martes, 17 de febrero de 2015

Capitulo XVI: Éxtasis.

—Era evidente, Emil. —Dije con un notable tono de amargura. —Alguien tan encantador y bonito como Frederick no podía estar soltero ¿No es cierto? —Me acerqué a Emil y lo acusé otra vez con la mirada. 

—Oye, no sé si lo hayas notado pero no soy el culpable. —Dijo en voz baja. 

—No, claro que no lo eres pero debiste decírmelo. 

—Escucha, Frederick no esperaba encontrarte aquí otra vez. Él pensó que te habías marchado cuando tuviste el... —Hizo una pausa, tragó saliva y miró débilmente mi muñeca. —Bueno, ya sabes. 

—Eso no justifica lo que hizo. 

—Él te quiere ¿Bien? Lo hace y si no te dijo nada es para poder seguir contigo. —Emil alzó la voz ligeramente y sus orejas comenzaron a tornarse de un rojo llamativo. 

—Pues si tanto me quiere que termine con ella. 

—No es tan fácil

Mira, Emil. —Estaba empezando a enojarme. —Esto no voy a discutirlo contigo ¿Vale? 

—Bien, le diré que te espere en su casa esta noche. 

—No. 

—Sí. 

Imaginé toda la estúpida escena. Frederick y yo discutiendo como una patética pareja de casados. Odiaba esa imagen pero aún así tenía que encontrarme con él y aclarar todo, hubiese sido absurdo torturarme con todas esas estúpidas preguntas. Aún así me pasé toda la tarde dudando sobre el trágico encuentro hasta que decidir ir unas horas pasado meridiano. Me vestí con unos pantalones cortos y alguna camiseta grosera, agarré mis cigarrillos y partí hacía mi destino. Cuando iba cruzando el marco de la puerta escuché a Monse gritar vagamente mi nombre. Voltee mi cabeza con una mirada brusca y algo grosera. 

—¿Qué demonios quieres? 

—Lo... lo siento. Solo quería acompañarte por si necesitabas no sé, apoyo. 

—No lo necesito ¿De acuerdo? 

Al decir estas palabras voltee y seguí mi camino. ¿Cómo habría podido él hacerme esto? ¿Cómo pudo hacerle eso a ella? Porque ella también es víctima, la que más ha de sufrir en todo esto. Ella lo entregó todo y él solo la engaña con una estúpida chica que conoció en algún maldito pueblo, es injusto. Pero ¿Y si era cierto lo que dijo Emil? Tal vez él lo hizo porque no quería lastimar a nadie. Cuando llegué a la escalera que me conducía al magnifico balcón sentí toda clase de emociones que pensé había olvidado sentir. Una persona no me ponía así de nerviosa hacía muchos años ya. Decidí ser quién soy y subir, cada escalón era como una flecha que iba directo al corazón y me hacía querer retroceder cada vez más. Al llegar a la puerta, sentí ganas de vomitar.
«No puedes hacer esto, Zoé» pensé, di media vuelta y empecé a bajar escalones, cuando iba por el 4to escalón sentí que algo cálido abrazaba mi muñeca y al voltear, era él. Su bella sonrisa y su pelo rubio rizado me daban unas buenas tardes exquisitas y hacían que mi corazón bailará de la alegría o tal vez de amor. 

—¿Por qué me abandonabas? —Dijo mostrándome su brillante y cálida sonrisa. 

—No lo hacía, yo... —Dije poniendo cara de boba pero al instante recordé como un pinchazo el porqué de mi visita. —Yo necesito hablar contigo. 

—¿Qué hice mal? —Su cara cambió completamente y con un poco de decepción, frunció el ceño. 

—¿Puedo pasar? 

—Sí, claro. 

Él me hizo pasar a su habitación y me sentó en un antiguo y pequeño sofá que tenía junto a su cama. Me gustaba mucho su habitación pues era realmente simple y organizada, me gustaba su estilo y como ordenaba los libros encima de su armario. Al cerrar la puerta se sentó a mi lado y se inclino hacia mí.

—¿Qué quieres hablar? —Dijo con un tono algo preocupado. 

—¿Cuándo me ibas a contar que tienes novia? 

—Yo... —Quedó sin hablo e hizo una mueca tratando de buscar algo que decir, pero luego de unos segundos respiro profundo y me miró otra vez. —¿Cómo lo supiste? 

—¡ESO NO ES LO QUE IMPORTA FREDERICK! —Alcé la voz tanto como pude y me levanté del sofá. —¡LO QUE IMPORTA ES QUE TIENES UNA JODIDA NOVIA Y A MÍ NO ME HABÍAS DICHO NADA! ¡FREDERICK, LE ERES INFIEL! ¡¿ACASO TE HAS SENTADO A PENSAR LO MAL QUE ELLA SE SENTIRÁ AL ENTERARSE DE TODO ESTO?! 

—Zoé, cálmate, por favor. —Dijo abrazando mi muñeca con sus dedos. —Debiste saber que tengo una vida fuera de este pedazo de pueblo. 

