jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo XII: Como luna y sol.


Con paso decidido seguí hasta llegar a él. Ambos sonreímos al intercambiar miradas. Mis tacones hacían el tap tap de siempre, pero esta vez lo hacían con más profundidad y peso. En mi mente solo repetía lo que le diría al verlo o simplemente que gesto hacer. Mientras camina, el tiempo parecía detenerse o mis pensamientos pasaban muy rápido. Pensé en la tarde, tan bella como siempre y en el calor de sus besos. Mis rodillas temblaron ante este sentimiento. Unos escalofríos se adueñaron de mi cuerpo y sin darme cuenta, ya estaba frente a él. 

—¿Estas perdida? —Una hermosa sonrisa se extendió por su rostro, tan bella. Me agarro de la mano entrelazando sus dedos con los míos. —Te presentaré a unos amigos. 

Me llevó hacía un grupo de jóvenes como de tres o cuatro muchachos. Uno de ellos llevaba una camisa blanca y unas botas de color negro, su estilo era algo así de los 80's, de aquellos rebeldes que iban de un lado a otro en sus Harley's y bebían whiskey a morir. El otro, era un poco más bajo y tenía el pelo muy desordenado. Noté que Emil estaba allí, llevaba un polo de rayas abotonado hasta el cuello y unos pantalones negros, iba muy bien. Lo más curioso es que ellos no se parecían en nada en cuanto a estilo nos referimos, digo, eran muy diferentes. Lo único que tenían en común a simple vista, era la edad. 

—Zoé, esté es Oscar.  —Señaló al de estilo rebelde, este me extendió la mano y sonrío. —Y Max. —Repitió lo mismo que el anterior. 

—Un gusto conocerlos. —Dije, sonriendo, aun con nuestras manos entrelazadas. 

Emil se me lanzó con un abrazo que me obligó a soltar la mano de Fred. Estaba feliz porque hasta el momento, era mi niño favorito. Aunque lo veía poco era el mejor y más agradable de mis primos. Sus dos hermanos menores eran un tanto agradable pero no los recordaba con exactitud. 

—Oye, Frederick no me dijo que vendrías. —Parecía muy emocionado con mi presencia, su sonrisa se extendía por toda su cara. Me hizo sentir algo importante. 

—Oigan, he dejado sola a Monse. —Señalé al otro lado del bar, donde estaba ubicada la barra. Ella estaba con un chico muy apuesto que parecía tener la misma edad que yo. —Oh, creo que está bien. 

—¿Qué les parece si vamos al parque? —Propuso Fred, parecía muy seguro con la idea. —Iré a buscar a Monse. 

Al rato volvieron juntos y todos fuimos a una bodega a comprar vino. Casi todo era maravilloso y nos reíamos un mundo. Cuando llegamos al parque buscamos el banco perfecto y llenamos todos los vasos de vino. Todo el tiempo hablábamos de cosas estúpidas o que no tenían sentido. Compartíamos montones de historias y recuerdos. Oscar hablaba sobre diferentes bandas y casi todas las conocía, Emil siempre decía algo que tenía que ver con el alcohol y Fred siempre me lanzaba una tierna indirecta. 

—La peor resaca que tuve fue después de una gran fiesta que hicieron en el bar. —Decía Emil con un tono medio raro. —Recuerdo que me quedé abrazado al inodoro todo el día. Deseando no haber nacido. 

—Yo en efecto no he tenido resacas tan dramáticas. —Añadí alzando mi vaso plástico. —Pero si he tenido borracheras que me han dado en la madre. 

Al parecer, Monse se sentía incomoda con el tema. Bebía de a sorbos pequeños su vino y de vez en cuando se reía un poco pero no había dicho una sola palabra. Cuando saqué mi caja de cigarrillos ella me pidió uno y yo accedí a dárselo. Me dejo con la boca abierta pues lo hacía muy bien. Desde entonces se desenvolvió más y hablaba un montón, casi como una cotorra. Hablo mucho de su vida en general, sobre lo mal que se sentía siendo la niñita de una familia y como lo lidiaba. Era ver como la chica conformista se caía a pedazos, pedazo tras pedazo en palabras ahogadas en vino. Me daba pena y tristeza ve que no era la única que fingía que la vida era perfecta. Mientras ella se desmoronaba, Frederick me apretaba más la mano. En un instante volteó hacía mí, sus ojos color miel parecía dos gigantes carmelos brillantes. Yo sentía que atravesaban mi alma. Nunca había visto ojos tan profundos y hermosos como aquellos dos caramelos. Parecía que ocultaban algo pero sentía que eran transparentes y me decían todo. Parecía en algún punto de vista, algo creado por los dioses. 

—Zoé, creo que deberíamos dar una vuelta por ahí. —Susurró levemente al oído. —Quiero decrite algo o hablar contigo, sí, eso, hablar contigo. 

