había un enorme hombre moreno con traje negro. Monse me miraba asustada y yo la agarré de la mano dirigiéndome con paso decidido a la puerta. 

—Sus identificaciones. —Esa voz casi rugía como un león. El hombre moreno nos detuvo en la entrada con su gigante cuerpo que era del tamaño de la puerta.  

—No puedes decir que no a unas chicas como nosotras. —Puse mis ojos de cachorra con algo de picaría en la forma de mirar. 

El gigante moreno se apartó de la entrada y me pasó su número telefónico discretamente. Al entrar Monse casi temblaba de la emoción, sus ojos brillaban más que las luces LED de la pista. Aún agarradas de manos nos dirigimos hacía la barra. 

—¿Qué beberás? —Casi tenía que gritar pues no podía escuchar ni mi propia voz gracias a la música extremadamente alta. 

—No sé, beberé de lo que bebas. 

Barman. —Vociferé haciendo señas al chico vestido de camisa negra que estaba al otro lado de la barra. —Quiero dos shots de tequila, gracias. 

Instantáneamente aparecieron dos vasitos pequeños acompañados de rodajas de limón y al borde sal. Me lo tomé de un solo trago y volteé hacía la pista. Inmediatamente vi a Fred al otro lado, estaba con una vaso lleno en la mano. Raramente sentí por primera vez en mi vida que no importaba lo que sucediera yo con él estaría bien. Le pedí al Barman un Cuba Libre y con mi vaso en mano me dirigí hacia Fred. 




jueves, 19 de septiembre de 2013

Capítulo X: Entre sueños e ilusiones.

—Supe que estabas mal. —Continuó. 

—Si, solo fue un desliz ¿Sabes? —Al escuchar esto levantó su mirada y enarcó una ceja, como diciéndome que sabía todo. 

—Bueno, si eso dices... —Dijo, vagamente. 

—¿Cómo te ha ido en la vida, Fred? 

—Bueno, hace un tiempo terminé con mi novia. —Su voz se quebró y casi se echaba a llorar. —La extraño mucho, Zoé. 

Me quede en silencio por un largo tiempo mientras él me contaba un poco sobre su vida. O la vida que pasó con ella. Su vida era un poco más feliz que la mía, pero podías ver mucho la tristeza acumulada en sus ojos. Sus lindos y grandes ojos. Claro, eso que me hipnotizaban y me incitaban a lanzarme encima de él. En esos ojos habitaba el cielo color miel. 

—¿Y cómo se llamaba tu ex? —Me preguntó esto mientras sus ojos penetraban. Yo apenas escuchaba las palabras. —¿Zoé? 

—Oh, bueno, la última se llamó Leah. —Recordé instantáneamente a Leah. Era una diosa. Pelo color canela, ojos verdes, alta y con un cuerpo de abeja. —Si, ella era preciosa pero se marchó a conocer nuevos mundos y yo, yo no estoy preparada para eso. 

—¿No estabas preparada para viajar con ella? —Preguntó confundido. 

—No, no estaba preparada para hacer tríos como ella quería, Fred. 

—Bueno, creo que te entiendo. —Parecía un poco confundido. 

Él parecía muy incomodo, tal vez no sabía mucho del tema. Cambié rápidamente de tema. Me puse a hablar de fiestas y rock. Me contó que le encanta el House y el Trance. Yo casi no sabia nada pero el me educó. Me contó lo mucho que le gusta ese tipo de música. Fue asombroso. Sonreíamos demasiado. Él me hacía sentir viva otra vez. De repente, comenzó a hablar de los sueños, parecía un filoso hablando de ello. Él sabía bien lo que decía y me tenía como una niña escuchando asombrosos cuentos. 

—Los soñadores lúcidos son aquellos que sueñan claramente y tienen conciencia en su sueño.  —Hablaba como si fuera mi profesor, a veces, sonreía y mostraba todos sus blancos dientes y le brillaban los ojos como estrellas en noche sin luna. —Es muy interesante porque puedes compartir un sueño. 