—PUES ENTONCES ¿PORQUÉ HICISTE TODO ESTO? —Vociferé con más fuerza. 

—Fue un impulso ¿Entiendes? —Tomó aire de nuevo y cerró los ojos frunciendo los labios. —Yo te vi en el bus ese día y toda mi mente se reinició, yo no supe qué hacer luego solo quise besarte, conocerte. Y no pensé encontrarte aquí o que volvieras, fuiste un impulso. 

En eso él resumía todo este asunto, un estúpido impulso sexual. Yo no era más que eso. Cuando escuché esas palabras di media vuelta y me fui de ahí con toda la velocidad que pude alcanzar, cuando llegué a la calle decidí correr hasta el parque que había en el centro de la ciudad. En el parque había pocas personas, algunos niños correteaban en la plazoleta y unos cuantos otros jugaban en los columpios. No pensé en nada solo alcancé un banco y me desplomé sollozando con fuerza. Mi mente parecía un lienzo en plena lluvia, corriendo toda su pintura. Yo era un desastre, todo lo que pasaba por mi cabeza era desastre. 

—¿Me puedo sentar aquí? —Preguntó un muchacho que estaba frente a mí, con el pelo rubio y los ojos verdes. 

—Sí... 

El muchacho se sentó pero yo me le quedé mirando un rato con cara rara, el sacó un cigarro y me preguntó si quería a lo que yo respondí secándome las lagrimas que no. Duró un buen rato sentado mirando hacía la calle, con una postura relajada, haciendo como si no estuviese allí. Luego de un largo rato, prendió otro cigarro y se volteó hacía mí. 

—¿Por qué llorabas? —Preguntó girando ligeramente su cabeza hacia la izquierda como cuando un perro no entiende algo. —Lo pregunto porque no he podido dejar de notar tu nariz roja y tus ojos lubricados más de lo normal. 

—Cosas que pasan... o eso creo 

—No llorabas por cosas que pasan, llorabas por algo que te dolió ¿O me equivoco? —Al decir esto, él me levantó la barbilla con su mano derecha y como sin querer, soltó una leve carcajada. —Yo creo que las cosas no pasan de casualidad y que si hoy me senté a tu lado fue con el propósito de arreglar tu día o tu vida. 

—Oh, yo lo dudo mucho. 

—Me encantaría discutir el tema pero... —Se levantó cuidadosamente y estiró sus brazos, sacó otro cigarro mirandome directo a los ojos y dijo: —Creo que te verías tan bien en mi cama... ¿Quieres venir? 

No dudé mucho en pararme y seguirlo. Cuando íbamos caminando, él tomó mi mano y doblamos en una esquina. Nos metimos en una casa un poco más grande que la mía y en todo el recorrido a la habitación él me beso con furia. Lo siguiente que hizo fue tirarme en su cama rozando su lengua por todo mi cuerpo, bajando hasta llegar al surco de mi vientre, chupando ligeramente el botón que lo define. Yo mientras me moría de placer, gemía con fuerza para que todo el pueblo escuchara mis lamentos. Al llegar al éxtasis, él me beso y entonces me tocó ahora a mí bajar y poner su fornido miembro en mi boca. Bajando y subiendo como el columpio que aquellos niños en el parque montaban, apretando mi lengua, mirándolo a los ojos yo trataba de hacer que él también gritara de placer. Y lo hizo, pero esta vez  no duró mucho y me levantó e introdujo sus cuerpo en el mío, yo abría la boca tirando mi último aliento y él, él me miraba frunciendo el ceño. Así pasamos un buen rato hasta terminar sudando tirados en el piso. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, y mi corazón quería salir de su lugar. Quería decir algo pero de mi boca seca no salía nada más que el rudo aliento. 

—Me llamo Tony, por cierto. —Añadió jadeando. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo XV: Estúpido monstruo amoroso.



Al colgar el teléfono pensé en mi ciudad y mis antiguos amigos. Mis ojos se inundaron y en unos segundos unas cálidas gotas saladas rodaron por mi mejilla. Extrañaba mi ciudad, mi vida. Me estaba convirtiendo en un estúpido monstruo amoroso. No era justo. Frederick era ajeno a mí, él era muy pueblerino y familiar, sus costumbres no eran para nada parecidas a las mías. Dicen que los opuestos se atraen pero eso no significa que están el uno hecho para el otro. Nadie está hecho para nadie. 

—Zoé, cariño. —La cálida voz de mi abuela hizo que mis pelos de la nuca se erizaran. —¿Vas a desayunar?

—Sí, claro.

Sequé mis lagrimas con las mangas del suéter que traía puesto y de un salto me levanté. Caminé con cierta melancolía hasta la cocina. Para mi sorpresa allí no solo estaban Monse y mi abuela, también estaba Emil, quién hace unos minutos estaba en el balcón de Frederick ahora se hallaba apoyado contra la mesa del desayunador. 

