martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo XV: Estúpido monstruo amoroso.



Al colgar el teléfono pensé en mi ciudad y mis antiguos amigos. Mis ojos se inundaron y en unos segundos unas cálidas gotas saladas rodaron por mi mejilla. Extrañaba mi ciudad, mi vida. Me estaba convirtiendo en un estúpido monstruo amoroso. No era justo. Frederick era ajeno a mí, él era muy pueblerino y familiar, sus costumbres no eran para nada parecidas a las mías. Dicen que los opuestos se atraen pero eso no significa que están el uno hecho para el otro. Nadie está hecho para nadie. 

—Zoé, cariño. —La cálida voz de mi abuela hizo que mis pelos de la nuca se erizaran. —¿Vas a desayunar?

—Sí, claro.

Sequé mis lagrimas con las mangas del suéter que traía puesto y de un salto me levanté. Caminé con cierta melancolía hasta la cocina. Para mi sorpresa allí no solo estaban Monse y mi abuela, también estaba Emil, quién hace unos minutos estaba en el balcón de Frederick ahora se hallaba apoyado contra la mesa del desayunador. 

—Emil... —Él giró su cabeza y sonrió con cierto nerviosismo. —¿Qué haces aquí? 

—Vine a desayunar aquí.  —Bebió un sorbo de una taza de café que llevaba en la mano. 

—Pensé que estabas con Fre... digo Noel. 

—Uhm, si, estaba con él. —Me lanzó una mirada de enojo y luego se volvió a adentrar en la conversación que mantenía con mi abuela. 

Me senté al lado de Monse y mi abuela me sirvió un plato de huevos fritos, pan tostado y jamón. Se veía delicioso pero yo no tenía mucho apetito, así que le di una mordida al pan, me levanté para servirme café y me apoyé al lado de Emil. Monse estaba distraída titubeando una canción mientras jugaba con la comida, mi abuela quejándose de la distracción de Monse en voz baja abandonó la habitación. 

—¿Qué harás esta noche? —Susurró en mi oído izquierdo sin casi mover los labios. 

—Saldré con Monse. —Mi voz sonaba un tanto altanera. —¿Frederick quería invitarme a algún sitio? 

—Sí, él quería que fueras a su casa. 

—Bueno, pues debió invitarme él y no mandarte a ti. ¿Acaso eres mensajero de Frederick o algo así? —Mis orejas comenzaron a arder y mi corazón latía fuerte. 

—No te enojes. 

—¡¿CÓMO NO QUIERES QUE ME ENOJE?! —Vociferé tan alto que Monse dejó de cantar y soltó el tenedor, haciendo un sonido brusco. —¡¿ACASO NO TIENE ÉL COJONES DE VENIR A INVITARME?! 

—Zoé, cálmate. —Dijo Monse mientras se levantaba lentamente. 

Era obvio que Frederick creía que yo era una especie de perrita de su propiedad. No creía que esto iba y en serio, ni siquiera se atrevía a poner un píe en mi casa. Ya me lo olía, esto iba a acabar sin siquiera empezar. 

—¿De quién hablabas? —Mi abuela estaba en el arco de la puerta mirándome con un gesto acusador. —Te escuché gritando desde mi habitación. 

—No... no es nada. —Mi pecho bajaba y subía rapidamente. Apreté mis puños con fuerza y voltee a mirarla. —Solo... es una pequeña discusión entre Emil y yo. —Agarré mi taza de café y abandoné la cocina con paso decidido y me dirigí hacia el patio trasero. 

El olor de la mañana era precioso y el pasto tenía aquél precioso rocío. Estaba cansada de este estúpido pueblo, ya quería irme a mi casa y recibir el año nuevo en mi ciudad. Frederick me estaba volviendo loca y eso no me gustaba. Yo sabía que el amor trataba de eso pero no pensé que me iba a atacar tan fuerte. Me acosté en el pasto y miré hacía el balcón de Frederick, no había nadie, pero desde las ventanas de su casa lo vi. Vi como se desnudaba frente a un espejo y sacudía ligeramente su pelo para peinarlo al descuido. Ese estúpido me tenía haciendo de mí misma un garabato. Me estaba volviendo una idiota. Ya sabía porque le decían caer. Se siente como si estuvieras en un agujero grande y profundo, queriendo salir, pero era inútil siquiera intentarlo. Escuché unos pasos en la grama y voltee ligeramente, era Monse quién se acercaba y recostaba a mi lado. 

—Te has vuelto loca allá dentro. —Dijo, haciendo una especie de mueca. 

—Perdona si sueno algo grosera pero la verdad es que no quiero hablar de eso. 

—Oh, está bien. —Dijo con cierto alivio, esta vez esbozó una sonrisa, mostrando así algo de sus blancos y perfectos dientes. —Yo... yo solo quería decirte que no debes volverte loca por alguien que de seguro tiene una vida hecha allá afuera. 

Aquellas palabras habían salido de su boca pero... yo no me lo creía. Monserrate era la persona más inocente que había visto en mi vida y ahora me decía una verdad que hasta yo había ignorado. Era cierto, lo más seguro es que Frederick tenía una vida hecha allá fuera, alguna novia o compromiso. Era absurdo de mi parte creer que no. 

—Es cierto. —Susurré y al instante se me ocurrió una idea. —¿Sabes qué? Vamos a investigar eso. 

—¿Crees que Frederick te dirá todo lo que hace en la ciudad? —Dijo con algo de asombro, como si pensase que soy una ilusa oculta. 

—No, pero conozco a alguien que sí. ¿Emil se fue? 

—No, creo que... 

—Bien, vamos. —Me levanté de un salto y me dirigí a la sala de estar, Monse me siguió. 

Allí estaba Emil, viendo un programa estúpido en la televisión mientras comía una papas fritas que yacían en su regazo. Al verme pasar junto a él se sobresaltó y dejó de masticar para tragar bruscamente. Me desplomé en el sofá junto a él y Monse apagó la televisión.

—¿Qu-qué pasó? —Estaba tan asustado que casi no podía articular las palabras. 

—Bien, Emil, iré al grano. —Enarqué una ceja, como retándolo. —Sé que Frederick tiene novia ¿Sabes cómo se llama? —La verdad es que yo no sabía nada, solo quería ver qué respondía y cómo. 

—¿Cómo lo sabes? —Dijo Emil con calma. 

Estas palabras fueron como una bofetada para mí. Yo no pensé que en realidad el tuviese una novia o algo por el estilo. Abrí mi boca y miré a Monse, está me devolvió con una mirada de tristeza y se acercó para abrazarme, pero yo no quería. Yo no quería nada de su estúpida compasión, la idiota fui yo al pensar todo lo que me decía era verdad.