—Querría compartir sueños contigo. —Mis palabras se tornaban traviesas, queriendo seducir sus pensamientos. 

—Tengo un amigo, él sabe mucho de aquello. —Su sonrisa se extendió y se perdió su mirada. —Él me enseño todo lo que sabe y me enseñó a ser un soñador lúcido. Un día soñé que estaba perdido y ese amigo me dijo que cuando no supiera que hacer tendría que llamar a servicio técnico  De la nada saqué el teléfono y automáticamente estaba llamando a servicio técnico  Hable con un señor muy mayor y trataba de explicarle lo que pasó pero él se hacía el que no sabía pero luego me preguntó si llevaba mi mochila. Y en efecto no la llevaba. Él me dijo que nunca le dijera a nadie, pero... —Hizo una pausa y sonrío. Lo empujé suavemente como diciéndole que me dijera. —Bien, te lo diré. El señor me dijo que siempre debía tener mi mochila y que la próxima vez que lo llamara tendría que tenerla en mano. Todo aquello fue una tetra mental, es cuando tu mente improvisa porque no sabe como responder a lo que quieres. 

—Dios, que magnifico. —Dije sorprendida y con la boca abierta. 

—Cuando le dije a mi amigo... —Continuó. —Él me dijo que todo aquello era una proyección de mi subconsciente. Que aquello de servicio al cliente no era más que una ayuda que pedía a lo más profundo de mi mente. Era como pedir un porque del sueño. 

—¿Sabes? —Pregunté mirando las cicatrices de mi mano. —Yo he tenido alucinaciones. 

—¿Y como ha sido? —Pregunto con mucha curiosidad.

—Bueno, hacia mucho que había terminado con mi primera novia. Ella se fue para Puerto Rico y yo no lo sabía. Después de que se fue, ella me llamó diciendo que lo lamentaba mucho pero debía empezar mi vida. —Mis ojos se inundaron y me puse muy roja. Recordé eso y algunas lagrimas corrieron en mis mejillas. —Caí en una grave depresión y algunas semanas después estaba en mi azotea fumando un cigarro y bebiendo whiskey. La estaba recordando y de pronto la vi en la acera. Bajé corriendo hacía ella y la abracé y besé como nunca. Fuimos a dar vueltas por ahí e hicimos muchas cosas pero cuando regresé a casa con ella mi mamá vio que estaba hablando sola. Me preguntó porque hablaba sola y yo le preguntaba casi llorando que si no la veía y ella me abrazó y me susurró que no. Rompí a llorar en el suelo, sabía ya que era una alucinación. Fue muy triste.

No respondió. Solo recostó su cabeza en mis piernas. Quise besarle pero no supe que hacer. Así que solo lo miré fijamente a los ojos y por ver lo bien que me iba, lloré. 

Sé diferenciar entre un sueño y una ilusión. Cuando sueñas sabes que es eso, un sueño. Una ilusión es cuando te hacen creer algo que no es. Ilusión es casi lo mismo que soñar. La única diferencia es que en la ilusión crees que es verdad. 


martes, 17 de septiembre de 2013

Capítulo IX: al fin y al cabo no llevábamos las de perder.

Pasaban los días de lunes a lunes, tan triste como los dementores de Harry Potter. De vez en cuando me preguntaba si alguno de esos me habían absorbido toda la felicidad. Me preguntaba tantas cosas últimamente, me dolía el pecho de tanto dolor y ya no había lagrimas para llorar. Luego de unos días de ver al señor de bata blanca que tenía un boche dorado con unas letras en negro que decían ''Dr. Anderson''. El Dr. Anderson o como él quería que lo llamara ''Ander'' era muy apuesto y joven. Pero aún así no me importaba mucho, solo pensaba en Frederick. Quería regresar al pueblo para volverlo a ver o que por milagro, se apareciera aquí. Pero obviamente, eso nunca me pasaría a mí. Luego de unos varios días más recibí la visita de Monse. 