—Emil... —Él giró su cabeza y sonrió con cierto nerviosismo. —¿Qué haces aquí? 

—Vine a desayunar aquí.  —Bebió un sorbo de una taza de café que llevaba en la mano. 

—Pensé que estabas con Fre... digo Noel. 

—Uhm, si, estaba con él. —Me lanzó una mirada de enojo y luego se volvió a adentrar en la conversación que mantenía con mi abuela. 

Me senté al lado de Monse y mi abuela me sirvió un plato de huevos fritos, pan tostado y jamón. Se veía delicioso pero yo no tenía mucho apetito, así que le di una mordida al pan, me levanté para servirme café y me apoyé al lado de Emil. Monse estaba distraída titubeando una canción mientras jugaba con la comida, mi abuela quejándose de la distracción de Monse en voz baja abandonó la habitación. 

—¿Qué harás esta noche? —Susurró en mi oído izquierdo sin casi mover los labios. 

—Saldré con Monse. —Mi voz sonaba un tanto altanera. —¿Frederick quería invitarme a algún sitio? 

—Sí, él quería que fueras a su casa. 

—Bueno, pues debió invitarme él y no mandarte a ti. ¿Acaso eres mensajero de Frederick o algo así? —Mis orejas comenzaron a arder y mi corazón latía fuerte. 

—No te enojes. 

—¡¿CÓMO NO QUIERES QUE ME ENOJE?! —Vociferé tan alto que Monse dejó de cantar y soltó el tenedor, haciendo un sonido brusco. —¡¿ACASO NO TIENE ÉL COJONES DE VENIR A INVITARME?! 

—Zoé, cálmate. —Dijo Monse mientras se levantaba lentamente. 

Era obvio que Frederick creía que yo era una especie de perrita de su propiedad. No creía que esto iba y en serio, ni siquiera se atrevía a poner un píe en mi casa. Ya me lo olía, esto iba a acabar sin siquiera empezar. 

—¿De quién hablabas? —Mi abuela estaba en el arco de la puerta mirándome con un gesto acusador. —Te escuché gritando desde mi habitación. 

—No... no es nada. —Mi pecho bajaba y subía rapidamente. Apreté mis puños con fuerza y voltee a mirarla. —Solo... es una pequeña discusión entre Emil y yo. —Agarré mi taza de café y abandoné la cocina con paso decidido y me dirigí hacia el patio trasero. 

El olor de la mañana era precioso y el pasto tenía aquél precioso rocío. Estaba cansada de este estúpido pueblo, ya quería irme a mi casa y recibir el año nuevo en mi ciudad. Frederick me estaba volviendo loca y eso no me gustaba. Yo sabía que el amor trataba de eso pero no pensé que me iba a atacar tan fuerte. Me acosté en el pasto y miré hacía el balcón de Frederick, no había nadie, pero desde las ventanas de su casa lo vi. Vi como se desnudaba frente a un espejo y sacudía ligeramente su pelo para peinarlo al descuido. Ese estúpido me tenía haciendo de mí misma un garabato. Me estaba volviendo una idiota. Ya sabía porque le decían caer. Se siente como si estuvieras en un agujero grande y profundo, queriendo salir, pero era inútil siquiera intentarlo. Escuché unos pasos en la grama y voltee ligeramente, era Monse quién se acercaba y recostaba a mi lado. 

—Te has vuelto loca allá dentro. —Dijo, haciendo una especie de mueca. 

—Perdona si sueno algo grosera pero la verdad es que no quiero hablar de eso. 

—Oh, está bien. —Dijo con cierto alivio, esta vez esbozó una sonrisa, mostrando así algo de sus blancos y perfectos dientes. —Yo... yo solo quería decirte que no debes volverte loca por alguien que de seguro tiene una vida hecha allá afuera. 

Aquellas palabras habían salido de su boca pero... yo no me lo creía. Monserrate era la persona más inocente que había visto en mi vida y ahora me decía una verdad que hasta yo había ignorado. Era cierto, lo más seguro es que Frederick tenía una vida hecha allá fuera, alguna novia o compromiso. Era absurdo de mi parte creer que no. 

—Es cierto. —Susurré y al instante se me ocurrió una idea. —¿Sabes qué? Vamos a investigar eso. 

—¿Crees que Frederick te dirá todo lo que hace en la ciudad? —Dijo con algo de asombro, como si pensase que soy una ilusa oculta. 

—No, pero conozco a alguien que sí. ¿Emil se fue? 

—No, creo que... 

—Bien, vamos. —Me levanté de un salto y me dirigí a la sala de estar, Monse me siguió. 

Allí estaba Emil, viendo un programa estúpido en la televisión mientras comía una papas fritas que yacían en su regazo. Al verme pasar junto a él se sobresaltó y dejó de masticar para tragar bruscamente. Me desplomé en el sofá junto a él y Monse apagó la televisión.

—¿Qu-qué pasó? —Estaba tan asustado que casi no podía articular las palabras. 

