martes, 17 de febrero de 2015

Capitulo XVI: Éxtasis.

—Era evidente, Emil. —Dije con un notable tono de amargura. —Alguien tan encantador y bonito como Frederick no podía estar soltero ¿No es cierto? —Me acerqué a Emil y lo acusé otra vez con la mirada. 

—Oye, no sé si lo hayas notado pero no soy el culpable. —Dijo en voz baja. 

—No, claro que no lo eres pero debiste decírmelo. 

—Escucha, Frederick no esperaba encontrarte aquí otra vez. Él pensó que te habías marchado cuando tuviste el... —Hizo una pausa, tragó saliva y miró débilmente mi muñeca. —Bueno, ya sabes. 

—Eso no justifica lo que hizo. 

—Él te quiere ¿Bien? Lo hace y si no te dijo nada es para poder seguir contigo. —Emil alzó la voz ligeramente y sus orejas comenzaron a tornarse de un rojo llamativo. 

—Pues si tanto me quiere que termine con ella. 

—No es tan fácil

Mira, Emil. —Estaba empezando a enojarme. —Esto no voy a discutirlo contigo ¿Vale? 

—Bien, le diré que te espere en su casa esta noche. 

—No. 

—Sí. 

Imaginé toda la estúpida escena. Frederick y yo discutiendo como una patética pareja de casados. Odiaba esa imagen pero aún así tenía que encontrarme con él y aclarar todo, hubiese sido absurdo torturarme con todas esas estúpidas preguntas. Aún así me pasé toda la tarde dudando sobre el trágico encuentro hasta que decidir ir unas horas pasado meridiano. Me vestí con unos pantalones cortos y alguna camiseta grosera, agarré mis cigarrillos y partí hacía mi destino. Cuando iba cruzando el marco de la puerta escuché a Monse gritar vagamente mi nombre. Voltee mi cabeza con una mirada brusca y algo grosera. 

—¿Qué demonios quieres? 

—Lo... lo siento. Solo quería acompañarte por si necesitabas no sé, apoyo. 

—No lo necesito ¿De acuerdo? 

Al decir estas palabras voltee y seguí mi camino. ¿Cómo habría podido él hacerme esto? ¿Cómo pudo hacerle eso a ella? Porque ella también es víctima, la que más ha de sufrir en todo esto. Ella lo entregó todo y él solo la engaña con una estúpida chica que conoció en algún maldito pueblo, es injusto. Pero ¿Y si era cierto lo que dijo Emil? Tal vez él lo hizo porque no quería lastimar a nadie. Cuando llegué a la escalera que me conducía al magnifico balcón sentí toda clase de emociones que pensé había olvidado sentir. Una persona no me ponía así de nerviosa hacía muchos años ya. Decidí ser quién soy y subir, cada escalón era como una flecha que iba directo al corazón y me hacía querer retroceder cada vez más. Al llegar a la puerta, sentí ganas de vomitar.
«No puedes hacer esto, Zoé» pensé, di media vuelta y empecé a bajar escalones, cuando iba por el 4to escalón sentí que algo cálido abrazaba mi muñeca y al voltear, era él. Su bella sonrisa y su pelo rubio rizado me daban unas buenas tardes exquisitas y hacían que mi corazón bailará de la alegría o tal vez de amor. 

—¿Por qué me abandonabas? —Dijo mostrándome su brillante y cálida sonrisa. 

—No lo hacía, yo... —Dije poniendo cara de boba pero al instante recordé como un pinchazo el porqué de mi visita. —Yo necesito hablar contigo. 

—¿Qué hice mal? —Su cara cambió completamente y con un poco de decepción, frunció el ceño. 

—¿Puedo pasar? 

—Sí, claro. 

Él me hizo pasar a su habitación y me sentó en un antiguo y pequeño sofá que tenía junto a su cama. Me gustaba mucho su habitación pues era realmente simple y organizada, me gustaba su estilo y como ordenaba los libros encima de su armario. Al cerrar la puerta se sentó a mi lado y se inclino hacia mí.

—¿Qué quieres hablar? —Dijo con un tono algo preocupado. 

—¿Cuándo me ibas a contar que tienes novia? 

—Yo... —Quedó sin hablo e hizo una mueca tratando de buscar algo que decir, pero luego de unos segundos respiro profundo y me miró otra vez. —¿Cómo lo supiste? 