—Espero que no preguntes por qué lo hice. —Mi voz se escuchaba tan cortante y ella, al escuchar esto, solo bajó la mirada y se sentó en el borde de la cama.  

—Solo quería saber como estabas. —Sonaba algo decepcionada, como si quería preguntar por que lo hice. Noté que fruncía su boca cada minuto. Eso al parecer eran signos de que estaba un poco nerviosa. —Noto que por la forma en que hablas si estas bien. 

—Siento hablarte mal, es que los días aquí parecen infinitos. 

—Está bien, descuida. —Esbozó una leve y nerviosa sonrisa y para mi sorpresa, se sonrojó. 

—Bueno, cuéntame todo lo que has escuchado. —Susurré tan bajo como pude y puse mi mano alrededor de mi boca para que no me pudieran leer los labios. 

—Volverás a la casa. 

—¿Cuál casa? 

A la casa de tu abuela, mi abuela. —Al decir esto ella sonrió nuevamente pero la falsedad de aquella sonrisa se podía notar a leguas. 

Sentí una excitación gigante, lo volvería a ver. Sin duda, lo volvería a ver. Y no me importaba mucho si era el peor enemigo de mi familia. Él me gustaba demasiado y lo volvería a ver. 

—Bueno, ya y cuéntame que más. —Realmente no me importaba nada, solo pensaba en él. 

—Bueno... hablaron sobre lo que te paso... —Escuchaba vanas palabras que entraban por un oído y salían por el otro. Mi mente estaba con él, en algún rincón de mi mente, bajando por las curvas de su sonrisa o bebiendo el café de sus ojos. Sea como sea, estaba con él. Amándolo y queriéndolo como siempre o tal vez, como nunca. —...y dijeron algo sobre pastillas. 

Los días, por suerte, pasaron como cometas. Y después de un mes regresé a casa. Todo iba demasiado normal. Cuando pregunte por él me dijeron que iría el lunes y milagrosamente, era jueves. Salía al parque y montaba un poco. Conocía personas. Conocí a un chico llamado Liam que era precioso y al parecer se interesaba en mí. Pero yo no le hacía mucho caso. Estaba sentada en un banco leyendo mientras escuchaba música cuando sentí que unas calientes manos tocaron mi pelo. Luego tocaron mis espaldas y cuando volteé era él. Vi decía hola con sus labios y sonrío con mucha alegría. Al ver aquella sonrisa brillante y ese pelo rubio y rizo brillar me quité los audífonos y lo abracé. 

—¿Cómo estas? —Susurré mientras tenía mi boca muy cerca de su oído. 

—Bien, de maravilla. —Me apartó suavemente con sus calientes manos. —Y más ahora que te veo. 

El caliente se extendió por todas mis mejillas y joder, estaba sonrojada como siempre.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo VIII: Lo que hace falta para ser feliz.

—Hola Zoé. —Una voz angelical y tan suave como un silbido se escuchó en el fondo. —Sé que no sabes quien soy. No reconocerás esta voz. Ahora te pido que veas que pasaría si mueres. 

A continuación frente a mi pasaron miles de imágenes. En una de ellas estaba mi mamá arrodillada frente a un hermoso ataúd de caoba. Encima del ataúd se podía ver una cinta colo purpura que decía mi nombre y un «Siempre te recordaré» en un lindo color dorado adornado con brillantinas. Mi mamá aún tiraba palabras con lagrimas y se preguntaba en que había fallado. Aquello me había partido el alma, ella no tenía culpa. Luego, vi a mi abuela en uno de los bancos de iglesia que estaba frente a mi ataúd. Ella apoyaba su cabeza en Monse. Escuché que Monse susurró algo, algo como que me quería conocer. Más en el fondo vi a mi padre y sus tres hijas, también hermanas mías. Ellos lloraban mucho también. Aparte de eso no había mucha gente. Vi a algunas viejas amigas pero ellas solo besaban a mi mamá y le susurraban al oído que lo sentía, luego salían por la puerta y no volvían. Estaba también Emil, este no decía nada, solo texteaba en su teléfono  Y para mi gran sorpresa, Fred estaba junto a Emil. 