—Bien, Emil, iré al grano. —Enarqué una ceja, como retándolo. —Sé que Frederick tiene novia ¿Sabes cómo se llama? —La verdad es que yo no sabía nada, solo quería ver qué respondía y cómo. 

—¿Cómo lo sabes? —Dijo Emil con calma. 

Estas palabras fueron como una bofetada para mí. Yo no pensé que en realidad el tuviese una novia o algo por el estilo. Abrí mi boca y miré a Monse, está me devolvió con una mirada de tristeza y se acercó para abrazarme, pero yo no quería. Yo no quería nada de su estúpida compasión, la idiota fui yo al pensar todo lo que me decía era verdad. 





miércoles, 29 de enero de 2014

Capítulo XIV: Aterrada.

Se acercaba a mí corriendo con fuerza. Cuando se detuvo, vi lo sudado y agitado que estaba. Las gotas saladas que indicaban cansancio rodaban por toda su piel morena. Puso sus manos en las rodillas y luego de unos segundos, se mostró erguido. 

—Fred quiere... —Apenas podía respirar mientras hablaba. —Él quiere verte.

—¿Donde está? 

—En su casa. —Ya se encontraba más calmado. 

—¿Cómo podría ir a su casa? —Estaba confundida, sé lo cuidadoso y conservador que es Frederick pero ¿Cómo podría negarme. —Además estoy buscando a Monse. 

—De hecho, ella está allá también. 

Ya se me parecía algo raro todo el asunto, pero yo suelo ser una persona que no teme a lo desconocido. Así que accedí. Vivía a dos casas de donde me quedaba. Tuvimos que regresar. Su casa tenía un aspecto alegre, pero básico. Era blanca y tenía un balcón en el segundo piso. El primer piso era habitado por cosas que vendía su madre. Su balcón tenía un colchón tirado al descuido. 

—¿Y ahora? —Pregunté mientras analizaba aquel hogar. 

—Vamos a subir. 

Estaba un poco asustada, si se enteraban que estaba aquí, me cortarían la cabeza. Era como la cueva prohibida. Cada escalón me parecía más y más cerca de mi infierno. 

 —Zoé. —Era él, su voz me trajo unos escalofríos terribles.

Al terminar de subir las escaleras los vi a todos reunidos ahí. Tenía dos o tres botellas de ron. Monse tenía su pijama puesta y bebía de un vaso rojo, se le veía feliz. Frederick me tomó la mano y me besó. «Un beso de desayuno» pensé. Sus besos ahora sabían a alcohol, una mezcla que solía gustarme, pero no en él. Me senté alrededor del alcohol, junto a Monse y Óscar. 

—¿Cuanto tiempo llevan aquí?  —Pregunté un poco confundida. 

—No mucho. —Respondió Monse mientras reía. —Estaba recogiendo algo en el jardín y Fred me llamó desde aquí. 

Miré hacía mi casa y se veía todo. Pensé en las veces que Frederick se levantó a observarme desde aquél balcón. Tal vez el día que llegué me estaba observando como un puma a su presa. Imaginé su sonrisa al verme en pijamas rascando mi pelo. De ese día en adelante dejé de salir a tomar café en pijama. Cuando miré hacía el balcón me imaginé en las piernas de Frederick un domingo en la mañana, bebiendo algo de té con un libro en mi mano derecha. Ese tipo de imágenes me asustaban un poco, yo hace años atrás prometí abandonar todo lo que me atara a una vida de monotonía y él era muy monótono. Vivir con un hombre en un pueblo pequeño no era el tipo de vida que deseaba tener. Vivir con él aquí me obligaría a trabajar en el supermercado que está en las afueras o en el despacho de abogados que queda en la esquina. Yo no quería eso, es absurdo cambiar mi forma de ser por un hombre. Él tampoco cambiaría su forma de ser por mí, yo no lo obligaría, pero alguien tiene que ceder. 

—Zoé. —Escuché su voz otra vez pero esta vez no resulto tan romántico. —Ven aquí, conmigo.

Me senté a su lado y él me abrazó. Pero noté que no me ponía su atención. Solo hablaba sobre cosas realmente estúpidas e innecesarias. Me sentía incomoda y quería tirarme por el balcón. Pausaba de vez en cuando para tomar un sorbo de su vaso color rojo chino. Noté que cuando hablaba con ellos no fruncía los labios, no dudaba antes de hablar, tal vez por eso sus palabras resultaban estúpidas y babosas. De nuevo pensé en lo estúpido que resultaría ir a un evento con él y ver como me avergüenza hablando idioteces. Cada vez me aterraba más la idea de estar con él. Pero sabía que algún día yo me iría a la ciudad y él se iría a donde vive, entonces estaríamos a cientos de kilómetros de distancia. Él conocería a alguna chica de pelo negro y dulce nombre, pero yo me quedaría pensando en lo maravilloso que hubiese sido quedarme con él, sentarme en sus piernas a beber té en el balcón mientras leía un libro en mi mano derecha. Era terrible mi posición. Aunque no me aterraba mucho irme. Dicen que es mejor quedar como un lindo recuerdo. Pero lo que corroe el alma es quedarse en casa un sábado por la noche comiendo helado mientras miras alguna película de amor y piensas en él. Aunque mi alma estaba podrida ya. 