—¡ESO NO ES LO QUE IMPORTA FREDERICK! —Alcé la voz tanto como pude y me levanté del sofá. —¡LO QUE IMPORTA ES QUE TIENES UNA JODIDA NOVIA Y A MÍ NO ME HABÍAS DICHO NADA! ¡FREDERICK, LE ERES INFIEL! ¡¿ACASO TE HAS SENTADO A PENSAR LO MAL QUE ELLA SE SENTIRÁ AL ENTERARSE DE TODO ESTO?! 

—Zoé, cálmate, por favor. —Dijo abrazando mi muñeca con sus dedos. —Debiste saber que tengo una vida fuera de este pedazo de pueblo. 

—PUES ENTONCES ¿PORQUÉ HICISTE TODO ESTO? —Vociferé con más fuerza. 

—Fue un impulso ¿Entiendes? —Tomó aire de nuevo y cerró los ojos frunciendo los labios. —Yo te vi en el bus ese día y toda mi mente se reinició, yo no supe qué hacer luego solo quise besarte, conocerte. Y no pensé encontrarte aquí o que volvieras, fuiste un impulso. 

En eso él resumía todo este asunto, un estúpido impulso sexual. Yo no era más que eso. Cuando escuché esas palabras di media vuelta y me fui de ahí con toda la velocidad que pude alcanzar, cuando llegué a la calle decidí correr hasta el parque que había en el centro de la ciudad. En el parque había pocas personas, algunos niños correteaban en la plazoleta y unos cuantos otros jugaban en los columpios. No pensé en nada solo alcancé un banco y me desplomé sollozando con fuerza. Mi mente parecía un lienzo en plena lluvia, corriendo toda su pintura. Yo era un desastre, todo lo que pasaba por mi cabeza era desastre. 

—¿Me puedo sentar aquí? —Preguntó un muchacho que estaba frente a mí, con el pelo rubio y los ojos verdes. 

—Sí... 

El muchacho se sentó pero yo me le quedé mirando un rato con cara rara, el sacó un cigarro y me preguntó si quería a lo que yo respondí secándome las lagrimas que no. Duró un buen rato sentado mirando hacía la calle, con una postura relajada, haciendo como si no estuviese allí. Luego de un largo rato, prendió otro cigarro y se volteó hacía mí. 

—¿Por qué llorabas? —Preguntó girando ligeramente su cabeza hacia la izquierda como cuando un perro no entiende algo. —Lo pregunto porque no he podido dejar de notar tu nariz roja y tus ojos lubricados más de lo normal. 

—Cosas que pasan... o eso creo 

—No llorabas por cosas que pasan, llorabas por algo que te dolió ¿O me equivoco? —Al decir esto, él me levantó la barbilla con su mano derecha y como sin querer, soltó una leve carcajada. —Yo creo que las cosas no pasan de casualidad y que si hoy me senté a tu lado fue con el propósito de arreglar tu día o tu vida. 

—Oh, yo lo dudo mucho. 

—Me encantaría discutir el tema pero... —Se levantó cuidadosamente y estiró sus brazos, sacó otro cigarro mirandome directo a los ojos y dijo: —Creo que te verías tan bien en mi cama... ¿Quieres venir? 

No dudé mucho en pararme y seguirlo. Cuando íbamos caminando, él tomó mi mano y doblamos en una esquina. Nos metimos en una casa un poco más grande que la mía y en todo el recorrido a la habitación él me beso con furia. Lo siguiente que hizo fue tirarme en su cama rozando su lengua por todo mi cuerpo, bajando hasta llegar al surco de mi vientre, chupando ligeramente el botón que lo define. Yo mientras me moría de placer, gemía con fuerza para que todo el pueblo escuchara mis lamentos. Al llegar al éxtasis, él me beso y entonces me tocó ahora a mí bajar y poner su fornido miembro en mi boca. Bajando y subiendo como el columpio que aquellos niños en el parque montaban, apretando mi lengua, mirándolo a los ojos yo trataba de hacer que él también gritara de placer. Y lo hizo, pero esta vez  no duró mucho y me levantó e introdujo sus cuerpo en el mío, yo abría la boca tirando mi último aliento y él, él me miraba frunciendo el ceño. Así pasamos un buen rato hasta terminar sudando tirados en el piso. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, y mi corazón quería salir de su lugar. Quería decir algo pero de mi boca seca no salía nada más que el rudo aliento. 

—Me llamo Tony, por cierto. —Añadió jadeando.