Me paré con cuidado del banco. Le guiñé un ojo a Monse para que supiera que estaríamos todos bien. Fred agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Nos dirigíamos lentamente hacía ningún lado, íbamos caminando como quien no quiere la cosa. Él dulcemente recitaba con suavidad las letras de alguna canción, era tan suave como un silbido del viento. Seré lo que quieres que sea y te llevaré a donde quieras estar, somos como el yin-yang y nada ni nadie nos podría separar. Cuando calló esa cita se quedo en mi mente, repitiéndose como disco rayado.

—¿Sabes? —Paré bruscamente para mirarlo directo a los ojos. —Eres muy encantador, me encantan tus ojos. 

—¿Ah si? —Me miró fijamente y me puse roja. Sonrío y noté otra vez lo perfecta que era su sonrisa, casi tan perfecta como los ojos pero no parecía ocultar tanto como aquellos caramelos. 

—Sí y cada vez que veo tu sonrisa me dan ganas de besarte. —Ya no media mis palabras, iba a por todas. 

—Entonces seguiré sonriendo todo el tiempo para que así siempre tengas ganas de besarme. —Mientras decía todo esto se iba acercando más y más. Sus manos rodearon despacio mi cintura y con movimientos tiernos me fue acercando hacía el hasta que quedamos frente a frente, tanto que podíamos respirar el mismo aliento. —No tengas miedo. 

Esta vez no fue un simple choque de labios. Él me besó y fue tan tierno suave. Sentía el calor de sus labios y aliento sobre mi fría piel. Su lengua tentaba a la mía y un cosquilleo bajaba por todo el cuerpo como gotas de agua o pequeñas hormigas. La sensación era más que placentera y el calor llegaba a mi entrepiernas. Esto me invitaba a explorar más, a conocer y conquistar porque en ese momento lo sentía como territorio vacío o país sin ley. Yo sería aquella diosa que conquistaría su cariño, su mente, cuerpo y alma. El beso termino con un suave movimiento de lenguas y luego lo aparte de mí. Ambos sonreímos, como en las películas de amor y seguimos caminando agarrados de la mano. 

—Cuando entrelazamos las manos o nos besamos siento como una carga de energía en mi ser. —Musitó con leves y cuidadosas palabras. —Siento que te conozco de toda la vida. 

—Me encanta una historia que leía desde pequeña. 

—¿Cuál? 

Con un dedo señalé en banco más cercano indicándole que se sentara. Él me obedeció. Yo me quedé de pie frente a él. 

—Según la historia que se cuenta desde el comienzo, el sol y la luna, eran, dos enamorados, dicho amor no tenía condición alguna, pues era en esencia puro y benigno. ¿Cómo se originó? ¿Cómo ocurrió todo? Son enigmas pues nadie sabe con certeza la respuesta, unos decían que fue amor a primera vista, otros que fue producto de que se conocieron de niños y cuando se hiciera adolescente se enamoraron, y los últimos decían que no se conocían mas que por leyendas y por mensajes que llevaba el viento. —Hice una pausa y reí, nunca le había contado esta historia a nadie. 

—¿Qué pasó luego? —Preguntó indignado. Me agarró la mano y me haló a su lado obligándome a sentarme en el banco otra vez. 

—Afrodita, la diosa de la belleza y el amor, sintió celos que una pareja de mortales pudiese sentir tan grande amor. Así que entonces decidió demostrar que el amor de dichos humanos no era tan grande, por lo cual bajó del Olimpo, y se presento ante el mancebo, con toda su belleza, y haciendo gala de su máximo poder de seducción, poder tal que ninguna mujer puede manejar tan bien como ella. Pero ante la sorpresa de Afrodita, el mozo, puesto en pie le dijo: Mi señora, sé que sin duda usted ha de ser la mujer más bella que existe y su dulzura mayor que la de cualquier ser mundanal pero mi corazón solo es de luna, mi amada mujer, pues para mi ella es más deseable que el oro refinado, más dulce que la miel que destila del panal. Afrodita, indignada al no poder tentar a un hombre y darse cuenta que su amor superaba incluso a los dioses ordenó separarles para siempre. Y así mandó al hombre a que solo pudiera salir de día y a la mujer de noche, de esta manera nunca se verían y el amor de ellos se agotaría. 

—¿Eso es todo? —Parecía no estar contento con el final trágico de aquella historia. —Por no ser mejores que ellos lo separan. 

—Sin embargo. —Continué. —Dicho amor nunca terminó y entonces llegó la bendición de Zeus el cual no pudieron deshacer la orden de Afrodita, le una posibilidad, y le dijo al hombre que cuando quisiere ver a su amada debía esforzarse al máximo y entonces podría ver el borde del rostro de su amada. Desgonces en los días, cuando la temperatura es alta, es que el sol brilla con toda su intensidad, entonces se puede ver la silueta de la luna en el horizonte. No es otra cosa que el Sol que quiere mirar desde lejos a su amada Luna. 

—Siento que esta historia es nuestra. 

—Lo es.