—Debemos irnos Monse. —Dije interrumpiéndolos. —Nuestra abuela debe estar buscándonos. 

—Pero solo un rato. 

—No, vayámonos. —Dije mientras me ponía de pie. 

—Está bien. —Dijo y me imitó. —Adiós chicos, gracias por la invitación.

Al llegar la abuela me dijo que algún muchacho me había llamado hace un buen rato. «Albert» pensé. Corrí a mi cuarto y busqué mi libreta, al encontrarla me senté en la mesa y tomé el teléfono. Marqué el número lo más rápido que pude y esperé mientras escuchaba el sonido estúpido que debía escuchar. 

—Buenas. —Contesto una voz femenina, un poco mayor ya. 

—Sí, ehm. —Estaba algo nerviosa. —¿Se encuentra Albert? 

—Sí, cariño, un minuto. —Escuché como la dama vociferaba su nombre casi sin aliento. Luego escuche un sonido brusco. 

—¿Albert?. 

—Zoé. —Su voz me resultaba tan familiar como siempre y me llenaba la cabeza de recuerdos. No faltaba nunca lo preciso de sus palabras. —Me he dado cuenta lo mucho que extraño ir a tu hogar. 

—Puedes ir cuando quieras. —Dije, riendo. 

—Sí, lo hago todo el tiempo, pero hay algo diferente. No sé que es. —Dijo con ironía. —Tal vez son las rosas que ha puesto tu madre en la azotea. 

—Oh, sí, eso debe de ser. 

—Nunca pensé decir esto pero... —Hizo una pausa y noté por su respiración, que sonreía. —Te extraño. 

—Y aún así te atreves a decir que yo soy la impredecible. 

—Yo no salté al otro lado de la isla sin decirle a nadie. 

—Pero no te preocupes, regresaré pronto, lo prometo. 

—No creo en promesas pero contigo haré un excepción. 

—Sabes que algún día tendré que hacerlo, primor. —Sonaba un poco romántica, me atrevo a decir que parecía enamorada. Además las cosas no van tan bien. Estoy asustada. 

—¿Por qué? 

—Bueno, olvídalo.

Él insistió, pero yo no cedí. Sabía lo que diría. Sabía lo mucho que me regañaría, así que callé. Albert era una persona que no creía mucho en el amor. Solía ser frío y calculador al mantener una relación, admiraba eso. Pero para mí era vagamente imposible. 

—Creo que debo colgar. —Dijo con tristeza. —Cumple tu promesa. 

—Lo haré. No me olvides. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Capítulo XIII: Tan impredecible como siempre.

Él volvió a mirarme y está vez parecía no poder hablar por un nudo gigante en la garganta. Sus ojos se inundaron y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Yo sinceramente no entendía ¿Por qué lloraría? ¿Está triste? ¿Le duele algo? Tapó su cara con ambas manos y se estrujo lo ojos. Se disculpó con amor, con ternura y se paró. En mi mente quedó el rodar de esas dos lágrimas. Me dolió. Aún así, hice como que nada pasó. En ese momento me di cuenta de que yo lo sentía mío. Sus lágrimas, que al parecer eran tristeza liquida, me afectaron demasiado. Lo amaba, digo, aún lo sigo amando. Pero, a veces, es mejor no depender de nadie y mucho menos hacer sus sentimientos tuyos. A veces había casos especiales. Este fue uno. 

—¿En qué piensas? —Se dio cuenta de lo perdida que estaba. Al parecer ya estaba delirando o diciendo mis pensamientos en alto. Es algo que suelo hacer. 

—Lo siento, es que recordé algo. —Fingí una risa nerviosa. 

—¿Qué te parece si vamos al grupo? 

—Claro. —Agarré su mano, aún caliente y caminamos. 

Al llegar, noté que Monse estaba un poco pasada de tragos y sentí que ya era hora de llegar a casa. Me despedí de todos y nos fuimos. En el camino, Monse hablaba sobre lo mucho que le gusta un muchacho, se llamaba Sergio. Me contó que su piel era color miel y que sus ojos negro. Me contó que lo conoció en una fiesta y que desde entonces soñaba con él. Hablaba de que él la trataba muy bien y que amaba su forma de ser. Que al igual que a mí, a él le gustaba el rock. Era un poco raro porque yo también conocí al alguien del mismo nombre pero al parecer no era el mismo. Noté el brillo en sus ojos cuando pronunció su nombre. Me molestaba un poco hablar con ella porque se reía de todo y ya no decía palabras, solo las escupía. 

—Me gusta, Zoé ¿Qué hago? —Decía, casi llorando. 

—Bésalo. 

—Pero es que las cosas no funcionan así, aquí no funcionan así.