Logré ver esto y me dolió demasiado. Es cierto que hacía las cosas sin pensar.

—Quiero volver. —Susurré al vacío. 

—¿Qué te hace pensar que es tan fácil? —Dijo, en tono de burla. 

—Por lo menos sé que no he muerto o que se puede remediar. 

—Eres inteligente. —Soltó una risilla. —Pero, no sé dudo de que tengas la fuerza para contenerte. Sé que eres fuerte, pero no lo suficiente. Nunca eres lo suficiente para nada, Zoé. Me pregunto si nunca te cansas de ser solo una sombra o una pequeña cosa insignificante en este mundo. Quiero aclarar que no soy Dios, no soy ningún ser más poderoso que tú. Solo soy tu subconsciente y actualmente estas en un profundo sueño. Al contar hasta tres, volverás a la vida. 

Uno, dos, tres...

Al abrir los ojos sentí un dolor muy agudo en mis muñecas. Cuando parpadeé y miré bien a mi alrededor, estaba conectada en unos aparatos, acostada en una camilla color azul. A mi alrededor solo veía cosas de hospital y a mi lado, en los bancos, mi abuela y mi mamá sentadas allí. Cuando vieron que abrí los ojos se lanzaron ante mí. 

—Zoé ¿Qué hiciste? —Mamá sollozaba. 

—Lo siento mamá, no lo quería hacer. 

—¡PUDISTE HABER MUERTO, JODER! —Abría su boca tanto como podía y lanzaba venenosas partículas de saliva hacía mi cara. Se veía irritada y en el fondo, asustada. 

—Mamá es que no lo entiendes. 

—¡¿Qué debo entender?! —Parecía que iba a estallar. 

—Yo estoy muerta desde hace mucho, mamá. —Lagrima salían de mis ojos. En mi rostro rodaban aquellas gotas saladas como si fueran carros de la formula 1. —Estoy muerta desde que el karma cobró todas las que yo le debía. 

Ella retrocedió hasta sentarse otra vez en el banco. Cuando se sentó, tapó su cara y pegó sus manos con las rodillas. Escuchaba desde mi camilla los gemidos de tristeza y como sollozaba desde el triste asiento. Como las imágenes, esto me partía el alma. 

Después de unos días descubrí que padecía de algo mortal e incurable, el mal de vivir un infierno. Mi cabeza estaba hecha un desastre y la tensión me arrastraban a un punto que solo quería morir. Me pregunto cuantas personas se han sentido así, cuantos siente esa sensación de ahogarse en ellos mismo y lo peor de todo no encontrar salvación. Es esa sensación de asfixia la que te agarra y no te suelta nunca jamás. Mis días en aquél hospital eran exactamente eso. No porque me trataran mal ni mucho menos, era porque me dejaban sola todo el tiempo y cuando estoy sola pienso demasiado, cuando pienso demasiado me entristezco, cuando me entristezco me dan ganas de morir y busco la manera hasta que alguien aparece y al desaparece, el ciclo se repite. Aparte de eso las enfermeras eran un amor. Todas me llevaban puré de mazana verde con una pizca de canela encima, esas pequeñas cosas, o esa única cosa me hacía sentir viva. Recibí algunas visitas, Emil me fue a visitar. Casualmente le pregunté por Frederick y él se sorprendió. Solo contestó que estaba bien, que aún vivía. Le pedí que le dijera que aún me debe una acariciada de pelo. Nos reímos mucho, pero luego tuvo que irse. 

La verdad es que me estaba recuperando. Pero ver como mi sangre entraba en el suero era deprimente y se me ponía la piel de gallina al verlo. También, ocasionalmente me desmayaba y soñaba un poco. Soñaba con Frederick. Pero al parecer no era suficiente, me faltaba algo. Eso que hace que sientas que alguna huella dejaste en el mundo. Eso, eso faltaba para ser feliz.