—Bueno, entonces no me pidas ayuda si sabes que yo no hago las cosas como las hacen aquí. —Respondí fríamente. —Debes saber que estas envejeciendo más pronto de lo que imaginas y que al igual que las almas de este pueblo, nunca tendrás una sola historia emocionante que contarle a tus nietos. 

—Pues prefiero envejecer a no poder controlar mis hormonas, como tú. —Estaba enojada, muy enojada. Sabía que decía la verdad. 

—No seguiré discutiendo contigo. 

Al llegar, no hice más que recostarme en mi pequeña cama y pensar. Faltaban pocos días para las vísperas de año nuevo. Era la primera vez que lo recibía sin mi madre. Era un poco triste recibir el año sin las personas que más quiero. No era tan cercana con esta familia. Fui recordando eventos familiares hasta llorar y luego lloré hasta quedar dormida. 

En la mañana desperté con la misma ropa. Empapada y con el maquillaje corrido, fui a darme una ducha. Cuando me vi en el espejo del baño noté que la que estaba envejeciendo era yo. Mis ojeras eran terribles y mi cabello se quedaba en mi almohada en vez de mi cráneo. Era morir lentamente. Debía cambiar. Dejé que el agua rodara por mi cuerpo un buen rato y luego empecé a acariciarme con algo de jabón. El agua estaba tan suave, tan agua, tan fresca. Me enrollé en una toalla y salí. 

—¡ZOÉ! ¡TE LLAMAN POR TELÉFONO! —Vociferaba mi abuela mientras me vestía. —Dice que se llama Albert. 

Albert era un viejo amigo, uno muy especial. Lo conocí mediante alguna red social. Era siempre el más perseguido por las mujeres. Antes llevaba el pelo como si fuese un león. Lo que más admiraba de él era su forma de hablar, era muy directo y preciso. 

—Sueles ser tan impredecible siempre, Zoé. —Su voz era suave, baja y precisa. Daba la sensación de que tenía pensado que decirme antes de llamar.  

—Aprendí del maestro. —Lo escuché reír al otro lado. —De verdad, no esperaba tu llamada, ¿Debo preguntar cómo estas? 

—Yo no esperaba que viajaras al otro extremo de la isla, Zoé. Por si te lo preguntabas, estoy muy bien y espero que tú también. ¿Cómo te ha ido en tus vacaciones? 

—¿Tienes todo el día para escucharme? 

—Me temo que no, pero no hay historia que no pueda ser resumida. 

—Me he enamorado, o eso creo ¿Se llama amor cuando lloras al ver llorar a esa persona? 

—No confundas amor con simple compañía. 

—¿De verdad crees que sea algo temporal? —Se notaba la preocupación y tristeza en mi voz. 

—Recuerda que tu vives en la ciudad y que cuando vuelvas a tu hogar, eso acabará.

Cambié de tema. Con Albert era tan fácil mantener una conversación. Amaba hablar con él y más en esta situación. No tenía que presentarme o explicar quien era para hablar tranquilamente. Él sabía quien era y ya no había anécdotas que contar, solo sentimientos, solo filosofías. Hablamos durante horas sobre libros, poemas, la vida, la muerte e incluso hablamos de mi intento de suicidio. 

—Eres una idiota ¿Lo sabes? —Su tono era burlón, no lo tomaba muy en serio. —Digo, debiste tomar píldoras, son más efectivas. 

—Es cierto, debí. 

—Me alegra mucho que no hayas muerto, Zoé. 

—A mí también. 

—Me temo que debo hacer algo. —Se escuchaba una persona gritando su nombre. —Fue un placer, te llamaré luego. 

—Sí, por favor. 

—Adiós. 

—Adiós maestro. 

Al rato, mi abuela me llamó para tomar el desayuno. Como siempre me dio a elegir entre té o café. Era muy difícil pero preferí un té. Hable con mi abuela sobre la cena que haríamos en vísperas de año nuevo. Ella se emocionaba demasiado pues por primera vez una nieta haría la cena. Me sentí un poco mal porque Monse debió ser esa nieta. No la había visto en toda la mañana. 

—Abuela ¿Y Monse? —Pregunté algo triste. 

—Ella salió hace más de una hora. —Dijo mirando el reloj. —Ya debería estar aquí. 

—Yo la busco. 

Me puse unos jeans y salí a buscarla. El sol estaba más radiante que nunca y podía escuchar los pájaros cantando. Amaba escuchar mis pasos en el duro y caliente asfalto. En este pueblo todos parecían tan reservados, a esas horas nadie se encontraba fuera de casa. Las calles parecían sacadas de Silent Hill, pero la naturaleza corregía todo esto. Los arboles color verde y marrón adornaban todos los caminos. Las aves y mariposas te hacían sentir en una película de hadas o algo parecido. El silencio era majestuoso, yo amaba el silencio. Porque el humano tal vez sienta que es incomodo pero es solo porque el humano siempre le teme a lo desconocido. 

—¡Zoé! —Escuché una voz gritando a lo lejos. 

—¿Emil? 

jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo XII: Como luna y sol.


Con paso decidido seguí hasta llegar a él. Ambos sonreímos al intercambiar miradas. Mis tacones hacían el tap tap de siempre, pero esta vez lo hacían con más profundidad y peso. En mi mente solo repetía lo que le diría al verlo o simplemente que gesto hacer. Mientras camina, el tiempo parecía detenerse o mis pensamientos pasaban muy rápido. Pensé en la tarde, tan bella como siempre y en el calor de sus besos. Mis rodillas temblaron ante este sentimiento. Unos escalofríos se adueñaron de mi cuerpo y sin darme cuenta, ya estaba frente a él. 

—¿Estas perdida? —Una hermosa sonrisa se extendió por su rostro, tan bella. Me agarro de la mano entrelazando sus dedos con los míos. —Te presentaré a unos amigos. 

Me llevó hacía un grupo de jóvenes como de tres o cuatro muchachos. Uno de ellos llevaba una camisa blanca y unas botas de color negro, su estilo era algo así de los 80's, de aquellos rebeldes que iban de un lado a otro en sus Harley's y bebían whiskey a morir. El otro, era un poco más bajo y tenía el pelo muy desordenado. Noté que Emil estaba allí, llevaba un polo de rayas abotonado hasta el cuello y unos pantalones negros, iba muy bien. Lo más curioso es que ellos no se parecían en nada en cuanto a estilo nos referimos, digo, eran muy diferentes. Lo único que tenían en común a simple vista, era la edad. 

—Zoé, esté es Oscar.  —Señaló al de estilo rebelde, este me extendió la mano y sonrío. —Y Max. —Repitió lo mismo que el anterior. 

—Un gusto conocerlos. —Dije, sonriendo, aun con nuestras manos entrelazadas. 

Emil se me lanzó con un abrazo que me obligó a soltar la mano de Fred. Estaba feliz porque hasta el momento, era mi niño favorito. Aunque lo veía poco era el mejor y más agradable de mis primos. Sus dos hermanos menores eran un tanto agradable pero no los recordaba con exactitud. 

—Oye, Frederick no me dijo que vendrías. —Parecía muy emocionado con mi presencia, su sonrisa se extendía por toda su cara. Me hizo sentir algo importante. 

—Oigan, he dejado sola a Monse. —Señalé al otro lado del bar, donde estaba ubicada la barra. Ella estaba con un chico muy apuesto que parecía tener la misma edad que yo. —Oh, creo que está bien. 

—¿Qué les parece si vamos al parque? —Propuso Fred, parecía muy seguro con la idea. —Iré a buscar a Monse. 

Al rato volvieron juntos y todos fuimos a una bodega a comprar vino. Casi todo era maravilloso y nos reíamos un mundo. Cuando llegamos al parque buscamos el banco perfecto y llenamos todos los vasos de vino. Todo el tiempo hablábamos de cosas estúpidas o que no tenían sentido. Compartíamos montones de historias y recuerdos. Oscar hablaba sobre diferentes bandas y casi todas las conocía, Emil siempre decía algo que tenía que ver con el alcohol y Fred siempre me lanzaba una tierna indirecta. 

—La peor resaca que tuve fue después de una gran fiesta que hicieron en el bar. —Decía Emil con un tono medio raro. —Recuerdo que me quedé abrazado al inodoro todo el día. Deseando no haber nacido. 

—Yo en efecto no he tenido resacas tan dramáticas. —Añadí alzando mi vaso plástico. —Pero si he tenido borracheras que me han dado en la madre. 

Al parecer, Monse se sentía incomoda con el tema. Bebía de a sorbos pequeños su vino y de vez en cuando se reía un poco pero no había dicho una sola palabra. Cuando saqué mi caja de cigarrillos ella me pidió uno y yo accedí a dárselo. Me dejo con la boca abierta pues lo hacía muy bien. Desde entonces se desenvolvió más y hablaba un montón, casi como una cotorra. Hablo mucho de su vida en general, sobre lo mal que se sentía siendo la niñita de una familia y como lo lidiaba. Era ver como la chica conformista se caía a pedazos, pedazo tras pedazo en palabras ahogadas en vino. Me daba pena y tristeza ve que no era la única que fingía que la vida era perfecta. Mientras ella se desmoronaba, Frederick me apretaba más la mano. En un instante volteó hacía mí, sus ojos color miel parecía dos gigantes carmelos brillantes. Yo sentía que atravesaban mi alma. Nunca había visto ojos tan profundos y hermosos como aquellos dos caramelos. Parecía que ocultaban algo pero sentía que eran transparentes y me decían todo. Parecía en algún punto de vista, algo creado por los dioses. 

—Zoé, creo que deberíamos dar una vuelta por ahí. —Susurró levemente al oído. —Quiero decrite algo o hablar contigo, sí, eso, hablar contigo. 

Me paré con cuidado del banco. Le guiñé un ojo a Monse para que supiera que estaríamos todos bien. Fred agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Nos dirigíamos lentamente hacía ningún lado, íbamos caminando como quien no quiere la cosa. Él dulcemente recitaba con suavidad las letras de alguna canción, era tan suave como un silbido del viento. Seré lo que quieres que sea y te llevaré a donde quieras estar, somos como el yin-yang y nada ni nadie nos podría separar. Cuando calló esa cita se quedo en mi mente, repitiéndose como disco rayado.

—¿Sabes? —Paré bruscamente para mirarlo directo a los ojos. —Eres muy encantador, me encantan tus ojos. 

—¿Ah si? —Me miró fijamente y me puse roja. Sonrío y noté otra vez lo perfecta que era su sonrisa, casi tan perfecta como los ojos pero no parecía ocultar tanto como aquellos caramelos. 

—Sí y cada vez que veo tu sonrisa me dan ganas de besarte. —Ya no media mis palabras, iba a por todas. 

—Entonces seguiré sonriendo todo el tiempo para que así siempre tengas ganas de besarme. —Mientras decía todo esto se iba acercando más y más. Sus manos rodearon despacio mi cintura y con movimientos tiernos me fue acercando hacía el hasta que quedamos frente a frente, tanto que podíamos respirar el mismo aliento. —No tengas miedo. 

Esta vez no fue un simple choque de labios. Él me besó y fue tan tierno suave. Sentía el calor de sus labios y aliento sobre mi fría piel. Su lengua tentaba a la mía y un cosquilleo bajaba por todo el cuerpo como gotas de agua o pequeñas hormigas. La sensación era más que placentera y el calor llegaba a mi entrepiernas. Esto me invitaba a explorar más, a conocer y conquistar porque en ese momento lo sentía como territorio vacío o país sin ley. Yo sería aquella diosa que conquistaría su cariño, su mente, cuerpo y alma. El beso termino con un suave movimiento de lenguas y luego lo aparte de mí. Ambos sonreímos, como en las películas de amor y seguimos caminando agarrados de la mano. 

—Cuando entrelazamos las manos o nos besamos siento como una carga de energía en mi ser. —Musitó con leves y cuidadosas palabras. —Siento que te conozco de toda la vida. 

—Me encanta una historia que leía desde pequeña. 

—¿Cuál? 

Con un dedo señalé en banco más cercano indicándole que se sentara. Él me obedeció. Yo me quedé de pie frente a él. 

—Según la historia que se cuenta desde el comienzo, el sol y la luna, eran, dos enamorados, dicho amor no tenía condición alguna, pues era en esencia puro y benigno. ¿Cómo se originó? ¿Cómo ocurrió todo? Son enigmas pues nadie sabe con certeza la respuesta, unos decían que fue amor a primera vista, otros que fue producto de que se conocieron de niños y cuando se hiciera adolescente se enamoraron, y los últimos decían que no se conocían mas que por leyendas y por mensajes que llevaba el viento. —Hice una pausa y reí, nunca le había contado esta historia a nadie. 

—¿Qué pasó luego? —Preguntó indignado. Me agarró la mano y me haló a su lado obligándome a sentarme en el banco otra vez. 

—Afrodita, la diosa de la belleza y el amor, sintió celos que una pareja de mortales pudiese sentir tan grande amor. Así que entonces decidió demostrar que el amor de dichos humanos no era tan grande, por lo cual bajó del Olimpo, y se presento ante el mancebo, con toda su belleza, y haciendo gala de su máximo poder de seducción, poder tal que ninguna mujer puede manejar tan bien como ella. Pero ante la sorpresa de Afrodita, el mozo, puesto en pie le dijo: Mi señora, sé que sin duda usted ha de ser la mujer más bella que existe y su dulzura mayor que la de cualquier ser mundanal pero mi corazón solo es de luna, mi amada mujer, pues para mi ella es más deseable que el oro refinado, más dulce que la miel que destila del panal. Afrodita, indignada al no poder tentar a un hombre y darse cuenta que su amor superaba incluso a los dioses ordenó separarles para siempre. Y así mandó al hombre a que solo pudiera salir de día y a la mujer de noche, de esta manera nunca se verían y el amor de ellos se agotaría. 

—¿Eso es todo? —Parecía no estar contento con el final trágico de aquella historia. —Por no ser mejores que ellos lo separan. 

—Sin embargo. —Continué. —Dicho amor nunca terminó y entonces llegó la bendición de Zeus el cual no pudieron deshacer la orden de Afrodita, le una posibilidad, y le dijo al hombre que cuando quisiere ver a su amada debía esforzarse al máximo y entonces podría ver el borde del rostro de su amada. Desgonces en los días, cuando la temperatura es alta, es que el sol brilla con toda su intensidad, entonces se puede ver la silueta de la luna en el horizonte. No es otra cosa que el Sol que quiere mirar desde lejos a su amada Luna. 

—Siento que esta historia es nuestra. 

—Lo es.